VAIVÉN

(Tercer lugar Concurso Cuento Kilómetros III, Corporación Cultural Creamundos, 2017)



De un día para otro, la tierra empezó a secarse. Los riachuelos se adelgazaron y muchos, simplemente desaparecieron. La lluvia se volvió caprichosa y dejó de visitar los campos como una novia ofendida. Entonces Romualda le dijo a Ninon que había que respetarle a la Tierra su rabia y su silencio. Y que aunque ellas no las conocieran, sus buenas razones tendría la Señora. Por eso era claro como su mano –de lo cual no dudó Ninon porque podía ver cómo en las arrugadas palmas de Romualda, todos los días se hacía la mañana - que deberían ser ellas las que tendrían que moverse. Opinión esta última, con la cual Ninon discrepó rotundamente y amenazó con atarse a la higuera si alguien intentaba sacarla de Tres Esquinas.

Fue así como Ninon pasó una semana amarrada a la higuera. Y, como era de esperar, Romualda no hizo nada por impedirlo. Se limitó a llevarle cada tarde un tazón de caldo de gallina y, sin que Ninon se diera cuenta, abrigarla durante la noche. Romualda la cuidó como a una parturienta. La dejó llorar por la muchacha que hasta entonces había sido; la dejó con su miedo a lo desconocido porque el abrazo de la higuera era el mejor maestro en esos temas; la dejó patear su rabia e impotencia por lo que no podía retener y por ese destino que la llamaba a gritos y al cual ella no quería amamantar.

Ninon, desgreñada y sucia, se mantenía acurrucada a los pies del enorme árbol. Todo el día se estaba así, como un animal herido. El lazo que la unía a la higuera había lacerado su cintura, pero ella cada vez que podía, lo volvía a apretar. Y es que necesitaba sentirlo. En medio de su angustia, ese lazo le daba la tranquilidad de que no se hundiría en el pozo por el que sentía que caía contra su voluntad. Y aunque nunca lo dijo, hubo una noche especialmente oscura en que deseó con toda su alma poder detener los acontecimientos que la arrastraban y bajarse, así sin más, de su vida.

Romualda cada tanto la miraba y respetuosa, velaba a la distancia que ese parto, como los miles que había visto, siguiera el ritmo que le era propio desde que el mundo es mundo. Romualda sabía que tan importante como hablar, era saber cuándo callarse. Como ahora, en que lo único que necesitaba Ninon era el calor de su sopa para ganar la batalla que libraba por salir del capullo.

El caldo de Romualda tampoco falló esta vez. Y a la vuelta de esa dura semana, ambas habían conseguido trabajo en una ciudad cercana a Tres Esquinas, que estaba a casi una hora en autobús. Como si siempre lo hubieran hecho, adquirieron con naturalidad la rutina de levantarse a las cinco de la mañana, dejar todo ordenado y, para cuando empezara a clarear, tomar la destartalada micro que las llevaba puntual a sus lugares de trabajo.

Romualda trabajaba haciendo el aseo en las modernas oficinas de una exportadora de frutas. Ahí se movía silenciosamente, sin que nadie la molestara. Nadie le hablaba, lo cual fue un alivio para ella pues esa gente no le gustaba. Añoraba el olor de la tierra y sus gallinas. Así es que mientras pasaba la aspiradora por los pasillos, por dentro visitaba su paraíso sin interrupciones.

Ninon, por su parte, luego de rechazar dos ofertas de trabajo (en una tienda de ropa y como auxiliar de un dentista con fama de pervertido) se empleó, sin pensarlo dos veces, como dependienta en la tostaduría de un viejo árabe. Con él aprendió del burgol, del falafel, del budka, del kubbe y de miles de preparaciones más, tan raras y sabrosas como sus nombres.

Don Ali pasaba las tardes en el almacén y cuando no había gente que atender, se deleitaba hojeando una gran guía de avisos económicos. De hecho era posible distinguir en cada hoja, la huella de sus manos: sea que se había doblado una punta aquí o estaba medio arrugada allá. O bien, porque algún aviso aparecía medio desteñido de tanto pasarle su dedo –movía su índice suavemente sobre él, dibujando pequeños círculos- como si necesitara además de leerlo, acariciarlo.

