EL PRESTIDIGITADOR

(Primer Lugar IX Concurso Gonzalo Rojas Pizarro, 2012, Chile)


El prestidigitador necesita dos pares de manos porque no puede con el mundo con un solo par. Sus manos, las que nacieron con él, no tocan las cosas ni se dejan tocar. Ni por el sol. En su habitación se da permiso para sacarse los guantes -esas manos que no son sus manos- y los deja tirados sobre la cama. En las manos que no puede sacarse, los nudillos apenas se distinguen, ausentes y eternamente niños, como si durmieran el sueño uterino, acunados por la envoltura de una carne mullida. Las yemas de los dedos parecen globitos muy inflados que, al no haber conocido el roce del mundo, han crecido a su antojo. Me inquietan esos dedos expertos en huir de la aspereza y que se han perdido la fiesta de la lengua de un gato. Si pudiera, entraría en silencio a su habitación y, mientras duerme, buscaría la mano que cuelga al borde de la cama y se la untaría en mermelada. Luego, dejaría un gatito para que se deleitara con el dulce alimento en el original pocillo. Sé que al instante despertaría aterrado él y feliz su mano. Pero como a mí solo me importa ella y su gemela, me deja indiferente el escándalo que pudiera hacer el dueño. Mas temprano que tarde lo haré, porque yo me debo a sus manos.

Manos de piel translúcida como papel de arroz. Da la impresión que no corriera la sangre por ellas, como si el temor fuera un torniquete en cada muñeca destinado a estrangular el paso lujurioso de la sangre. Aquellos centinelas únicamente permiten la existencia de un brevísimo riachuelo, apenas el mínimo necesario para que a su dueño no se le mueran las agónicas ventosas que lo unen al mundo. Esas fuertes amarras sólo puede deshacerlas una lengua dedicada y laboriosa. Como la mía.

Manos de prestidigitador que hacen aparecer y desaparecer cosas. Manos con vocación de luciérnagas que viajan con agilidad y precisión por el aire. Manos que hipnotizan. Sus manos son las manos del mejor ilusionista. Pero a mí no me engaña.

Conozco de memoria su acto de tanto que lo he visto. Diecisiete veces en total, contando el de hoy. La tercera vez que fui a ese magnífico teatro, cometí la torpeza de sentarme en la misma butaca de las dos veces anteriores y me descubrió. Me miró fijo y tan fuerte, que me dejó ensartada en la silla sin poder moverme durante las dos horas que dura el espectáculo. Cada cierto tiempo volvía a mirarme para presionar a distancia el alfiler que me había atravesado, como si quisiera asegurarse de que no me pudiera zafar. Y el ilusionista lo habría conseguido si no hubiera cedido por un segundo a los aplausos, esos que con el tiempo descubriría eran su punto débil; la fracción de segundo en que bajaba la guardia y se entregaba a la ovación final como un drogadicto. Aquella vez aproveché ese instante para escaparme, el único y brevísimo momento en que las cosas y las personas dejaban de ser los títeres de su capricho.

Luego de ese tremendo susto, lejos de inhibirme, volví. Sabía que mi presencia lo había molestado, como si presintiera que yo estaba ahí para develar sus trucos. Y eso era cierto y falso a la vez. Como era cierto que él hacía magia y no. Yo andaba detrás de otro sortilegio que él dominaba, quizás más cercano a la brujería. Ese que había transmutado sus manos, doblegándoles la vocación por acariciar. Si algo sé de magia es que, para que resulte, requiere de la participación de la víctima. O sea, no bastaba con que él quisiera mutilarles el sentido a sus manos, para que éste se deshiciera. Era necesario que hubiera comprendido -y utilizado a su favor- la historia de aquellas; lo que anhelaban, lo que temían, lo que soñaban, lo que les dolía y, sobretodo, en lo que creían. Con esa poderosa información, debió dedicarse sistemáticamente a confundirlas y torturarlas hasta que ellas, vencidas hasta el último tendón, le hubieran dicho en un susurro agónico, tienes razón. Quebrada la voluntad, el resto viene por añadidura. Así estaban sus no-manos, dos apéndices que le colgaban de los brazos, movidas como zombies por su dueño, quien parecía deleitarse con la crueldad. Confirmaba mi sospecha, la arrogante sonrisa que lucía en todas partes, esa mueca de dientes a la vista que suelen llevar como corbata quienes tienen todo bajo control.

Frente a eso, y como en tantas otras ocasiones, decidí apostar por el caballo más flaco. ¿Por qué? No sé. Será una tara mía que traigo desde niña y que me hacía elegir, frente a la incredulidad de mis padres, a la muñeca coja o tuerta de entre las que ponían a mi alcance. Yo sabía que ésa tendría una razón para vivir y yo la ayudaría. Las otras, las muñecas bellas, vivían en un limbo entre el ensueño y la inconsciencia, donde yo para ellas, no existía ni resultaba necesaria. Pero con la fea, nos entenderíamos. Sabía que juntas, llegaríamos lejos. Y así fue.

