SARA, MENUDA Y ROTUNDA

(Primer Lugar Concurso de Cuentos Teresa Hamel 2018, Sociedad de escritores de Chile)


SARA, MENUDA Y ROTUNDA
  
Yo tenía 15 años y ella 70. No recuerdo quién me la recomendó. Sé a fuego, eso sí, que por entonces la confusión y el miedo eran en mi vida dos prósperas aldeas. Nunca me sentí capaz de cruzar el inmenso mar de la adolescencia y los hechos lo confirmaban: mis inexpertas brazadas apenas servían para no hundirme. Entre los diversos salvavidas que busqué, tuve la ocurrencia de aprender a tocar piano. En mi familia nadie había demostrado talento para la música, más bien al revés. Tampoco había piano ni la más remota posibilidad de tenerlo. Así es que contaba con todos los elementos que, a una jovencita como yo, podían motivar: luchar por un imposible. Pero alguien puso en jaque mi fantasía, con la peligrosa amenaza de convertirlo en realidad. Ese alguien habló de Sarita y me dio su número de teléfono. Intenté, por supuesto, todas las excusas: el costo de las clases, la imposibilidad de poder practicar en casa y lo complicado de mi horario escolar que dejaba liberados sólo ciertos momentos en horas absurdas. Del otro lado de la línea, Sarita me escuchó tranquilamente y me desarmó con un “Todo es conversable”. Me quedé en silencio y sé –aunque no pudiera verla- que sonreía satisfecha. Simulando agradecimiento, concerté el primer encuentro que para mí tenía el único objetivo de demostrarle que yo no servía para nada. Así es como fui a mi primera clase de piano. En realidad, la tarde señalada tuve la primera de muchas lecciones que Sarita me daría, si bien no sólo de piano.

-          No, no y no. ¡Deje de escuchar con los oídos y escuche con esto!

Me grita enojada y su nudoso dedo, como rama vieja, me golpea el pecho varias veces. Ese reumático índice no se cansa de repetirle a mi sordo corazón ¡Ábrete, Ábrete!
Me quedo muda. Acaricio las teclas del piano suavemente como pidiéndoles ayuda. Me la niegan.

-¿Usted se ha enamorado alguna vez?-.

Su misil, ahora, me deja sorda y ciega. Me llevo las manos a la cara como si con ese pase mágico yo pudiera volverme invisible. No desaparezco, pero a cambio siento su cálida mano en mi espalda.

-Venga para acá. Tomemos un descanso con dos de azúcar y picardía-.

Sarita se va caminando cadenciosamente hacia la cocina y se voltea para ver si la sigo. Levanta la mano ordenándole al mundo que se detenga y a continuación mueve las caderas haciendo un ocho como la mejor bailarina del vientre. Sus brazos se convierten en las alas de una mariposa que revolotea entre las distintas repisas. Repentinamente, se detiene como un cisne a punto de alzar el vuelo. Yo no me atrevo a respirar por no romper la tensión de esta delicada burbuja. Luego, creo ver que se mueve, pero lo hace tan lentamente, que me sorprendo hipnotizada como cuando niña trataba de descubrir el momento exacto en que el minutero cambiaba de posición. Fracaso esta vez también: no sé cómo ni cuándo su pierna se ha doblado buscando la espalda. La cabeza la ha echado hacia atrás para encontrar la punta de su pie que casi alcanza la nuca. Entonces, sus brazos comienzan a hacer pequeñas olas al ritmo de una suave marea, para sujetar con ambas manos, el pececillo de su tobillo. Queda así, apoyada en un solo pie y delineando un círculo con su espalda que deja atrapado dentro, mi absoluto asombro. Se muere de la risa por mi cara desencajada y se gira soberbia dando por terminada la función. Los platos en el lavadero aplauden a rabiar. Yo también.
Mientras espera que hierva el agua, saca dos pequeñas tazas, les pone azúcar y café en polvo, agrega una gotitas de agua fría y empieza a batir enérgicamente. Luego, cuando en el fondo de cada taza se ha formado una suave crema, vierte el agua caliente hasta un poco antes del borde. Finalmente, toma la botella de wisky y lanza un chorrito en cada taza.

Voilà, ma petite!-

Tomamos nuestras tazas y caminamos hacia su dormitorio. Se sienta en la cama con las piernas cruzadas y me invita a que me acomode como ella. Bebe un sorbo de café, echa la cabeza hacia atrás y espera a que el delicioso brebaje termine de acariciar sus entrañas. Luego, respira hondo y me mira como escaneando mi alma; como si evaluara concienzudamente si soy digna de visitar el otro lado del espejo. Un pestañeo me revela que ha salido humo blanco y me anuncia maliciosa:

-Te voy a mostrar algo-.

Retira del velador los cientos de frasquitos de medicinas que lo habitan y con una agilidad que me quisiera, se sube encima. Abre la puerta superior del closet y saca del fondo una gran caja decorada con flores. Vuelve a su lugar en la cama y se sienta con ella entre las piernas. Toma un trago más de café y las yemas de sus dedos acarician el floreado paisaje del tesoro. Ni lejanamente tiene mi apuro. Por el contrario, se toma todo el tiempo necesario como si en la caja habitara una criatura que duerme tranquilamente y a la cual quisiera despertar con susurros. Luego de unos minutos, sus dedos ceremoniosos levantan la tapa. Y yo no creo lo que veo: magníficas piezas de ropa interior con encajes y cintas; unas satinadas y otras bordadas, unas de delicados tonos pastel y otras de coquetos rojos y negros con aplicaciones de transparencias. ¡Incluso encuentro un pretencioso calzón verde pistacho con puntitos color burdeo!

-Sarita, esto no puede ser suyo...- le digo tratando de contener la sorpresa.

Mueve la cabeza de arriba a abajo y empieza a reírse suavemente. Y no pasa mucho rato hasta que son francas sus carcajadas cuando, tímidamente, voy probándome sobre la ropa esos misteriosos objetos.

-Son puertas, mi niña. Aunque no lo creas-.

Mis hombros se suben para decirle que no comprendo y ella, por respuesta, se pone en la cabeza un sostén puntiagudo. De verdad quiero que me explique lo que acaba de decir, pero no puedo aguantar la risa y termino contagiada por sus gorjeos. Nos corren lágrimas de tanto reírnos y entonces me paraliza con un “Elige el que más te guste” (hacía tiempo que no me sentía tan feliz).

Sarita no sólo se compraba esas delicadas prendas, sino que, para mi adolescente incredulidad, las usaba. En esas ocasiones especiales, se tomaba el doble de lo prescrito por su doctor para no sentir el rumor que le astillaba los huesos. Se calzaba unos zapatos que daban vértigo y se miraba al espejo con despiadada atención. De vuelta de inspeccionar su reflejo, si era necesario retocaba el rubor de sus mejillas. Eso sí, invariablemente, maldecía su cuerpo por cruel y mentiroso; por tenerla así, mutilada de alas y con el alma intacta.