“¿Y mi libro?”, preguntaba, cada vez que alguien había sacado del costado de la caja registradora el enorme tomo. Ese alguien siempre resultaba ser su esposa que –ingenua- se afanaba en que dejara “la estúpida costumbre” de leer y releer el ladrillo amarillo. Infinitos intentos la llevaron a regalarle las mejores novelas del momento con la esperanza de que por fin lograra acertar en su gusto y “aprovechara su tiempo”. Pero siempre encontró la misma resistencia en don Alí. Los libros que le traía su mujer caían siempre en dos categorías: le parecían escritos para intelectuales o sólo contenían fealdad, cosa que abundaba en el mundo. Así es que, ni a los unos ni a los otros les reconocía ningún mérito.

Cuando la torre de libros sin leer se volvió más alta que él mismo, Ninon se atrevió a preguntarle a don Alí, qué tenía de especial el que atesoraba entre las manos. El anciano abrió sus ojos como no dando crédito a que alguien le hiciera la pregunta que siempre había esperado. Y con la ansiedad de quien sabe que tiene una sola oportunidad para compartir un secreto y que debe luchar contra el nerviosismo del que ha practicado infinitas veces la respuesta, construyéndola pacientemente hasta dar con la más adecuada, sintió que su momento había llegado. Entonces, con un tono ceremonioso más propio de un obispo, respondió:

-          Este sí vale la pena, m`hijita. Está escrito por gente que no piensa que escribir sea cuestión de dioses. Y por eso, hacen literatura. Es un gran libro con mil autores que te vienen a decir que están aquí; a contarte que en este rato que están en el mundo, saben hacer zapatos, tortas de matrimonio o reparar la cañería. El de más allá, dice que es ingeniero –seguro que está muy orgulloso- y ella, que es peluquera y sabe hacer los mejores visos, los que te apuesto, aprendió a hacer practicando con su hermana. ¿Se fija, mi niña? Ellos simplemente agitan banderitas para que uno los vea.

Cuando a don Alí se le fueron los ojos, siguió leyendo con los dedos. Para entonces, su mujer dejó de molestarlo y Ninon empezó a admirarlo cada vez más: de cada aviso que Ninon le leía, don Alí era capaz de reconstruir a la persona que estaba detrás. Entonces la ceremonia de abrirlo, se convirtió en un paseo cotidiano que, de la mano de don Alí, llevaba a Ninon a visitar el mundo sin moverse del mesón.

Tenía razón Romualda, pensaba Ninon, todo pasa por algo. Aunque ese algo requiriera de una mirada serena y tardía para hallarle un sentido. Pese que a ella le había dolido tanto como a su tía tener que trabajar lejos de la sombra de los robles y los peillines, las cosas empezaban a mejorar para ellas. Y había vuelto a sonreír. Amparada en la tienda de especias de don Alí, se le volvió a iluminar el rostro y con el tiempo, su pelo adquirió la particular fragancia de la harina recién tostada. Misma que provocaba a su regreso, estragos entre los pasajeros del bus y, sobretodo, en el chofer, quien llegó a enamorarse de Ninon de tal manera, que inventaba mil excusas para esperarla cuando se atrasaba, aunque la gente le pateara los asientos o lo insultara por la demora.

Por aquella época, subir a la micro se había convertido en un regalo para Ninon. Las atenciones que le prodigaba el chofer y que Romualda consideraba un descaro, a Ninon le enternecían. Además, y más importante aún, el recorrido en bus le provocaba a Ninon un estado parecido a la meditación. Era como si al subirse, su vida quedara suspendida. El asiento en que viajaba se convertía en el de un cine donde cada día podía presenciar, en primera fila y sin interrupciones, un capítulo más en la vida de los pasajeros. Al contrario de Romualda, Ninon esperaba la micro como se espera la realización de una promesa. ¿Cuánto cabe en una espera? ¿Cuántas esperas hay en una espera? ¿Cuánto se viaja antes de empezar a viajar? Ninon en silencio saltaba de una pregunta a otra mientras Romualda contaba incansablemente las monedas.