Por eso le aposté a esos muñones; a esos pedazos de carne blanquecina horrorosamente obedientes que en cada movimiento perfectamente ejecutado, me gritaban su padecimiento. En realidad, no le aposté a esas manos o a lo que quedaba de ellas. Más bien me jugué todo, al afán de sobrevivir que suponía escondido en algún discreto pliegue de aquellas; creía -y quería creer- que la fe aún viviera en un trozo de esa piel. Imaginaba que en medio de indecibles dolores, a alguna de esas manos prisioneras se le hubiera ocurrido pensar que algún día el sufrimiento terminaría y que ello dependía de que lograran estirar el tiempo hasta que llegara ese momento. Si esa improbable ocurrencia hubiera tenido lugar, habría anidado en ellas una esperanza lo suficientemente poderosa como para hacerles llevadero el dolor de la mentira confesada a su torturador. En eso creía. En eso, necesitaba creer.

Así fue como, armada con mi precaria certeza y mi característico entusiasmo por defender las causas perdidas, me propuse desbaratarlo. Él me importaba un bledo. Yo me había enamorado de sus manos y estaba decidida a liberarlas. Mi enemigo no era un enemigo pequeño –nunca lo son-, así es que debía actuar con cautela. Él es muy rápido y yo muy lenta. Él posee una inteligencia aguda de la que carezco. Pero sabía que los toros se matan de a uno y de a uno los abordaría. Lo primero que hice fue, para las siguientes veces que asistí a ver su número, preocuparme de conseguir butacas en distintos lugares. De ese modo escaparía a las águilas de sus ojos y podría apreciar su espectáculo desde distintos ángulos.

Hoy me ha tocado el lugar D 37, a un costado del escenario. Me acurruco en mi sillón, abrazando mis rodillas. Mi vecino, un señor enorme y enormemente serio, frunce el ceño reprobando que mis zapatos se apoyen en el borde de la butaca. “Lo que es usted, aunque quisiera, no podría hacerlo” le respondo con el latigazo de una de mis cejas dando por terminada la desagradable intromisión en el refugio de chinchilla que pacientemente me he construido. De vuelta en mi madriguera, me río a mis anchas de lo que, de enterarse, a nadie causaría gracia.

Esta vez el prestidigitador parece inquieto. Ha perdido el aplomo en los pasos. Tampoco cuenta con la sonrisa sarcástica, ésa a la que se subía como a zancos, para desde aquella altura burlarse de los demás. Cruza el escenario a todo lo largo, mirando de un lado a otro como si buscara el sitio exacto por donde se cuela una desagradable corriente de aire frío. Parece una serpiente sacada de su hábitat, retorciéndose furiosa.  Los focos lo alumbran sólo a él y, sin embargo, se empeña en tantear la oscuridad; en identificar en medio de ese bosque de cabezas la causa de su incomodidad.

Me tapo la boca con la bufanda para esconder la risa que se me sale a borbotones. El señor enorme sólo puede ver mis ojos, que lagrimean de tanta risa y de tan emocionados que están al descubrir que las manos del mago están enrojecidas como si las llevara encendidas. Las rebeldes manos palpitan y sudan felices, celebrando su liberación, mientras su dueño sigue moviéndose por el escenario de un modo errático. Por si fuera poco, el prestidigitador luce unas ojeras descomunales; dos bolsas fofas que le cuelgan de los ojos y que guardan el enorme cansancio de una noche en vela. Y claro, es más que comprensible: ¿Quién podría haber pegado los ojos luego de despertar de un salto en mitad de la noche, con una mujer arrodillada al borde de su cama lamiéndole las manos? 

EL HOMBRE QUE VOLABA

(3º Lugar V Concurso Cuentos “Cuéntate Algo” Biblioteca Viva 2011)


Mauro andaba por la ciudad a toda velocidad en su bicicleta gris, vestido –era que no- todo de gris. Antes su madre y ahora su novia, no se cansaban de criticarle por el desdichado color de sus atuendos. A él lo traía sin cuidado la intolerancia a la tristeza de aquellas mujeres (de una de las cuales estaba pensando deshacerse seriamente. De la otra, aunque quisiera, no había cómo). Mauro cursaba el último año de su carrera, la que habría abandonado desde el primer día. Pero estaba la pensión de su padre en juego, las amenazas de la madre, los sermones del cura del colegio, el ejemplo de su hermano mayor, en fin, un tropel de gente que debía mantener a raya. Comparado con ellos, cualquier cosa era más fácil de soportar. Afortunadamente, quedaba menos de la tortura de memorizar contenidos para regurgitarlos frente al pelícano de turno. Apenas un semestre de seminario de título y la esperada práctica como diseñador que le permitiría llevarle a su madre el famoso “cartón”; aquel título profesional que con el correr de los años se había convertido en el salvoconducto de su libertad. 