Me cuenta los detalles de su primera cita con este reciente novio. De cómo mientras bailaban tango, él, con una mezcla deliciosa de audacia y timidez, le acariciaba la espalda y con la otra mano apresaba la suya, pegándola a su pecho.

-Acerqué mi rostro a su cuello y lo sentí palpitar; sentí cómo esa venita azul golpeaba insistente en la puerta de mi frente como pidiendo refugio. Fue como estar de nuevo en el paraíso, niña. Y por vivir eso, vale la pena todo-.

Cuando la invitó a bailar, Sarita supo que se enamoraría de él. Sería acaso por la forma de tomarle el brazo como si se tratase de un dulce de algodón que no quisiera desarmar (efectivamente, ella se sentía como un dulce de algodón recién hecho; así de frágil y lozana).
-Es mi último destello antes de desaparecer-, reflexionó en voz alta. -Soy como aquellas estrellas de las cuales aún puedes ver su estela luminosa, pero que, en realidad, hace un tiempo, ya no existen-.

Por eso permitió agradecida que la acariciara: porque le recordaba cuando la luz brotaba viva desde su interior; porque le recordaba cuando su fuego, aún ardía.

Mi corazón se acelera al oírla y me doy cuenta de que algo me duele. Es extraña la sensación; es como un dolor dulce y discreto que me va invadiendo poco a poco. Diría que comenzó en la boca del estómago como un peso nuevo, como una pequeña piedra de río que Sara hubiera instalado con sus palabras.

-Entonces fuimos de regreso a nuestra mesa. Sacó la silla para mí y me senté. Y él, en vez de ir a su lugar, se quedó detrás y apoyó sus manos en mi cuello, empujando suavemente mi cabeza hacia atrás. Nos miramos de revés y fue muy gracioso. Y entonces me besó de revés y ya no fue precisamente gracioso, pues su boca creció hasta comer enteros mis labios, mi nariz, mis mejillas, mi frente….

Le hago señas para que detenga su relato. A estas alturas las piedras no me dejan respirar. Ella se ríe de mi sofoco y da la estocada final:

-¿Cómo no voy a andar loca de felicidad- se interrumpe y los ojos se le llenan de lágrimas. Respira hondo y tomándose con fuerza la piel de los brazos, agrega - si cuando estoy lista para devolverle este traje a la vida, ella me regala el amor de un joven treinteañero y apasionado?¿Entiendes acaso, lo que significa tener la remota posibilidad de morir en un orgasmo?

A ese día siguieron otros por el estilo. Y yo, cada vez, llegaba a la conclusión de que no volvería. Pero volví y supe más de él. Su pelo era más largo de lo que admitían las buenas costumbres. Y los rizos en que acababa, parecían desafiarlas aún más. Su melena rebelde contrastaba graciosamente con un cuerpo macizo, más propio de un oso. La combinación de tan disímiles elementos, provocaba en Sarita unas ganas irrefrenables de ordenarlo como si se tratase del pulóver mal abotonado de un niño que se mira intrigado y se pregunta cómo es posible que sobre un botón o, acaso, falte un ojal. Sarita me confiesa que frente a esto, hace lo propio de una abuela: reírse y dejarlo ser, simplemente porque reconoce que si faltara en su vida el pulóver chueco, sus mañanas volverían a ser tristes.

Sarita salía al encuentro del amor con los brazos abiertos. Y con este amor en el ocaso de su vida, no fue diferente: saltó al abismo con la misma decisión que lució en su precoz desfloramiento. La inundaba entonces, y ahora, la certeza de que sólo elegir su propia muerte le regalaría la vida que requería; que sólo de tanto morirse, volvería a arder como su naturaleza incendiaria le pedía.

Ahora comprendo por qué me miró extrañada cuando le dije que debería escribir sus memorias. Ella no lo necesitaba. Los amores que desaparecen inspiran libros, me dijo. Y ella no dejó escapar ningún amor; ella no necesitaba reconstruir con palabras en un diario, el fantasma de una visita. Tampoco recrear, para revivir en infinitas y repetitivas lecturas, una caricia. A ella le bastaba estirar la mano y encontrar el tibio cuerpo a su lado, el que a su contacto -con ese lenguaje que sólo los cuerpos entienden- se giraba y la envolvía como una crisálida, para salir finalmente de ese abrazo, convertida en la mariposa que yo había conocido el primer día.

Un par de años después, le presenté al chico que me robaba la calma. Sarita lo estudió descaradamente. Sin levantarse de la cama y bebiendo lentamente un vasito de licor oscuro como el color de sus uñas, lo perforó con los ojos. No se molestó en abrir la boca, sólo le hizo una seña para que se sentara a su lado y le tomó la mano como si la enamorada fuera ella. No sé cuánto tiempo pasó hasta que sonrió y haciendo un gesto como si apestáramos; como si fuera imposible no arrugar la nariz en nuestra presencia, ordenó que saliéramos. Él se puso de pie, caminó hasta el borde de la cama, le lanzó un beso y me tomó la mano para irnos. Antes de salir, me giré buscando ansiosa el veredicto de sus ojos. Un guiño testificó su aprobación y yo respiré aliviada. Más tarde me diría que tiene todo para hacerme feliz, pero que soy yo, quien tiene que enseñarle cómo.

-       Pero si yo no sé nada, Sarita.
-      Entonces, te diré cómo descubrir lo que crees que no sabes. Eso si, se requiere muchísima valentía que las mujeres no suelen estar dispuestas a tener. Si no me crees, mira a tu alrededor; mírales la cara, hija mía, y verás el triste espectáculo de cientos de mujeres mal amadas y peor cogidas. Las que gozamos, mi niña, las que tenemos una amplia sonrisa en nuestras dos bocas, somos la excepción.

Hoy tengo veinte años y un dolor inmenso que instaló en mi vida, un antes y un después. Hoy, sin ella, soy una eternidad más vieja. Este dolor me tiró lejos. No recuerdo cómo mover el cuerpo. Quisiera desaparecer como ella decía que quería, cada vez que peleaba con sus tobillos que se negaban a mantenerla en puntas de pie.

Pediste que te cremaran y esta decisión no pudieron negártela, por la herencia que estaba en juego. Escucho a lo lejos que alguien pregunta dónde es la ceremonia de la profesora de piano. Y como si me hubieron tirado a una piscina fría, salgo de mi letargo. Mi cuerpo despierta y más todavía la rabia por la insolencia de intentar reducir un titán, a la etiqueta de profesora de piano. Furia es lo que siento Sara, porque no tienen la menor idea de quién eras; de quién era la que danzaba en el piano y en la tierra; de quién era, la que vivió con la misma locura con que amó.