Todos los días hacían el mismo trayecto. Pero para Ninon no era exactamente el mismo. La ruta era idéntica, claro. Es cierto también que las casas no cambiaban de lugar y que conocía a todas las personas que regularmente se subían. Sin embargo, el paisaje variaba. Cada día los pasajeros traían consigo un día más sobre los hombros, un día más en el alma. Y a Ninon la subyugaba adivinar esas andanzas.

A aquella mujer, por ejemplo, esta semana le fue bien. Ninon descubre que se le ha posado un destello de malicia en las pupilas y que con dificultad controla una sonrisa que insiste en instalarse en sus labios. Cambió el color de su pelo. Ahora lo tiene más rojizo. Ha sido un acierto, confirma Ninon: su rostro se realza en el magnífico marco que ha elegido, sus ojos bailan descarados y la boca parece que se le quisiera escapar.

Dos asientos más atrás, en diagonal, va un hombre joven de ojos viejos aferrado a su maletín como un náufrago a un madero. A la bajada se peinará con mano decidida. Arreglarse el mechón que le cae sobre la frente se ha vuelto una cábala, un mágico rito que le certifica que este día sí le va a ir bien vendiendo seguros.

Ninon descubre a la que ahora es colorina, regalarle el asomo de una sonrisa al hombre del maletín gastado. Y él le responde, con una mirada firme y felina, como si dijera tú serás mía. En un arranque de timidez y culpa, la del pelo arrebatado se acomoda la falda buscando una excusa para desviar la mirada. De seguro que su novio se hubiera enojado si la hubiera visto en su flirteo. Aunque quizás no (suspira con alivio o más bien decepción), porque en realidad su novio ni teniéndola delante, la mira. ¿Cuándo dejó de mirarla? Su novio ni siquiera ha notado que desde hace un tiempo anda más encendida. Sí, su pelo no es ninguna casualidad. Ella está ardiendo por dentro y por fuera.

Romualda le da unas palmadas en el muslo a la ensimismada Ninon avisándole del próximo paradero donde deben descender. Es raro, pero a Ninon le da cierta nostalgia que el viaje se termine, como si en vez de llegar a las cercanías del lugar donde trabaja, dejara a sus amigos para irse a otro país. De hecho, si no fuera ridículo, Ninon sacaría un pañuelo para hacerles señas y despedirse. A cambio, se consuela con decirles bajito y disimuladamente, hasta mañana.

EL PRESTIDIGITADOR

(Primer Lugar IX Concurso Gonzalo Rojas Pizarro, 2012, Chile)


El prestidigitador necesita dos pares de manos porque no puede con el mundo con un solo par. Sus manos, las que nacieron con él, no tocan las cosas ni se dejan tocar. Ni por el sol. En su habitación se da permiso para sacarse los guantes -esas manos que no son sus manos- y los deja tirados sobre la cama. En las manos que no puede sacarse, los nudillos apenas se distinguen, ausentes y eternamente niños, como si durmieran el sueño uterino, acunados por la envoltura de una carne mullida. Las yemas de los dedos parecen globitos muy inflados que, al no haber conocido el roce del mundo, han crecido a su antojo. Me inquietan esos dedos expertos en huir de la aspereza y que se han perdido la fiesta de la lengua de un gato. Si pudiera, entraría en silencio a su habitación y, mientras duerme, buscaría la mano que cuelga al borde de la cama y se la untaría en mermelada. Luego, dejaría un gatito para que se deleitara con el dulce alimento en el original pocillo. Sé que al instante despertaría aterrado él y feliz su mano. Pero como a mí solo me importa ella y su gemela, me deja indiferente el escándalo que pudiera hacer el dueño. Mas temprano que tarde lo haré, porque yo me debo a sus manos.

Manos de piel translúcida como papel de arroz. Da la impresión que no corriera la sangre por ellas, como si el temor fuera un torniquete en cada muñeca destinado a estrangular el paso lujurioso de la sangre. Aquellos centinelas únicamente permiten la existencia de un brevísimo riachuelo, apenas el mínimo necesario para que a su dueño no se le mueran las agónicas ventosas que lo unen al mundo. Esas fuertes amarras sólo puede deshacerlas una lengua dedicada y laboriosa. Como la mía.