Era martes y Mauro estaba particularmente feliz. Le aceptaron sin problemas el proyecto de título y su profesor guía lo había recibido con café y un abrazo. Por si fuera poco, asistió a una reunión en una prestigiosa empresa para coordinar la implementación de un proyecto donde él podría hacer la práctica. La reunión había sido distendida y obtuvo la confirmación para participar en la ejecución de varias tareas. Cuando salió del edificio, se cruzó con Rainer, el cubano de dos metros que fue novio de su hermana, quien apenas lo miró. A Mauro le dio risa acordarse del primer y único intercambio con ese personaje por el que su hermana se derretía y que él, tratando de ser amistoso y quebrar el hielo instalado en el rostro de sus padres cuando fue presentado a la familia, lo había recibido con un “¡Ah, ¿Te llamas así por el gran Rainer María Rilke?” El mentado había mirado a Mauro como quien observa un pescado con orejas, luego de lo cual –y antes de darse la vuelta ofendido- sólo abrió la boca para decir “Yo no me llamo María”.

Todavía riéndose, Mauro fue hasta donde había amarrado su bicicleta y se sentó a fumar un cigarrillo. No fumaba mucho, pero había momentos como éstos en que le venía de maravilla. Sabía que el cigarrillo no ayudaba a pensar, pero a él sí. Miró la hora y se percató de que aún era temprano, por lo que alcanzaba a ir al terminal de buses a dejar la encomienda para su abuela (como todo un Caperucito, se rió). El paquete -que había armado con paciencia de monje tibetano- contenía un frasco de Nutella, esa crema de chocolate que su querida viejita disfrutaba como niña, pero que no encontraba en el escuálido almacén del pueblo donde vivía. Tres Esquinas, en rigor, no era un pueblo sino apenas y literalmente, tres esquinas. Dos caminos de tierra que se cruzan deberían formar cuatro esquinas pero, no me pregunten por qué, aquí había tres y Mauro en su adolescencia, había pasado tardes enteras intrigado por aquel misterio. Su incomprensible conducta de estarse parado mirando al infinito por horas, había desconcertado a cuanto campesino se le cruzaba (después de todo, ellos estaban habituados a convivir con lo absurdo). En el paquete que Mauro preparó, también había cuatro pares de calcetines de pura lana que sabia la harían feliz y que ella, aunque pudiera pagarlos, se negaba a comprar por considerarlos un lujo. Y lo mejor de todo, el mejor abrigo y alimento: un original libro comprado de segunda mano en el barrio de San Diego con el cual Mauro había sentido escalofríos, se había enternecido hasta la médula y se había reído a morir, curiosa combinación que sabía sería el deleite de su abuela. “La felicidad de los ogros”, esa rara novela que tenía todo lo que una buena historia necesita para ser irresistible: ternura, humor y espanto.

Mauro entregó la encomienda y satisfecha su alma, decidió que podría permitirse disfrutar de un almuerzo de verdad en alguno de los boliches del sector. Normalmente comía emparedados comprados en cualquier parte (prefería los de una peruana que se instalaba a un costado de su universidad), pero hoy tenía tiempo, y sobretodo ganas, de darse un gusto. Pidió una cazuela, que llegó hirviendo en paila de greda y rociada de cilantro fresco picado. El garzón le acercó un pocillo con pebre acompañado de tres pancitos amasados. Untó un trozo de pan en el pebre mientras los vapores de la cazuela y la fragancia del cilantro le bañaban el rostro. Qué poco se necesita para ser feliz, pensó. Acababa de terminar de comer cuando vio a lo lejos la silueta de Martina, una amiga de toda la vida de la cual estaba enamorado de toda la vida. Sonrió. Ojala se pudiera detener el tiempo, dijo en un murmullo para sí mismo y se levantó para hacerle señas.

El amor de su vida abrió los ojos inmensos así y apuró (estaba seguro) los pasos hacia él. Le sonrió (de eso no cabía duda y cualquier transeúnte podía corroborarlo) con ojos, boca y mejillas, incendiándosele la cara como si hasta antes de que él la llamara hubiera sido un globo desinflado que al oír su nombre (dicho por él quería creer, aunque no había forma de asegurarlo) se hubiera hinchado de alegría y se hubiera vuelto toda ella, pura alegría. Mauro quedó pasmado. No supo qué decir y, para cuando se le ocurrió, le preguntó cuatro veces cómo estaba. Le sudaron las manos, se le disparó el corazón. Al inclinarse para saludarla (Martina apenas le llegaba al pecho), volcó un vaso y las servilletas. Se sintió torpe, inadecuado, feo e indigno de ella. O sea -habría sentenciado su abuela de saberlo-, todo lo que siente cualquier cristiano verdaderamente enamorado. Martina, que cinco minutos antes escudriñaba el asfalto con el ceño fruncido como si buscara una joya perdida –cosa que de algún modo era cierta- ahora se reía hipando. Quince minutos transcurrieron así, brevísimos para ellos y eternos para el malhumorado garzón que barría los pedazos de vidrios entre los pies de la pareja que se reía estruendosamente vaya uno a saber de qué.