No puedo llorar más de lo que he llorado. La lloro a ella, a su piano, a su caja floreada –ese tesoro que irá sin duda a parar a la basura. Lloro porque sus parientes ganaron la batalla de callarla. Lloro por mí, porque cuando empezaba a comprender, decide irse. Pero me enfurezco conmigo misma por egoísta; por querer retenerla, a pesar de saber cómo sufría viviendo encarcelada en su cuerpo. Con bruscos sollozos me resigno y la dejo ir. Sólo pido que se haya cumplido su deseo de morir amando.

Suena una campanilla y levanto la cabeza. Y lo veo a él.  Nunca lo conocí, pero sé que es él. Aunque ya no están los rizos de que Sarita me hablaba. Y no me extraña: sin Sarita, no hay quien los celebre. Sí Sara, tu partida ha guiado la mano con que mutiló su pelo. Por eso lo reconozco: hay una herida abierta que comienza en la cabeza y lo atraviesa por entero. Su cuerpo es una mole paradójicamente frágil; una criatura bizarra que sólo el dolor profundo puede producir. Lo miran de reojo y luego, desvergonzadamente, aunque no logran incomodarlo porque él hace tiempo que no está aquí. Su cuerpo es apenas un perchero donde cuelgan un abrigo y una tristeza infinita.

Escucho carraspear al cura. No querías misa, pero igual te la hicieron. ¡Qué afán el de tu parentela no perdonarte las herejías! El sacerdote camina lento, como elefante bien adiestrado hacia tu hija, con la intención de entregarle el cofre con tus cenizas. Pero en su largo trayecto por el pasillo, el paquidermo tropieza y el sagrado recipiente sube disparado a las alturas. Estando allá arriba, se abre y mientras baja, se va vaciando sobre las cabezas de tus desconcertados y asqueados familiares. Mi sorpresa no alcanza a instalarse pues es desplazada, casi de inmediato, por la certeza de que se trata de una más de tus travesuras. Entonces me empieza a venir un ataque de risa como los que sólo tú y yo sabemos se pueden tener. Y como si la risa hubiera dado con el interruptor de la luz, comprendo la torpeza de estar añorándote. A ti, ni muerta te domestican.

Tiro la silla. Salgo de la capilla apurando el paso. Llego a casa agitada y subo de dos en dos los escalones. Me voy a mi cuarto a buscar ansiosa en los cajones de mi cómoda. Y ahí está: un calzoncito verde pistacho, con coquetos lunares color burdeo. Suspiro aliviada y decido que ponérmelo, es el mejor homenaje que puedo hacerte. Me río y estoy segura, que tú también.

LOS RUMBEROS ESTAMOS LOCOS

(Mención Honrosa Concurso de Escritos Rumberos Cortos, Maestra Vida, 2018, Chile)

-Los rumberos estamos locos, hermano. Eso me dijo a los gritos un mulato de casi dos metros que después, con una manota del porte de mi cabeza, me dio una palmada amistosa que casi me disloca el hombro (locos, de todas maneras. Hermano mío, ni en sueños, pensé).
¿Por qué llegué ahí? Misterio. Sólo recuerdo que con un grupo de amigos fuimos a la  casa de una compañera de universidad y me puse a tomar cerveza como si me hubieran diagnosticado un tumor intratable y sólo me quedaran unas horas de vida. Supongo que quedé bastante borracho porque luego veo mis zapatos marchando a un ritmo parejo por una calle mojada y silenciosa (sé que iba deslumbrado por la belleza del momento…la tranquilidad de la calle, el leve sonido de mis pasos, la noche plena de estrellas –una rareza en Santiago- y el aire lo bastante frío y húmedo como para subirte el cuello de la chaqueta). Entonces fue cuando vi luz en una esquina. Por la hora, lo recomendable sería que hubiera seguido de largo. Pero quien me conoce, sabe que no sigo de largo frente a nada. Eso ha sido mi gloria y mi perdición.
Entré al local y nunca más salí. De martes a domingo me pasaba por ahí (los lunes no abren…una razón más para odiar los lunes). No me importaba si al otro día tenía exámenes finales o esa noche celebraba su cumpleaños algún conocido. A veces llegaba más tarde, pero nunca dejé de asistir a mi cita en ese ¿refugio? Me volví fanático como evangélico converso.
Empecé a tomar ron. Aunque lo intenté, no aprendí a bailar salsa (me resigné a mirar como se mira un acuario: hipnotizado ante los movimientos perfectamente sincronizados de los seres que lo pueblan). Eso sí, en la Maestra Vida – ¡Qué buen nombre! Díganme si no- escuece un poco más la herida de cargar con un cuerpo torpe: la gente, además de todo, además de moverse a su antojo y con gracia, además de sudar y cansarse, se ríe. Se ríen de todo y de nada como si estuvieran drogados. ¿Puede haber algo más doloroso que ver cómo otros parecen de fiesta, cuando no hay ninguna puta fiesta? ¿Baile y risas cuando no hay nada, absolutamente nada que celebrar y más bien sobran razones para lo contrario? ¿Y qué me dicen si eso mismo lo presencian un domingo? ¡Un domingo! Cuando ese día, el más cabrón de todos, se siente como el bototo de Dios en la nuca.
Las mujeres van y vienen, de todos los portes y edades. Los amores florecen y se marchitan, nacen niños. Algunos de los que asisten se vuelven parte del mobiliario y otros desaparecen, se enferman o mueren. Hay discusiones, berrinches, gritos, silbidos, cantos a todo pulmón y carcajadas como en una feria. Te tocan, te abrazan  y te besan sin razón. Y, sin saber cómo, empiezas a tocar, abrazar y besar sin razón. Será porque se siente bien. Será porque como decía Paul Valéry, lo más profundo que hay en el hombre, es la piel. Aquí pasa de todo y todo pasa, como un buen resumen de la vida. Aquí los problemas se cuelgan con las chaquetas en el guardarropía y, al salir, todos volvemos a ponérnoslos –problemas y chaquetas- para seguir siendo los que éramos, salvo por una sonrisa apenas esbozada y que es capaz de descongelar la madrugada. Sé que suena raro, pero es que los rumberos estamos locos, hermano.

VAIVÉN

(Tercer lugar Concurso Cuento Kilómetros III, Corporación Cultural Creamundos, 2017)



De un día para otro, la tierra empezó a secarse. Los riachuelos se adelgazaron y muchos, simplemente desaparecieron. La lluvia se volvió caprichosa y dejó de visitar los campos como una novia ofendida. Entonces Romualda le dijo a Ninon que había que respetarle a la Tierra su rabia y su silencio. Y que aunque ellas no las conocieran, sus buenas razones tendría la Señora. Por eso era claro como su mano –de lo cual no dudó Ninon porque podía ver cómo en las arrugadas palmas de Romualda, todos los días se hacía la mañana - que deberían ser ellas las que tendrían que moverse. Opinión esta última, con la cual Ninon discrepó rotundamente y amenazó con atarse a la higuera si alguien intentaba sacarla de Tres Esquinas.