Manos de prestidigitador que hacen aparecer y desaparecer cosas. Manos con vocación de luciérnagas que viajan con agilidad y precisión por el aire. Manos que hipnotizan. Sus manos son las manos del mejor ilusionista. Pero a mí no me engaña.

Conozco de memoria su acto de tanto que lo he visto. Diecisiete veces en total, contando el de hoy. La tercera vez que fui a ese magnífico teatro, cometí la torpeza de sentarme en la misma butaca de las dos veces anteriores y me descubrió. Me miró fijo y tan fuerte, que me dejó ensartada en la silla sin poder moverme durante las dos horas que dura el espectáculo. Cada cierto tiempo volvía a mirarme para presionar a distancia el alfiler que me había atravesado, como si quisiera asegurarse de que no me pudiera zafar. Y el ilusionista lo habría conseguido si no hubiera cedido por un segundo a los aplausos, esos que con el tiempo descubriría eran su punto débil; la fracción de segundo en que bajaba la guardia y se entregaba a la ovación final como un drogadicto. Aquella vez aproveché ese instante para escaparme, el único y brevísimo momento en que las cosas y las personas dejaban de ser los títeres de su capricho.

Luego de ese tremendo susto, lejos de inhibirme, volví. Sabía que mi presencia lo había molestado, como si presintiera que yo estaba ahí para develar sus trucos. Y eso era cierto y falso a la vez. Como era cierto que él hacía magia y no. Yo andaba detrás de otro sortilegio que él dominaba, quizás más cercano a la brujería. Ese que había transmutado sus manos, doblegándoles la vocación por acariciar. Si algo sé de magia es que, para que resulte, requiere de la participación de la víctima. O sea, no bastaba con que él quisiera mutilarles el sentido a sus manos, para que éste se deshiciera. Era necesario que hubiera comprendido -y utilizado a su favor- la historia de aquellas; lo que anhelaban, lo que temían, lo que soñaban, lo que les dolía y, sobretodo, en lo que creían. Con esa poderosa información, debió dedicarse sistemáticamente a confundirlas y torturarlas hasta que ellas, vencidas hasta el último tendón, le hubieran dicho en un susurro agónico, tienes razón. Quebrada la voluntad, el resto viene por añadidura. Así estaban sus no-manos, dos apéndices que le colgaban de los brazos, movidas como zombies por su dueño, quien parecía deleitarse con la crueldad. Confirmaba mi sospecha, la arrogante sonrisa que lucía en todas partes, esa mueca de dientes a la vista que suelen llevar como corbata quienes tienen todo bajo control.

Frente a eso, y como en tantas otras ocasiones, decidí apostar por el caballo más flaco. ¿Por qué? No sé. Será una tara mía que traigo desde niña y que me hacía elegir, frente a la incredulidad de mis padres, a la muñeca coja o tuerta de entre las que ponían a mi alcance. Yo sabía que ésa tendría una razón para vivir y yo la ayudaría. Las otras, las muñecas bellas, vivían en un limbo entre el ensueño y la inconsciencia, donde yo para ellas, no existía ni resultaba necesaria. Pero con la fea, nos entenderíamos. Sabía que juntas, llegaríamos lejos. Y así fue.

Por eso le aposté a esos muñones; a esos pedazos de carne blanquecina horrorosamente obedientes que en cada movimiento perfectamente ejecutado, me gritaban su padecimiento. En realidad, no le aposté a esas manos o a lo que quedaba de ellas. Más bien me jugué todo, al afán de sobrevivir que suponía escondido en algún discreto pliegue de aquellas; creía -y quería creer- que la fe aún viviera en un trozo de esa piel. Imaginaba que en medio de indecibles dolores, a alguna de esas manos prisioneras se le hubiera ocurrido pensar que algún día el sufrimiento terminaría y que ello dependía de que lograran estirar el tiempo hasta que llegara ese momento. Si esa improbable ocurrencia hubiera tenido lugar, habría anidado en ellas una esperanza lo suficientemente poderosa como para hacerles llevadero el dolor de la mentira confesada a su torturador. En eso creía. En eso, necesitaba creer.