Es lo más lindo que he visto, pensó Mauro, cepillando con la mirada el pelo de Martina. Lo llevaba suelto –así lo había preferido siempre Mauro-, desordenado y tan largo, que en su delirante revoloteo, alcanzaba a hacerle cosquillas a él. Ella trataba de atrapar los mechones que bailaban excitados, pero sus manos eran tan pequeñas que resultaba inútil el intento. Sin pensarlo, Mauro alzó una de sus manos, enorme, casi del tamaño de la cabeza de ella y las serpientes rebeldes de la delicada medusa se doblegaron obedientes, dejándose atrapar. Martina aprovechó el gesto y en un rápido movimiento las sujetó con un elástico. Mauro se puso triste. Si fuera por él, habría impedido tan cruel atadura. Por un segundo se permitió soñar que llegaba el día en que liberaba ese cabello de todas sus amarras y gobernaba para siempre en esa magnífica cabellera.

Martina se quejó de su pelo. Me encantaría tenerlo como las mujeres orientales, dijo, liso y pesado como una cortina. Tu pelo es lo más lindo que he visto, se le escapó a Mauro. Y quedaron los dos como detenidos, como si no hubiera sido Mauro quien hablara, sino un tercero que les gritaba ¡Momia!, igual que cuando jugaban en el colegio y a más de la mitad de los compañeros les faltaba un diente. ¿Tenía algodón en los oídos? Claro que no. Pero entonces ¿Por qué Mauro no escuchaba nada? ¿Por qué el mundo, de un momento a otro, había decidido quedarse en silencio? Soñaba, claro que soñaba. Esto no es cierto, pensó Mauro. Esto no puede estar ocurriendo. La vida está allá, puedo verla fluyendo en el riel de al lado, de donde me corrí al tropezar con Martina. No cabe duda, ella me saca de mí. Siempre lo ha hecho.

Me tengo que ir, mintió Martina sin saber por qué. Habló su boca, no ella, traicionándola como tantas veces. Las palabras de Martina rompieron el hechizo de las momias. Si siguieran en el colegio, habrían sido salvados por ese comentario, pero ahora a los dos les dolió salvarse. Hubieran querido perder, seguir perdiendo, con tal de estar así, tan cerca, que compartían el aliento, y los ojos no se cansaban de beberse, los unos en los otros. Pero despertaron -¿o volvían a dormirse?- y se despidieron sin cruzar palabras, rozándose apenas las mejillas. 

Mauro salió descompuesto del callejón donde habían quedado el restaurante y los vestigios de alegría que la aparición de Martina había coronado y al mismo tiempo, hecho desaparecer. Montó su bicicleta y comenzó a pedalear con furia como si huyera; como si fuera posible huir de los fantasmas; como si bastara encender una  lamparita en mitad de la noche para hacer desaparecer los pesados pasos que escuchaba prístinos subiendo por la escalera de su alma. Siguió pedaleando con energía. Luego se enderezó y quitó las manos del volante. Le encantaba esa sensación. Sus piernas obedientes y aplicadas, ejecutando una danza sincronizada y su cuerpo erguido oteando el horizonte. Sí, parecía un centauro. En su loca carrera trataba de aferrarse al mítico animal. Persiguiendo su imagen, pretendía apoderarse de su fuerza; de la fuerza que él tanto necesitaba en esta hora para deshacerse de los espectros y del sudor frío en la espalda que le pesaba como una mochila donde los cargara. Casi no había vehículos en la calle y la noche se dejó caer con caprichoso apuro. Mauro decidió tomar la ruta más larga hasta su casa. Cruzó por delante de la antigua cárcel y cuando casi estaba frente al bar La Piojera, lo vio.

Mauro no sabe por qué aquel viejo le inspiró ternura. Era un hombre pequeño, medio encorvado. Iba hablando solo y se reía cada cierto tiempo. Cada paso que daba lo hacía con cautela, como si buscara las piedras sobresalientes para cruzar el riachuelo que había en el campo de su padre allá en Tres Esquinas. Elevaba un pie y lo dejaba detenido en el aire, tratando de encontrar el mejor apoyo, pero tanta meditación lo desestabilizaba y terminaba cayendo bruscamente. El borracho miraba desconcertado, como un niño que aprende a caminar y no entiende por qué se viene abajo. Con gran esfuerzo logró sentarse. Se palpó los pantalones húmedos de su propia orina. Su mamá lo iba a regañar por andar de nuevo jugando en el río. Para ahorrarse el castigo que le seguiría, Fulgencio decidió quitarse los pantalones para ponerlos a secar a la orilla, encimita de esa roca de forma tan rara, parecida a un grifo.