Fue así como Ninon pasó una semana amarrada a la higuera. Y, como era de esperar, Romualda no hizo nada por impedirlo. Se limitó a llevarle cada tarde un tazón de caldo de gallina y, sin que Ninon se diera cuenta, abrigarla durante la noche. Romualda la cuidó como a una parturienta. La dejó llorar por la muchacha que hasta entonces había sido; la dejó con su miedo a lo desconocido porque el abrazo de la higuera era el mejor maestro en esos temas; la dejó patear su rabia e impotencia por lo que no podía retener y por ese destino que la llamaba a gritos y al cual ella no quería amamantar.

Ninon, desgreñada y sucia, se mantenía acurrucada a los pies del enorme árbol. Todo el día se estaba así, como un animal herido. El lazo que la unía a la higuera había lacerado su cintura, pero ella cada vez que podía, lo volvía a apretar. Y es que necesitaba sentirlo. En medio de su angustia, ese lazo le daba la tranquilidad de que no se hundiría en el pozo por el que sentía que caía contra su voluntad. Y aunque nunca lo dijo, hubo una noche especialmente oscura en que deseó con toda su alma poder detener los acontecimientos que la arrastraban y bajarse, así sin más, de su vida.

Romualda cada tanto la miraba y respetuosa, velaba a la distancia que ese parto, como los miles que había visto, siguiera el ritmo que le era propio desde que el mundo es mundo. Romualda sabía que tan importante como hablar, era saber cuándo callarse. Como ahora, en que lo único que necesitaba Ninon era el calor de su sopa para ganar la batalla que libraba por salir del capullo.

El caldo de Romualda tampoco falló esta vez. Y a la vuelta de esa dura semana, ambas habían conseguido trabajo en una ciudad cercana a Tres Esquinas, que estaba a casi una hora en autobús. Como si siempre lo hubieran hecho, adquirieron con naturalidad la rutina de levantarse a las cinco de la mañana, dejar todo ordenado y, para cuando empezara a clarear, tomar la destartalada micro que las llevaba puntual a sus lugares de trabajo.

Romualda trabajaba haciendo el aseo en las modernas oficinas de una exportadora de frutas. Ahí se movía silenciosamente, sin que nadie la molestara. Nadie le hablaba, lo cual fue un alivio para ella pues esa gente no le gustaba. Añoraba el olor de la tierra y sus gallinas. Así es que mientras pasaba la aspiradora por los pasillos, por dentro visitaba su paraíso sin interrupciones.

Ninon, por su parte, luego de rechazar dos ofertas de trabajo (en una tienda de ropa y como auxiliar de un dentista con fama de pervertido) se empleó, sin pensarlo dos veces, como dependienta en la tostaduría de un viejo árabe. Con él aprendió del burgol, del falafel, del budka, del kubbe y de miles de preparaciones más, tan raras y sabrosas como sus nombres.

Don Ali pasaba las tardes en el almacén y cuando no había gente que atender, se deleitaba hojeando una gran guía de avisos económicos. De hecho era posible distinguir en cada hoja, la huella de sus manos: sea que se había doblado una punta aquí o estaba medio arrugada allá. O bien, porque algún aviso aparecía medio desteñido de tanto pasarle su dedo –movía su índice suavemente sobre él, dibujando pequeños círculos- como si necesitara además de leerlo, acariciarlo.

“¿Y mi libro?”, preguntaba, cada vez que alguien había sacado del costado de la caja registradora el enorme tomo. Ese alguien siempre resultaba ser su esposa que –ingenua- se afanaba en que dejara “la estúpida costumbre” de leer y releer el ladrillo amarillo. Infinitos intentos la llevaron a regalarle las mejores novelas del momento con la esperanza de que por fin lograra acertar en su gusto y “aprovechara su tiempo”. Pero siempre encontró la misma resistencia en don Alí. Los libros que le traía su mujer caían siempre en dos categorías: le parecían escritos para intelectuales o sólo contenían fealdad, cosa que abundaba en el mundo. Así es que, ni a los unos ni a los otros les reconocía ningún mérito.

Cuando la torre de libros sin leer se volvió más alta que él mismo, Ninon se atrevió a preguntarle a don Alí, qué tenía de especial el que atesoraba entre las manos. El anciano abrió sus ojos como no dando crédito a que alguien le hiciera la pregunta que siempre había esperado. Y con la ansiedad de quien sabe que tiene una sola oportunidad para compartir un secreto y que debe luchar contra el nerviosismo del que ha practicado infinitas veces la respuesta, construyéndola pacientemente hasta dar con la más adecuada, sintió que su momento había llegado. Entonces, con un tono ceremonioso más propio de un obispo, respondió:

-          Este sí vale la pena, m`hijita. Está escrito por gente que no piensa que escribir sea cuestión de dioses. Y por eso, hacen literatura. Es un gran libro con mil autores que te vienen a decir que están aquí; a contarte que en este rato que están en el mundo, saben hacer zapatos, tortas de matrimonio o reparar la cañería. El de más allá, dice que es ingeniero –seguro que está muy orgulloso- y ella, que es peluquera y sabe hacer los mejores visos, los que te apuesto, aprendió a hacer practicando con su hermana. ¿Se fija, mi niña? Ellos simplemente agitan banderitas para que uno los vea.

Cuando a don Alí se le fueron los ojos, siguió leyendo con los dedos. Para entonces, su mujer dejó de molestarlo y Ninon empezó a admirarlo cada vez más: de cada aviso que Ninon le leía, don Alí era capaz de reconstruir a la persona que estaba detrás. Entonces la ceremonia de abrirlo, se convirtió en un paseo cotidiano que, de la mano de don Alí, llevaba a Ninon a visitar el mundo sin moverse del mesón.

Tenía razón Romualda, pensaba Ninon, todo pasa por algo. Aunque ese algo requiriera de una mirada serena y tardía para hallarle un sentido. Pese que a ella le había dolido tanto como a su tía tener que trabajar lejos de la sombra de los robles y los peillines, las cosas empezaban a mejorar para ellas. Y había vuelto a sonreír. Amparada en la tienda de especias de don Alí, se le volvió a iluminar el rostro y con el tiempo, su pelo adquirió la particular fragancia de la harina recién tostada. Misma que provocaba a su regreso, estragos entre los pasajeros del bus y, sobretodo, en el chofer, quien llegó a enamorarse de Ninon de tal manera, que inventaba mil excusas para esperarla cuando se atrasaba, aunque la gente le pateara los asientos o lo insultara por la demora.