Así fue como, armada con mi precaria certeza y mi característico entusiasmo por defender las causas perdidas, me propuse desbaratarlo. Él me importaba un bledo. Yo me había enamorado de sus manos y estaba decidida a liberarlas. Mi enemigo no era un enemigo pequeño –nunca lo son-, así es que debía actuar con cautela. Él es muy rápido y yo muy lenta. Él posee una inteligencia aguda de la que carezco. Pero sabía que los toros se matan de a uno y de a uno los abordaría. Lo primero que hice fue, para las siguientes veces que asistí a ver su número, preocuparme de conseguir butacas en distintos lugares. De ese modo escaparía a las águilas de sus ojos y podría apreciar su espectáculo desde distintos ángulos.

Hoy me ha tocado el lugar D 37, a un costado del escenario. Me acurruco en mi sillón, abrazando mis rodillas. Mi vecino, un señor enorme y enormemente serio, frunce el ceño reprobando que mis zapatos se apoyen en el borde de la butaca. “Lo que es usted, aunque quisiera, no podría hacerlo” le respondo con el latigazo de una de mis cejas dando por terminada la desagradable intromisión en el refugio de chinchilla que pacientemente me he construido. De vuelta en mi madriguera, me río a mis anchas de lo que, de enterarse, a nadie causaría gracia.

Esta vez el prestidigitador parece inquieto. Ha perdido el aplomo en los pasos. Tampoco cuenta con la sonrisa sarcástica, ésa a la que se subía como a zancos, para desde aquella altura burlarse de los demás. Cruza el escenario a todo lo largo, mirando de un lado a otro como si buscara el sitio exacto por donde se cuela una desagradable corriente de aire frío. Parece una serpiente sacada de su hábitat, retorciéndose furiosa.  Los focos lo alumbran sólo a él y, sin embargo, se empeña en tantear la oscuridad; en identificar en medio de ese bosque de cabezas la causa de su incomodidad.

Me tapo la boca con la bufanda para esconder la risa que se me sale a borbotones. El señor enorme sólo puede ver mis ojos, que lagrimean de tanta risa y de tan emocionados que están al descubrir que las manos del mago están enrojecidas como si las llevara encendidas. Las rebeldes manos palpitan y sudan felices, celebrando su liberación, mientras su dueño sigue moviéndose por el escenario de un modo errático. Por si fuera poco, el prestidigitador luce unas ojeras descomunales; dos bolsas fofas que le cuelgan de los ojos y que guardan el enorme cansancio de una noche en vela. Y claro, es más que comprensible: ¿Quién podría haber pegado los ojos luego de despertar de un salto en mitad de la noche, con una mujer arrodillada al borde de su cama lamiéndole las manos? 

LUCIÉRNAGAS

(Finalista III Premio Algazara de Microrrelatos 2010, España)


Respiró aliviado. La angustiosa caminata llegaba a su fin. Era un adolescente cuando descubrió la dulzura de aquella calle, y aunque habían pasado veinte años, pudo constatar que, para su fortuna, Dios no se había manifestado en toda su crueldad.

Se arregló el pelo y empezó a caminar lentamente. A medida que avanzaba, una amplia sonrisa se instaló en su rostro, al tiempo que salidas de la nada, iban apareciendo amorosas luciérnagas que primero tímidas y luego confiadas, se le acercaban y danzaban a su alrededor. ¿Cómo no iba a estar feliz? Poco a poco iban cediendo las telarañas de la seriedad con que se había vestido en la adultez y donde antes había un callejón oscuro como su soledad, ahora se abrían paso titilando y alborotadas, una decena de vaginas encendidas.

UN CLICK

(Mención Honrosa III Concurso Literario Internacional Lomas de Solymar 2009, Uruguay)

Dejé de verlo hace mil años. Dejé de verlo hace mil aguas con sus respectivos mil puentes. Y hoy con un click, lo encontré. En su búsqueda me movió la desidia y la incredulidad, o acaso mi infatigable costumbre de andar provocando a los Dioses. Ahora sé, con certeza, que se deben estar riendo de mí.