Mauro se rió del hombre que tambaleando, trataba de bajarse los pantalones. Disminuyó el ritmo de sus pedaleos para mirarlo mejor. Después de todo, resultaba una buena distracción. Repentinamente, como si lo hubieran llamado por su nombre, Fulgencio se enderezó y se quedó contemplando a Mauro que del otro lado de la calle y de brazos cruzados, se desplazaba como flotando. La nube que habitaba en las pupilas del anciano no le permitió ver la bicicleta sobre la que iba Mauro. Sólo veía a un hombre que era todo lo que él había deseado en la vida: un hombre que volaba. El borracho empezó a aplaudir y a reírse apuntando a Mauro. ¡Está volando, está volando! Gritaba como si quisiera que el mundo despertara y viera lo que sus cenicientos ojos celebraban: un hombre cruzando la avenida moviendo las piernas en el aire. ¡Yo también sé volar! ¡Yo también sé volar! decía, mientras daba tumbos y aleteaba torpemente. A Mauro el terror le erizó la piel. Aguantó la respiración, sobrecogido frente a ese anciano con los pantalones abajo que dejaba las consumidas piernas a la vista; piernas macilentas, violáceas, de huesos chuecos que revelaban ser los precarios sobrevivientes de una cruel enfermedad (Mauro no se equivocaba: Fulgencio había padecido la temprana dentellada de la poliomielitis; hiena cruel que Fulgencio, aun a sus avanzados años, todavía escuchaba reírse cada cierto tiempo). Sin pretenderlo, ese viejo que agitaba sus brazos de arriba a abajo, cayéndose y volviéndose a parar, fracturaba a Mauro en lo más profundo de su ser. El doloroso destello le pareció una mano que con violencia volvía de revés la realidad y dejaba en carne viva las heridas de ese tejido; las huellas donde los puntos perdidos habían sido enmascarados con una costura. Ese anciano era una costura. Ese anciano borracho intentando volar era la encarnación de un grosero zurcido; la burda sutura de una vida que no había sido. A Fulgencio se le desgarraba la garganta a cada grito y no cejaba en el absurdo afán de remontar vuelo. Para cuando logró pararse de la enésima caída, se iluminó. “No se me puede ir, no se me puede ir” empezó a decir una y otra vez para animar su cuerpo que comenzaba a flaquear y emprender una carrera para abrazar a Mauro que no creyó lo que veía: un borracho descontrolado que de brazos abiertos, se abalanzaba sobre él.

El choque sonó como el de un huevo contra el piso. Mauro, salvo una leve magulladura, salió ileso. El anciano, cascarita frágil, sangraba profusamente. Temblando de pies a cabeza, Mauro se acercó. Imbécil, imbécil, le gritaba al borracho agarrándolo de la solapa. El anciano abrió los ojos con las sacudidas y sonrió. Yo lo vi volar, murmuraba incansable la lengua torpe que trataba de abrirse camino entre borbotones de sangre. Mauro, intentó levantarlo, mientras Fulgencio luchaba con ese río que amenazaba con llevárselo. Pero fue inútil. Más que hombre, Fulgencio parecía una gaviota herida que hubiera perdido su mar y agonizara empantanada. “Después de la Carmencita, usté es lo más lindo que he visto”, fue lo último que alcanzó a entender Mauro antes que la voz se ahogara, arrastrada por la corriente.

Dos días más tarde, la abuela de Mauro recibió el aviso de que le había llegado una encomienda. Se arregló como si fuera su cumpleaños y canturreando salió de su casa. Caminó un buen trecho a paso vigoroso, ansiosa de alcanzar cuanto antes la vía principal donde pasaba la micro que la llevaría hasta Chillán. Al llegar a la ciudad aun no se apagaban sus jadeos, pero no le importó. Pasó al terminal de buses y retiró el paquete que le había enviado su nieto. Con el regalo bajo el brazo, fue al mercado. Compró aceite, harina de avellanas, La Discusión – periódico local- y El Mercurio de Santiago, el que en realidad no leía: sólo paseaba los ojos por las fotografías como frente a un álbum de laminitas, pues mirando lo que su nieto miraría, sentía que lo tenía más cerca. Entonces vio la noticia.