Por aquella época, subir a la micro se había convertido en un regalo para Ninon. Las atenciones que le prodigaba el chofer y que Romualda consideraba un descaro, a Ninon le enternecían. Además, y más importante aún, el recorrido en bus le provocaba a Ninon un estado parecido a la meditación. Era como si al subirse, su vida quedara suspendida. El asiento en que viajaba se convertía en el de un cine donde cada día podía presenciar, en primera fila y sin interrupciones, un capítulo más en la vida de los pasajeros. Al contrario de Romualda, Ninon esperaba la micro como se espera la realización de una promesa. ¿Cuánto cabe en una espera? ¿Cuántas esperas hay en una espera? ¿Cuánto se viaja antes de empezar a viajar? Ninon en silencio saltaba de una pregunta a otra mientras Romualda contaba incansablemente las monedas.

Todos los días hacían el mismo trayecto. Pero para Ninon no era exactamente el mismo. La ruta era idéntica, claro. Es cierto también que las casas no cambiaban de lugar y que conocía a todas las personas que regularmente se subían. Sin embargo, el paisaje variaba. Cada día los pasajeros traían consigo un día más sobre los hombros, un día más en el alma. Y a Ninon la subyugaba adivinar esas andanzas.

A aquella mujer, por ejemplo, esta semana le fue bien. Ninon descubre que se le ha posado un destello de malicia en las pupilas y que con dificultad controla una sonrisa que insiste en instalarse en sus labios. Cambió el color de su pelo. Ahora lo tiene más rojizo. Ha sido un acierto, confirma Ninon: su rostro se realza en el magnífico marco que ha elegido, sus ojos bailan descarados y la boca parece que se le quisiera escapar.

Dos asientos más atrás, en diagonal, va un hombre joven de ojos viejos aferrado a su maletín como un náufrago a un madero. A la bajada se peinará con mano decidida. Arreglarse el mechón que le cae sobre la frente se ha vuelto una cábala, un mágico rito que le certifica que este día sí le va a ir bien vendiendo seguros.

Ninon descubre a la que ahora es colorina, regalarle el asomo de una sonrisa al hombre del maletín gastado. Y él le responde, con una mirada firme y felina, como si dijera tú serás mía. En un arranque de timidez y culpa, la del pelo arrebatado se acomoda la falda buscando una excusa para desviar la mirada. De seguro que su novio se hubiera enojado si la hubiera visto en su flirteo. Aunque quizás no (suspira con alivio o más bien decepción), porque en realidad su novio ni teniéndola delante, la mira. ¿Cuándo dejó de mirarla? Su novio ni siquiera ha notado que desde hace un tiempo anda más encendida. Sí, su pelo no es ninguna casualidad. Ella está ardiendo por dentro y por fuera.

Romualda le da unas palmadas en el muslo a la ensimismada Ninon avisándole del próximo paradero donde deben descender. Es raro, pero a Ninon le da cierta nostalgia que el viaje se termine, como si en vez de llegar a las cercanías del lugar donde trabaja, dejara a sus amigos para irse a otro país. De hecho, si no fuera ridículo, Ninon sacaría un pañuelo para hacerles señas y despedirse. A cambio, se consuela con decirles bajito y disimuladamente, hasta mañana.

EL PRESTIDIGITADOR

(Primer Lugar IX Concurso Gonzalo Rojas Pizarro, 2012, Chile)


El prestidigitador necesita dos pares de manos porque no puede con el mundo con un solo par. Sus manos, las que nacieron con él, no tocan las cosas ni se dejan tocar. Ni por el sol. En su habitación se da permiso para sacarse los guantes -esas manos que no son sus manos- y los deja tirados sobre la cama. En las manos que no puede sacarse, los nudillos apenas se distinguen, ausentes y eternamente niños, como si durmieran el sueño uterino, acunados por la envoltura de una carne mullida. Las yemas de los dedos parecen globitos muy inflados que, al no haber conocido el roce del mundo, han crecido a su antojo. Me inquietan esos dedos expertos en huir de la aspereza y que se han perdido la fiesta de la lengua de un gato. Si pudiera, entraría en silencio a su habitación y, mientras duerme, buscaría la mano que cuelga al borde de la cama y se la untaría en mermelada. Luego, dejaría un gatito para que se deleitara con el dulce alimento en el original pocillo. Sé que al instante despertaría aterrado él y feliz su mano. Pero como a mí solo me importa ella y su gemela, me deja indiferente el escándalo que pudiera hacer el dueño. Mas temprano que tarde lo haré, porque yo me debo a sus manos.

Manos de piel translúcida como papel de arroz. Da la impresión que no corriera la sangre por ellas, como si el temor fuera un torniquete en cada muñeca destinado a estrangular el paso lujurioso de la sangre. Aquellos centinelas únicamente permiten la existencia de un brevísimo riachuelo, apenas el mínimo necesario para que a su dueño no se le mueran las agónicas ventosas que lo unen al mundo. Esas fuertes amarras sólo puede deshacerlas una lengua dedicada y laboriosa. Como la mía.

Manos de prestidigitador que hacen aparecer y desaparecer cosas. Manos con vocación de luciérnagas que viajan con agilidad y precisión por el aire. Manos que hipnotizan. Sus manos son las manos del mejor ilusionista. Pero a mí no me engaña.

Conozco de memoria su acto de tanto que lo he visto. Diecisiete veces en total, contando el de hoy. La tercera vez que fui a ese magnífico teatro, cometí la torpeza de sentarme en la misma butaca de las dos veces anteriores y me descubrió. Me miró fijo y tan fuerte, que me dejó ensartada en la silla sin poder moverme durante las dos horas que dura el espectáculo. Cada cierto tiempo volvía a mirarme para presionar a distancia el alfiler que me había atravesado, como si quisiera asegurarse de que no me pudiera zafar. Y el ilusionista lo habría conseguido si no hubiera cedido por un segundo a los aplausos, esos que con el tiempo descubriría eran su punto débil; la fracción de segundo en que bajaba la guardia y se entregaba a la ovación final como un drogadicto. Aquella vez aproveché ese instante para escaparme, el único y brevísimo momento en que las cosas y las personas dejaban de ser los títeres de su capricho.

Luego de ese tremendo susto, lejos de inhibirme, volví. Sabía que mi presencia lo había molestado, como si presintiera que yo estaba ahí para develar sus trucos. Y eso era cierto y falso a la vez. Como era cierto que él hacía magia y no. Yo andaba detrás de otro sortilegio que él dominaba, quizás más cercano a la brujería. Ese que había transmutado sus manos, doblegándoles la vocación por acariciar. Si algo sé de magia es que, para que resulte, requiere de la participación de la víctima. O sea, no bastaba con que él quisiera mutilarles el sentido a sus manos, para que éste se deshiciera. Era necesario que hubiera comprendido -y utilizado a su favor- la historia de aquellas; lo que anhelaban, lo que temían, lo que soñaban, lo que les dolía y, sobretodo, en lo que creían. Con esa poderosa información, debió dedicarse sistemáticamente a confundirlas y torturarlas hasta que ellas, vencidas hasta el último tendón, le hubieran dicho en un susurro agónico, tienes razón. Quebrada la voluntad, el resto viene por añadidura. Así estaban sus no-manos, dos apéndices que le colgaban de los brazos, movidas como zombies por su dueño, quien parecía deleitarse con la crueldad. Confirmaba mi sospecha, la arrogante sonrisa que lucía en todas partes, esa mueca de dientes a la vista que suelen llevar como corbata quienes tienen todo bajo control.