Quedé congelada y palpitando, igual que la página donde aparece él. Decido ir por un café, a ver si con eso pasan otros mil años. Tengo tres tazones disponibles, pero elijo lavar el cuarto, que reposa desde ayer en el lavadero. Lo prefiero sobre cualquiera. Será porque tiene grabada la fotografía de un instante memorable. En buenas cuentas, más que un tazón -y dependiendo del día- es un faro o un consuelo.

Vuelvo a mi escritorio y su página titila en la pantalla, pese a la ingenua pretensión de que mi demora hubiera borrado cualquier rastro de él. Me acomodo frente al teclado de mi computador como ante mi verdugo, mientras late insistente en mis sienes un “tú te lo buscaste”. Respiro hondo para calmarme y me digo que no hay de qué preocuparse porque, en rigor, no ha pasado nada. Él está ahí, en la pantalla, a un océano de mí y ni sabe –ni tiene por qué saber- que todavía existo.

Me río. Me siento como una niña que se niega a vestirse y salta juguetona en la cama, liberada del peso de sus ropas. Entonces suena el teléfono, y su insistencia me obliga a un aterrizaje forzoso a la realidad, borrando de un manotazo los saltos, las carcajadas, el vértigo y el pelo desordenado.

Vuelvo al punto cero, paralizada frente a la pantalla. Su fotografía sigue ahí, junto a los fabulosos edificios que puede construir y el intimidante directorio del que forma parte. El conjunto resulta imponente. Pero a la evidencia se le abre una fisura y ahora me parece estar frente a un castillo de naipes.

¿Puede un mínimo movimiento cambiar el curso de una corriente marina? No lo sé. Sólo sé que estoy a un click de mostrarle que yo, aún respiro. Sólo sé que estoy a un click de, posiblemente, desordenar su vida. Y a un click de desordenar la mía, definitivamente.

LA MUDA

(Mención Honrosa Concurso Cuenta La Pega 2010)


La muda, pintaba. Desde que era niña, trozos de madera y cajas de cartón eran presa fácil de sus colores. En el último año del liceo tuvo la fortuna de conocer a una profesora de artes que comprendió el mal que padecía; que comprendió cómo se le ablandaban los huesos si le quitaban un pincel o cómo la euforia podía apoderarse de ella frente a unos envases de pintura y diluyente. Como era de esperar, se hicieron grandes amigas. La profesora volvió a entusiasmarse con la clase que dictaba. Y pese a que cuarenta y cuatro jóvenes solían mirarla con fastidio, le bastaba esa única alumna mirándola como ella miraba cuando tenía diecisiete años; como cuando sentía que una lanza le atravesaba el pecho frente a un trazo furioso y no le salía la voz del asombro, y era toda ella, asombro. Le bastaban a la profesora esos ojos, digo, los de la eterna asombrada, para ser feliz.

Marta, la muda, también era feliz. La profesora hablaba y gracias a sus muchos, y bien vividos años, rápidamente dominó el trasfondo y las variaciones en el lenguaje con que Marta le respondía: las muecas y pestañeos de la joven, no tenían ningún secreto para ella. De hecho, hasta hacían chistes y se reían a puros guiños mientras los compañeros de Marta las miraban como a un par de chifladas. La única vez que Marta se preocupó por la extrañeza que podía provocar en los demás lo que a ellas les pasaba con la pintura, la profesora despejó las oscuras nubes con la leve brisa de un cometario: el sordo siempre cree que los que danzan, están locos- dijo. Y a Marta se le fueron todas las dudas, volviendo a ser su frente un cielo despejado.

Marta quería ser pintora. Reunió a su familia y con las manos en alto (palomas frenéticas, expertas en gramática aérea), comunicó su decisión de convertir en oficio, su manía infantil por colorear. -Pintora y muda. Vaya combinación. ¿No se le ocurría nada mejor?- fue lo único que dijo su padre, para luego dar vuelta la cara como si hubiera tropezado con un borracho. Mucho más tarde buscando trabajo, Marta vio esa mueca tantas veces repetida, que llegó a convencerse que ese gesto había inaugurado para ella la bien temida adultez.