El que le tiraba las trenzas si se descuidaba, el que le dejaba en su banco de la escuela medio pan con chicharrones, el que se peleaba por ella hasta que invariablemente terminaban rompiéndole la cara, el que nunca se atrevió a hablarle, el que en los recreos jugaba solo, emprendiendo carreras bizarras mientras agitaba los brazos queriendo volar (¿por qué Dios no lo había hecho pájaro?), el que día por medio llegaba con los pantalones mojados y se burlaban de él diciéndole que se había orinado, ese a quien el frío había vuelto viejo a los nueve años, dejándole costras en las mejillas y manos ajadas que a veces sangraban, el que después de la muerte del padre nunca más volvió a la escuela y lo veía a lo lejos acarrear ovejas, el que sólo una sola vez había visto llorar cuando la profesora le puso un siete en su cuaderno y les dijo a todos que deberían ser como él, y él se desplomó como chincolito, herido por aquella caricia intolerable en su cuerpo acostumbrado a los golpes. Ese Fulgencio Rivas Rivas había muerto tirado en la calle.

LUCIÉRNAGAS

(Finalista III Premio Algazara de Microrrelatos 2010, España)


Respiró aliviado. La angustiosa caminata llegaba a su fin. Era un adolescente cuando descubrió la dulzura de aquella calle, y aunque habían pasado veinte años, pudo constatar que, para su fortuna, Dios no se había manifestado en toda su crueldad.

Se arregló el pelo y empezó a caminar lentamente. A medida que avanzaba, una amplia sonrisa se instaló en su rostro, al tiempo que salidas de la nada, iban apareciendo amorosas luciérnagas que primero tímidas y luego confiadas, se le acercaban y danzaban a su alrededor. ¿Cómo no iba a estar feliz? Poco a poco iban cediendo las telarañas de la seriedad con que se había vestido en la adultez y donde antes había un callejón oscuro como su soledad, ahora se abrían paso titilando y alborotadas, una decena de vaginas encendidas.

UN CLICK

(Mención Honrosa III Concurso Literario Internacional Lomas de Solymar 2009, Uruguay)

Dejé de verlo hace mil años. Dejé de verlo hace mil aguas con sus respectivos mil puentes. Y hoy con un click, lo encontré. En su búsqueda me movió la desidia y la incredulidad, o acaso mi infatigable costumbre de andar provocando a los Dioses. Ahora sé, con certeza, que se deben estar riendo de mí.

Quedé congelada y palpitando, igual que la página donde aparece él. Decido ir por un café, a ver si con eso pasan otros mil años. Tengo tres tazones disponibles, pero elijo lavar el cuarto, que reposa desde ayer en el lavadero. Lo prefiero sobre cualquiera. Será porque tiene grabada la fotografía de un instante memorable. En buenas cuentas, más que un tazón -y dependiendo del día- es un faro o un consuelo.

Vuelvo a mi escritorio y su página titila en la pantalla, pese a la ingenua pretensión de que mi demora hubiera borrado cualquier rastro de él. Me acomodo frente al teclado de mi computador como ante mi verdugo, mientras late insistente en mis sienes un “tú te lo buscaste”. Respiro hondo para calmarme y me digo que no hay de qué preocuparse porque, en rigor, no ha pasado nada. Él está ahí, en la pantalla, a un océano de mí y ni sabe –ni tiene por qué saber- que todavía existo.

Me río. Me siento como una niña que se niega a vestirse y salta juguetona en la cama, liberada del peso de sus ropas. Entonces suena el teléfono, y su insistencia me obliga a un aterrizaje forzoso a la realidad, borrando de un manotazo los saltos, las carcajadas, el vértigo y el pelo desordenado.

Vuelvo al punto cero, paralizada frente a la pantalla. Su fotografía sigue ahí, junto a los fabulosos edificios que puede construir y el intimidante directorio del que forma parte. El conjunto resulta imponente. Pero a la evidencia se le abre una fisura y ahora me parece estar frente a un castillo de naipes.

¿Puede un mínimo movimiento cambiar el curso de una corriente marina? No lo sé. Sólo sé que estoy a un click de mostrarle que yo, aún respiro. Sólo sé que estoy a un click de, posiblemente, desordenar su vida. Y a un click de desordenar la mía, definitivamente.

LA MUDA

(Mención Honrosa Concurso Cuenta La Pega 2010)


La muda, pintaba. Desde que era niña, trozos de madera y cajas de cartón eran presa fácil de sus colores. En el último año del liceo tuvo la fortuna de conocer a una profesora de artes que comprendió el mal que padecía; que comprendió cómo se le ablandaban los huesos si le quitaban un pincel o cómo la euforia podía apoderarse de ella frente a unos envases de pintura y diluyente. Como era de esperar, se hicieron grandes amigas. La profesora volvió a entusiasmarse con la clase que dictaba. Y pese a que cuarenta y cuatro jóvenes solían mirarla con fastidio, le bastaba esa única alumna mirándola como ella miraba cuando tenía diecisiete años; como cuando sentía que una lanza le atravesaba el pecho frente a un trazo furioso y no le salía la voz del asombro, y era toda ella, asombro. Le bastaban a la profesora esos ojos, digo, los de la eterna asombrada, para ser feliz.