Frente a eso, y como en tantas otras ocasiones, decidí apostar por el caballo más flaco. ¿Por qué? No sé. Será una tara mía que traigo desde niña y que me hacía elegir, frente a la incredulidad de mis padres, a la muñeca coja o tuerta de entre las que ponían a mi alcance. Yo sabía que ésa tendría una razón para vivir y yo la ayudaría. Las otras, las muñecas bellas, vivían en un limbo entre el ensueño y la inconsciencia, donde yo para ellas, no existía ni resultaba necesaria. Pero con la fea, nos entenderíamos. Sabía que juntas, llegaríamos lejos. Y así fue.

Por eso le aposté a esos muñones; a esos pedazos de carne blanquecina horrorosamente obedientes que en cada movimiento perfectamente ejecutado, me gritaban su padecimiento. En realidad, no le aposté a esas manos o a lo que quedaba de ellas. Más bien me jugué todo, al afán de sobrevivir que suponía escondido en algún discreto pliegue de aquellas; creía -y quería creer- que la fe aún viviera en un trozo de esa piel. Imaginaba que en medio de indecibles dolores, a alguna de esas manos prisioneras se le hubiera ocurrido pensar que algún día el sufrimiento terminaría y que ello dependía de que lograran estirar el tiempo hasta que llegara ese momento. Si esa improbable ocurrencia hubiera tenido lugar, habría anidado en ellas una esperanza lo suficientemente poderosa como para hacerles llevadero el dolor de la mentira confesada a su torturador. En eso creía. En eso, necesitaba creer.

Así fue como, armada con mi precaria certeza y mi característico entusiasmo por defender las causas perdidas, me propuse desbaratarlo. Él me importaba un bledo. Yo me había enamorado de sus manos y estaba decidida a liberarlas. Mi enemigo no era un enemigo pequeño –nunca lo son-, así es que debía actuar con cautela. Él es muy rápido y yo muy lenta. Él posee una inteligencia aguda de la que carezco. Pero sabía que los toros se matan de a uno y de a uno los abordaría. Lo primero que hice fue, para las siguientes veces que asistí a ver su número, preocuparme de conseguir butacas en distintos lugares. De ese modo escaparía a las águilas de sus ojos y podría apreciar su espectáculo desde distintos ángulos.

Hoy me ha tocado el lugar D 37, a un costado del escenario. Me acurruco en mi sillón, abrazando mis rodillas. Mi vecino, un señor enorme y enormemente serio, frunce el ceño reprobando que mis zapatos se apoyen en el borde de la butaca. “Lo que es usted, aunque quisiera, no podría hacerlo” le respondo con el latigazo de una de mis cejas dando por terminada la desagradable intromisión en el refugio de chinchilla que pacientemente me he construido. De vuelta en mi madriguera, me río a mis anchas de lo que, de enterarse, a nadie causaría gracia.

Esta vez el prestidigitador parece inquieto. Ha perdido el aplomo en los pasos. Tampoco cuenta con la sonrisa sarcástica, ésa a la que se subía como a zancos, para desde aquella altura burlarse de los demás. Cruza el escenario a todo lo largo, mirando de un lado a otro como si buscara el sitio exacto por donde se cuela una desagradable corriente de aire frío. Parece una serpiente sacada de su hábitat, retorciéndose furiosa.  Los focos lo alumbran sólo a él y, sin embargo, se empeña en tantear la oscuridad; en identificar en medio de ese bosque de cabezas la causa de su incomodidad.

Me tapo la boca con la bufanda para esconder la risa que se me sale a borbotones. El señor enorme sólo puede ver mis ojos, que lagrimean de tanta risa y de tan emocionados que están al descubrir que las manos del mago están enrojecidas como si las llevara encendidas. Las rebeldes manos palpitan y sudan felices, celebrando su liberación, mientras su dueño sigue moviéndose por el escenario de un modo errático. Por si fuera poco, el prestidigitador luce unas ojeras descomunales; dos bolsas fofas que le cuelgan de los ojos y que guardan el enorme cansancio de una noche en vela. Y claro, es más que comprensible: ¿Quién podría haber pegado los ojos luego de despertar de un salto en mitad de la noche, con una mujer arrodillada al borde de su cama lamiéndole las manos? 

EL HOMBRE QUE VOLABA

(3º Lugar V Concurso Cuentos “Cuéntate Algo” Biblioteca Viva 2011)


Mauro andaba por la ciudad a toda velocidad en su bicicleta gris, vestido –era que no- todo de gris. Antes su madre y ahora su novia, no se cansaban de criticarle por el desdichado color de sus atuendos. A él lo traía sin cuidado la intolerancia a la tristeza de aquellas mujeres (de una de las cuales estaba pensando deshacerse seriamente. De la otra, aunque quisiera, no había cómo). Mauro cursaba el último año de su carrera, la que habría abandonado desde el primer día. Pero estaba la pensión de su padre en juego, las amenazas de la madre, los sermones del cura del colegio, el ejemplo de su hermano mayor, en fin, un tropel de gente que debía mantener a raya. Comparado con ellos, cualquier cosa era más fácil de soportar. Afortunadamente, quedaba menos de la tortura de memorizar contenidos para regurgitarlos frente al pelícano de turno. Apenas un semestre de seminario de título y la esperada práctica como diseñador que le permitiría llevarle a su madre el famoso “cartón”; aquel título profesional que con el correr de los años se había convertido en el salvoconducto de su libertad. 


Era martes y Mauro estaba particularmente feliz. Le aceptaron sin problemas el proyecto de título y su profesor guía lo había recibido con café y un abrazo. Por si fuera poco, asistió a una reunión en una prestigiosa empresa para coordinar la implementación de un proyecto donde él podría hacer la práctica. La reunión había sido distendida y obtuvo la confirmación para participar en la ejecución de varias tareas. Cuando salió del edificio, se cruzó con Rainer, el cubano de dos metros que fue novio de su hermana, quien apenas lo miró. A Mauro le dio risa acordarse del primer y único intercambio con ese personaje por el que su hermana se derretía y que él, tratando de ser amistoso y quebrar el hielo instalado en el rostro de sus padres cuando fue presentado a la familia, lo había recibido con un “¡Ah, ¿Te llamas así por el gran Rainer María Rilke?” El mentado había mirado a Mauro como quien observa un pescado con orejas, luego de lo cual –y antes de darse la vuelta ofendido- sólo abrió la boca para decir “Yo no me llamo María”.