La muda, soy yo. No, no se preocupe ni se incomode, señor. No necesita correr la vista ni ofenderme con su compasión. Yo estoy tan bien como cualquiera. O sea, no mucho. Pero eso no tiene nada que ver con que no me salga la voz. Qué en qué trabajo, pregunta usted. Y mis manos le responden moviendo todos los dedos. ¡Qué risa, cree que soy pianista! Claro, claro, aplaudo. No vale la pena descifrar el abismo hasta llegar a mi fatigosa tarea como digitadora. ¿Y no se aburre? Niego con la cabeza. Sí y mucho. Hay momentos en que la rutina me agobia; momentos en que tiraría todo a la basura. Pero soy afortunada: en mi trabajo si soy muda, no se nota. En cambio mi hermana no puede disimular su belleza y más temprano que tarde, termina despedida por no cumplir el requisito de abrir las piernas. En tales ocasiones, la consuelo con una sopa caliente que es como las mujeres nos curamos las heridas (de parto, de amores, de vida).Y nos ausentamos un rato del mundo, para poder volver a él: yo retomo mis pinceles y ella le quita el bozal a su risa –esa que afuera despierta demonios- y la deja correr por la casa, alborotándolo todo.

MARÍA CON ALAS

(Tercer Lugar V Festival Internacional de Bicicultura 2010, Santiago, Chile)