Marta, la muda, también era feliz. La profesora hablaba y gracias a sus muchos, y bien vividos años, rápidamente dominó el trasfondo y las variaciones en el lenguaje con que Marta le respondía: las muecas y pestañeos de la joven, no tenían ningún secreto para ella. De hecho, hasta hacían chistes y se reían a puros guiños mientras los compañeros de Marta las miraban como a un par de chifladas. La única vez que Marta se preocupó por la extrañeza que podía provocar en los demás lo que a ellas les pasaba con la pintura, la profesora despejó las oscuras nubes con la leve brisa de un cometario: el sordo siempre cree que los que danzan, están locos- dijo. Y a Marta se le fueron todas las dudas, volviendo a ser su frente un cielo despejado.

Marta quería ser pintora. Reunió a su familia y con las manos en alto (palomas frenéticas, expertas en gramática aérea), comunicó su decisión de convertir en oficio, su manía infantil por colorear. -Pintora y muda. Vaya combinación. ¿No se le ocurría nada mejor?- fue lo único que dijo su padre, para luego dar vuelta la cara como si hubiera tropezado con un borracho. Mucho más tarde buscando trabajo, Marta vio esa mueca tantas veces repetida, que llegó a convencerse que ese gesto había inaugurado para ella la bien temida adultez.

La muda, soy yo. No, no se preocupe ni se incomode, señor. No necesita correr la vista ni ofenderme con su compasión. Yo estoy tan bien como cualquiera. O sea, no mucho. Pero eso no tiene nada que ver con que no me salga la voz. Qué en qué trabajo, pregunta usted. Y mis manos le responden moviendo todos los dedos. ¡Qué risa, cree que soy pianista! Claro, claro, aplaudo. No vale la pena descifrar el abismo hasta llegar a mi fatigosa tarea como digitadora. ¿Y no se aburre? Niego con la cabeza. Sí y mucho. Hay momentos en que la rutina me agobia; momentos en que tiraría todo a la basura. Pero soy afortunada: en mi trabajo si soy muda, no se nota. En cambio mi hermana no puede disimular su belleza y más temprano que tarde, termina despedida por no cumplir el requisito de abrir las piernas. En tales ocasiones, la consuelo con una sopa caliente que es como las mujeres nos curamos las heridas (de parto, de amores, de vida).Y nos ausentamos un rato del mundo, para poder volver a él: yo retomo mis pinceles y ella le quita el bozal a su risa –esa que afuera despierta demonios- y la deja correr por la casa, alborotándolo todo.

MARÍA CON ALAS

(Tercer Lugar V Festival Internacional de Bicicultura 2010, Santiago, Chile)