Todavía riéndose, Mauro fue hasta donde había amarrado su bicicleta y se sentó a fumar un cigarrillo. No fumaba mucho, pero había momentos como éstos en que le venía de maravilla. Sabía que el cigarrillo no ayudaba a pensar, pero a él sí. Miró la hora y se percató de que aún era temprano, por lo que alcanzaba a ir al terminal de buses a dejar la encomienda para su abuela (como todo un Caperucito, se rió). El paquete -que había armado con paciencia de monje tibetano- contenía un frasco de Nutella, esa crema de chocolate que su querida viejita disfrutaba como niña, pero que no encontraba en el escuálido almacén del pueblo donde vivía. Tres Esquinas, en rigor, no era un pueblo sino apenas y literalmente, tres esquinas. Dos caminos de tierra que se cruzan deberían formar cuatro esquinas pero, no me pregunten por qué, aquí había tres y Mauro en su adolescencia, había pasado tardes enteras intrigado por aquel misterio. Su incomprensible conducta de estarse parado mirando al infinito por horas, había desconcertado a cuanto campesino se le cruzaba (después de todo, ellos estaban habituados a convivir con lo absurdo). En el paquete que Mauro preparó, también había cuatro pares de calcetines de pura lana que sabia la harían feliz y que ella, aunque pudiera pagarlos, se negaba a comprar por considerarlos un lujo. Y lo mejor de todo, el mejor abrigo y alimento: un original libro comprado de segunda mano en el barrio de San Diego con el cual Mauro había sentido escalofríos, se había enternecido hasta la médula y se había reído a morir, curiosa combinación que sabía sería el deleite de su abuela. “La felicidad de los ogros”, esa rara novela que tenía todo lo que una buena historia necesita para ser irresistible: ternura, humor y espanto.

Mauro entregó la encomienda y satisfecha su alma, decidió que podría permitirse disfrutar de un almuerzo de verdad en alguno de los boliches del sector. Normalmente comía emparedados comprados en cualquier parte (prefería los de una peruana que se instalaba a un costado de su universidad), pero hoy tenía tiempo, y sobretodo ganas, de darse un gusto. Pidió una cazuela, que llegó hirviendo en paila de greda y rociada de cilantro fresco picado. El garzón le acercó un pocillo con pebre acompañado de tres pancitos amasados. Untó un trozo de pan en el pebre mientras los vapores de la cazuela y la fragancia del cilantro le bañaban el rostro. Qué poco se necesita para ser feliz, pensó. Acababa de terminar de comer cuando vio a lo lejos la silueta de Martina, una amiga de toda la vida de la cual estaba enamorado de toda la vida. Sonrió. Ojala se pudiera detener el tiempo, dijo en un murmullo para sí mismo y se levantó para hacerle señas.

El amor de su vida abrió los ojos inmensos así y apuró (estaba seguro) los pasos hacia él. Le sonrió (de eso no cabía duda y cualquier transeúnte podía corroborarlo) con ojos, boca y mejillas, incendiándosele la cara como si hasta antes de que él la llamara hubiera sido un globo desinflado que al oír su nombre (dicho por él quería creer, aunque no había forma de asegurarlo) se hubiera hinchado de alegría y se hubiera vuelto toda ella, pura alegría. Mauro quedó pasmado. No supo qué decir y, para cuando se le ocurrió, le preguntó cuatro veces cómo estaba. Le sudaron las manos, se le disparó el corazón. Al inclinarse para saludarla (Martina apenas le llegaba al pecho), volcó un vaso y las servilletas. Se sintió torpe, inadecuado, feo e indigno de ella. O sea -habría sentenciado su abuela de saberlo-, todo lo que siente cualquier cristiano verdaderamente enamorado. Martina, que cinco minutos antes escudriñaba el asfalto con el ceño fruncido como si buscara una joya perdida –cosa que de algún modo era cierta- ahora se reía hipando. Quince minutos transcurrieron así, brevísimos para ellos y eternos para el malhumorado garzón que barría los pedazos de vidrios entre los pies de la pareja que se reía estruendosamente vaya uno a saber de qué.

Es lo más lindo que he visto, pensó Mauro, cepillando con la mirada el pelo de Martina. Lo llevaba suelto –así lo había preferido siempre Mauro-, desordenado y tan largo, que en su delirante revoloteo, alcanzaba a hacerle cosquillas a él. Ella trataba de atrapar los mechones que bailaban excitados, pero sus manos eran tan pequeñas que resultaba inútil el intento. Sin pensarlo, Mauro alzó una de sus manos, enorme, casi del tamaño de la cabeza de ella y las serpientes rebeldes de la delicada medusa se doblegaron obedientes, dejándose atrapar. Martina aprovechó el gesto y en un rápido movimiento las sujetó con un elástico. Mauro se puso triste. Si fuera por él, habría impedido tan cruel atadura. Por un segundo se permitió soñar que llegaba el día en que liberaba ese cabello de todas sus amarras y gobernaba para siempre en esa magnífica cabellera.

Martina se quejó de su pelo. Me encantaría tenerlo como las mujeres orientales, dijo, liso y pesado como una cortina. Tu pelo es lo más lindo que he visto, se le escapó a Mauro. Y quedaron los dos como detenidos, como si no hubiera sido Mauro quien hablara, sino un tercero que les gritaba ¡Momia!, igual que cuando jugaban en el colegio y a más de la mitad de los compañeros les faltaba un diente. ¿Tenía algodón en los oídos? Claro que no. Pero entonces ¿Por qué Mauro no escuchaba nada? ¿Por qué el mundo, de un momento a otro, había decidido quedarse en silencio? Soñaba, claro que soñaba. Esto no es cierto, pensó Mauro. Esto no puede estar ocurriendo. La vida está allá, puedo verla fluyendo en el riel de al lado, de donde me corrí al tropezar con Martina. No cabe duda, ella me saca de mí. Siempre lo ha hecho.

Me tengo que ir, mintió Martina sin saber por qué. Habló su boca, no ella, traicionándola como tantas veces. Las palabras de Martina rompieron el hechizo de las momias. Si siguieran en el colegio, habrían sido salvados por ese comentario, pero ahora a los dos les dolió salvarse. Hubieran querido perder, seguir perdiendo, con tal de estar así, tan cerca, que compartían el aliento, y los ojos no se cansaban de beberse, los unos en los otros. Pero despertaron -¿o volvían a dormirse?- y se despidieron sin cruzar palabras, rozándose apenas las mejillas. 