La bicicleta pendía de un gancho en el muro del pequeño balcón (en realidad, todo era pequeño en el nuevo departamento). El gancho era parecido a esos de las antiguas carnicerías donde colgaban a los animales casi enteros; carnicerías que despedían un fuerte olor que causaba náuseas, que en vez de puerta tenían una cortina de tiritas de plástico, donde en cada esquina del techo había bolsas de un liquido transparente que supuestamente espantaba a las moscas, carnicerías de esas que cuando comprabas un trozo de carne te lo envolvían en un periódico. Así de vieja soy. Calculé que yo debía tener la misma edad de la bicicleta, pobre cadáver al que sólo le faltaban las moscas, pero que me producía los mismos escalofríos de presenciar el vestigio de un animal que alguna vez había corrido. De la bicicleta no sabría decir si la pintura era gris o su color era producto de la pátina de suciedad y grasa acumulada durante el tiempo que llevaba a la intemperie. Tenía mucho óxido y la cadena estaba cortada, uno de cuyos extremos colgaba como una lengua muerta. Sí, más que bicicleta, parecía el cadáver de un ahorcado que nadie tuvo la piedad de enterrar. A través del corredor de propiedades traté de dar con el arrendatario anterior para decirle que había olvidado su bicicleta. Mi marido se rió de mi ingenuidad pues creía que el asunto no había sido olvido sino astucia: el antiguo dueño la consideraba deshecho y la había dejado deliberadamente para ahorrarse el trabajo de llevarla al basural. Pasaron más de dos semanas durante las cuales decoré el living, arreglé los closets y distribuí los artefactos de la casa anterior. Bueno, los que cupieron. El resto los regalé. Para mi sorpresa, me deshice con facilidad de la mitad de las cosas que tan sólo unos años atrás me parecían imprescindibles. No hacía mucho habría matado por mi arrocera eléctrica y ahora me parecía el aparato más inútil de la tierra, lo cual sólo demuestra que uno nunca termina de conocerse. Lo mejor de todo, era lo liviana que me sentía. A este paso voy a terminar como Diógenes, pensé, que sólo cargaba consigo un cacharrito para beber agua del cual también se desprendió al poco tiempo, porque descubrió que el cuenco formado por sus manos cumplía idéntica función. Sin mucho esfuerzo de nuestra parte, el departamento se había convertido en nuestro nuevo hogar. Ajustamos perfectamente él y nosotros como si nos conociéramos de antes. Hasta Roberto, mi marido, reconoció que aunque llevábamos tres semanas, le parecía estar viviendo aquí de toda la vida. Incluso las decenas de fotografías de nuestros hijos y nietos se acomodaron con facilidad. De hecho, llegué a pensar que los muros se estiraban para hacerle un lugar a los marcos que custodiaban algún instante sublime de nuestros amores. En fin, nuestra nueva vivienda lucía impecable, salvo por la bicicleta que seguía donde mismo. Se suponía que alguien se había mostrado interesado en ella, pero ese alguien nunca llegó. Así es que una mañana me armé de valor y con mucho esfuerzo logré sacarla. La apoyé en la pared de la entrada y en el lugar que antes la alojaba, amarré un precioso macetero pintado por mi hija que tenía una frondosa mata de cardenales color rojo y fucsia. Sé que es una flor común, pero a mi me encanta. Mi abuela la cultivaba de todos los colores y tenerlas a ambas cerca, me hace bien. Por ello, estaba feliz con la explosión de colores que ocupó el sombrío lugar de la bicicleta. Me sacudí las manos y me giré para terminar mi labor de ese día: acarrear la bicicleta hasta la portería para que se la llevaran. Lo curioso es que reclinada en el muro dejó de evocarme un cadáver. Ahora más bien parecía un enorme y viejo perro que durmiera. Le pasé un paño por el lomo y se estremeció. Me dio risa. Cada vez estoy más loca, me dije. Y decidí subirme a la bicicleta, apoyando mi mano en la pared para mantener el equilibrio. El dueño anterior debía ser un gigante a juzgar por el alto del sillín. Debe sacarle dos cabezas a Roberto. A propósito, la llegada de Roberto siempre es precedida por un suave tintineo de llaves y el roce de la suela de sus zapatos en el limpiapies de la entrada. Sin embargo esta vez no lo escuché. Repentinamente abrió la puerta y no tuve tiempo de bajarme. Mi marido me miró sorprendido y yo me sentí como si me hubiera descubierto en una infidelidad. Con el mismo cosquilleo en el estómago como si fuera cierto que a mis años tengo un amante, decidí arreglar la bicicleta. La pulí, la engrasé, reemplacé la cadena rota y las llantas. Le compré un nuevo sillín (que ahora son más blandos porque vienen rellenos con gel) y la pinté rojo bermellón. “A alguno de nuestros nietos le servirá” le mentí a mi marido cuando levantó los ojos al cielo como cada vez que tropezaba con alguna de mis ocurrencias (no necesita decirme que me ama en la misma medida que no me comprende). A pesar del cansancio, no cejé en mi afán de resucitar la bicicleta. Es raro, pero dedicada a ella sentí la misma felicidad de cuando despertaba a mis hijos para ir a la escuela. Mientras estreno mi bicicleta con la excusa de ir a ver a nuestro hijo que vive a dos cuadras, recuerdo a Teresita, una amiga a quien una vez, después de mucho tiempo, encontré en el supermercado. Cuando nos poníamos al día de las últimas novedades (algunas de las cuales no era necesario relatar pues saltaban a la vista, como sus pechos de silicona y su rostro tirante de muñeca de plástico), no pude evitar ver que entre las cosas del carro había un paquete de toallas íntimas. “Ahora vienen con alas” me dijo, con la naturalidad de una treinteañera. No habría nada de raro en su comentario, si no fuera que ella tiene el doble de esa edad. Teresa, en su desesperación, es capaz de someter su cuerpo (acaso también su alma) a una feroz mutilación por fingir que el paso del tiempo no tiene lugar el ella. Pero no engaña a nadie, salvo a sí misma. Por eso no pude decirle nada aquella vez. Tampoco podría hacerlo en este momento, pues entonces y ahora, me embarga la misma inmensa tristeza. Según Manuela, mi nieta mayor, soy la abuela más divertida y moderna porque ando en una bicicleta colorada (la que, con la cruda sinceridad de sus diez años, me hizo jurar que le heredaría cuando muriera). “Ojalá todas las abuelas fueran como tú”, me grita desde la ventanilla del auto mientras yo empiezo a pedalear. No sé si tendrá razón Manuela, pero confieso que desearía que mi amiga Teresa se hubiera atrevido alguna vez a montar una bicicleta. Sin duda, habría descubierto el modo de tener alas de verdad.