La bicicleta pendía de un gancho en el muro del pequeño balcón (en realidad, todo era pequeño en el nuevo departamento). El gancho era parecido a esos de las antiguas carnicerías donde colgaban a los animales casi enteros; carnicerías que despedían un fuerte olor que causaba náuseas, que en vez de puerta tenían una cortina de tiritas de plástico, donde en cada esquina del techo había bolsas de un liquido transparente que supuestamente espantaba a las moscas, carnicerías de esas que cuando comprabas un trozo de carne te lo envolvían en un periódico. Así de vieja soy. Calculé que yo debía tener la misma edad de la bicicleta, pobre cadáver al que sólo le faltaban las moscas, pero que me producía los mismos escalofríos de presenciar el vestigio de un animal que alguna vez había corrido. De la bicicleta no sabría decir si la pintura era gris o su color era producto de la pátina de suciedad y grasa acumulada durante el tiempo que llevaba a la intemperie. Tenía mucho óxido y la cadena estaba cortada, uno de cuyos extremos colgaba como una lengua muerta. Sí, más que bicicleta, parecía el cadáver de un ahorcado que nadie tuvo la piedad de enterrar. A través del corredor de propiedades traté de dar con el arrendatario anterior para decirle que había olvidado su bicicleta. Mi marido se rió de mi ingenuidad pues creía que el asunto no había sido olvido sino astucia: el antiguo dueño la consideraba deshecho y la había dejado deliberadamente para ahorrarse el trabajo de llevarla al basural. Pasaron más de dos semanas durante las cuales decoré el living, arreglé los closets y distribuí los artefactos de la casa anterior. Bueno, los que cupieron. El resto los regalé. Para mi sorpresa, me deshice con facilidad de la mitad de las cosas que tan sólo unos años atrás me parecían imprescindibles. No hacía mucho habría matado por mi arrocera eléctrica y ahora me parecía el aparato más inútil de la tierra, lo cual sólo demuestra que uno nunca termina de conocerse. Lo mejor de todo, era lo liviana que me sentía. A este paso voy a terminar como Diógenes, pensé, que sólo cargaba consigo un cacharrito para beber agua del cual también se desprendió al poco tiempo, porque descubrió que el cuenco formado por sus manos cumplía idéntica función. Sin mucho esfuerzo de nuestra parte, el departamento se había convertido en nuestro nuevo hogar. Ajustamos perfectamente él y nosotros como si nos conociéramos de antes. Hasta Roberto, mi marido, reconoció que aunque llevábamos tres semanas, le parecía estar viviendo aquí de toda la vida. Incluso las decenas de fotografías de nuestros hijos y nietos se acomodaron con facilidad. De hecho, llegué a pensar que los muros se estiraban para hacerle un lugar a los marcos que custodiaban algún instante sublime de nuestros amores. En fin, nuestra nueva vivienda lucía impecable, salvo por la bicicleta que seguía donde mismo. Se suponía que alguien se había mostrado interesado en ella, pero ese alguien nunca llegó. Así es que una mañana me armé de valor y con mucho esfuerzo logré sacarla. La apoyé en la pared de la entrada y en el lugar que antes la alojaba, amarré un precioso macetero pintado por mi hija que tenía una frondosa mata de cardenales color rojo y fucsia. Sé que es una flor común, pero a mi me encanta. Mi abuela la cultivaba de todos los colores y tenerlas a ambas cerca, me hace bien. Por ello, estaba feliz con la explosión de colores que ocupó el sombrío lugar de la bicicleta. Me sacudí las manos y me giré para terminar mi labor de ese día: acarrear la bicicleta hasta la portería para que se la llevaran. Lo curioso es que reclinada en el muro dejó de evocarme un cadáver. Ahora más bien parecía un enorme y viejo perro que durmiera. Le pasé un paño por el lomo y se estremeció. Me dio risa. Cada vez estoy más loca, me dije. Y decidí subirme a la bicicleta, apoyando mi mano en la pared para mantener el equilibrio. El dueño anterior debía ser un gigante a juzgar por el alto del sillín. Debe sacarle dos cabezas a Roberto. A propósito, la llegada de Roberto siempre es precedida por un suave tintineo de llaves y el roce de la suela de sus zapatos en el limpiapies de la entrada. Sin embargo esta vez no lo escuché. Repentinamente abrió la puerta y no tuve tiempo de bajarme. Mi marido me miró sorprendido y yo me sentí como si me hubiera descubierto en una infidelidad. Con el mismo cosquilleo en el estómago como si fuera cierto que a mis años tengo un amante, decidí arreglar la bicicleta. La pulí, la engrasé, reemplacé la cadena rota y las llantas. Le compré un nuevo sillín (que ahora son más blandos porque vienen rellenos con gel) y la pinté rojo bermellón. “A alguno de nuestros nietos le servirá” le mentí a mi marido cuando levantó los ojos al cielo como cada vez que tropezaba con alguna de mis ocurrencias (no necesita decirme que me ama en la misma medida que no me comprende). A pesar del cansancio, no cejé en mi afán de resucitar la bicicleta. Es raro, pero dedicada a ella sentí la misma felicidad de cuando despertaba a mis hijos para ir a la escuela. Mientras estreno mi bicicleta con la excusa de ir a ver a nuestro hijo que vive a dos cuadras, recuerdo a Teresita, una amiga a quien una vez, después de mucho tiempo, encontré en el supermercado. Cuando nos poníamos al día de las últimas novedades (algunas de las cuales no era necesario relatar pues saltaban a la vista, como sus pechos de silicona y su rostro tirante de muñeca de plástico), no pude evitar ver que entre las cosas del carro había un paquete de toallas íntimas. “Ahora vienen con alas” me dijo, con la naturalidad de una treinteañera. No habría nada de raro en su comentario, si no fuera que ella tiene el doble de esa edad. Teresa, en su desesperación, es capaz de someter su cuerpo (acaso también su alma) a una feroz mutilación por fingir que el paso del tiempo no tiene lugar el ella. Pero no engaña a nadie, salvo a sí misma. Por eso no pude decirle nada aquella vez. Tampoco podría hacerlo en este momento, pues entonces y ahora, me embarga la misma inmensa tristeza. Según Manuela, mi nieta mayor, soy la abuela más divertida y moderna porque ando en una bicicleta colorada (la que, con la cruda sinceridad de sus diez años, me hizo jurar que le heredaría cuando muriera). “Ojalá todas las abuelas fueran como tú”, me grita desde la ventanilla del auto mientras yo empiezo a pedalear. No sé si tendrá razón Manuela, pero confieso que desearía que mi amiga Teresa se hubiera atrevido alguna vez a montar una bicicleta. Sin duda, habría descubierto el modo de tener alas de verdad.