Mauro salió descompuesto del callejón donde habían quedado el restaurante y los vestigios de alegría que la aparición de Martina había coronado y al mismo tiempo, hecho desaparecer. Montó su bicicleta y comenzó a pedalear con furia como si huyera; como si fuera posible huir de los fantasmas; como si bastara encender una  lamparita en mitad de la noche para hacer desaparecer los pesados pasos que escuchaba prístinos subiendo por la escalera de su alma. Siguió pedaleando con energía. Luego se enderezó y quitó las manos del volante. Le encantaba esa sensación. Sus piernas obedientes y aplicadas, ejecutando una danza sincronizada y su cuerpo erguido oteando el horizonte. Sí, parecía un centauro. En su loca carrera trataba de aferrarse al mítico animal. Persiguiendo su imagen, pretendía apoderarse de su fuerza; de la fuerza que él tanto necesitaba en esta hora para deshacerse de los espectros y del sudor frío en la espalda que le pesaba como una mochila donde los cargara. Casi no había vehículos en la calle y la noche se dejó caer con caprichoso apuro. Mauro decidió tomar la ruta más larga hasta su casa. Cruzó por delante de la antigua cárcel y cuando casi estaba frente al bar La Piojera, lo vio.

Mauro no sabe por qué aquel viejo le inspiró ternura. Era un hombre pequeño, medio encorvado. Iba hablando solo y se reía cada cierto tiempo. Cada paso que daba lo hacía con cautela, como si buscara las piedras sobresalientes para cruzar el riachuelo que había en el campo de su padre allá en Tres Esquinas. Elevaba un pie y lo dejaba detenido en el aire, tratando de encontrar el mejor apoyo, pero tanta meditación lo desestabilizaba y terminaba cayendo bruscamente. El borracho miraba desconcertado, como un niño que aprende a caminar y no entiende por qué se viene abajo. Con gran esfuerzo logró sentarse. Se palpó los pantalones húmedos de su propia orina. Su mamá lo iba a regañar por andar de nuevo jugando en el río. Para ahorrarse el castigo que le seguiría, Fulgencio decidió quitarse los pantalones para ponerlos a secar a la orilla, encimita de esa roca de forma tan rara, parecida a un grifo.

Mauro se rió del hombre que tambaleando, trataba de bajarse los pantalones. Disminuyó el ritmo de sus pedaleos para mirarlo mejor. Después de todo, resultaba una buena distracción. Repentinamente, como si lo hubieran llamado por su nombre, Fulgencio se enderezó y se quedó contemplando a Mauro que del otro lado de la calle y de brazos cruzados, se desplazaba como flotando. La nube que habitaba en las pupilas del anciano no le permitió ver la bicicleta sobre la que iba Mauro. Sólo veía a un hombre que era todo lo que él había deseado en la vida: un hombre que volaba. El borracho empezó a aplaudir y a reírse apuntando a Mauro. ¡Está volando, está volando! Gritaba como si quisiera que el mundo despertara y viera lo que sus cenicientos ojos celebraban: un hombre cruzando la avenida moviendo las piernas en el aire. ¡Yo también sé volar! ¡Yo también sé volar! decía, mientras daba tumbos y aleteaba torpemente. A Mauro el terror le erizó la piel. Aguantó la respiración, sobrecogido frente a ese anciano con los pantalones abajo que dejaba las consumidas piernas a la vista; piernas macilentas, violáceas, de huesos chuecos que revelaban ser los precarios sobrevivientes de una cruel enfermedad (Mauro no se equivocaba: Fulgencio había padecido la temprana dentellada de la poliomielitis; hiena cruel que Fulgencio, aun a sus avanzados años, todavía escuchaba reírse cada cierto tiempo). Sin pretenderlo, ese viejo que agitaba sus brazos de arriba a abajo, cayéndose y volviéndose a parar, fracturaba a Mauro en lo más profundo de su ser. El doloroso destello le pareció una mano que con violencia volvía de revés la realidad y dejaba en carne viva las heridas de ese tejido; las huellas donde los puntos perdidos habían sido enmascarados con una costura. Ese anciano era una costura. Ese anciano borracho intentando volar era la encarnación de un grosero zurcido; la burda sutura de una vida que no había sido. A Fulgencio se le desgarraba la garganta a cada grito y no cejaba en el absurdo afán de remontar vuelo. Para cuando logró pararse de la enésima caída, se iluminó. “No se me puede ir, no se me puede ir” empezó a decir una y otra vez para animar su cuerpo que comenzaba a flaquear y emprender una carrera para abrazar a Mauro que no creyó lo que veía: un borracho descontrolado que de brazos abiertos, se abalanzaba sobre él.

El choque sonó como el de un huevo contra el piso. Mauro, salvo una leve magulladura, salió ileso. El anciano, cascarita frágil, sangraba profusamente. Temblando de pies a cabeza, Mauro se acercó. Imbécil, imbécil, le gritaba al borracho agarrándolo de la solapa. El anciano abrió los ojos con las sacudidas y sonrió. Yo lo vi volar, murmuraba incansable la lengua torpe que trataba de abrirse camino entre borbotones de sangre. Mauro, intentó levantarlo, mientras Fulgencio luchaba con ese río que amenazaba con llevárselo. Pero fue inútil. Más que hombre, Fulgencio parecía una gaviota herida que hubiera perdido su mar y agonizara empantanada. “Después de la Carmencita, usté es lo más lindo que he visto”, fue lo último que alcanzó a entender Mauro antes que la voz se ahogara, arrastrada por la corriente.

Dos días más tarde, la abuela de Mauro recibió el aviso de que le había llegado una encomienda. Se arregló como si fuera su cumpleaños y canturreando salió de su casa. Caminó un buen trecho a paso vigoroso, ansiosa de alcanzar cuanto antes la vía principal donde pasaba la micro que la llevaría hasta Chillán. Al llegar a la ciudad aun no se apagaban sus jadeos, pero no le importó. Pasó al terminal de buses y retiró el paquete que le había enviado su nieto. Con el regalo bajo el brazo, fue al mercado. Compró aceite, harina de avellanas, La Discusión – periódico local- y El Mercurio de Santiago, el que en realidad no leía: sólo paseaba los ojos por las fotografías como frente a un álbum de laminitas, pues mirando lo que su nieto miraría, sentía que lo tenía más cerca. Entonces vio la noticia.

El que le tiraba las trenzas si se descuidaba, el que le dejaba en su banco de la escuela medio pan con chicharrones, el que se peleaba por ella hasta que invariablemente terminaban rompiéndole la cara, el que nunca se atrevió a hablarle, el que en los recreos jugaba solo, emprendiendo carreras bizarras mientras agitaba los brazos queriendo volar (¿por qué Dios no lo había hecho pájaro?), el que día por medio llegaba con los pantalones mojados y se burlaban de él diciéndole que se había orinado, ese a quien el frío había vuelto viejo a los nueve años, dejándole costras en las mejillas y manos ajadas que a veces sangraban, el que después de la muerte del padre nunca más volvió a la escuela y lo veía a lo lejos acarrear ovejas, el que sólo una sola vez había visto llorar cuando la profesora le puso un siete en su cuaderno y les dijo a todos que deberían ser como él, y él se desplomó como chincolito, herido por aquella caricia intolerable en su cuerpo acostumbrado a los golpes. Ese Fulgencio Rivas Rivas había muerto tirado en la calle.

LUCIÉRNAGAS

(Finalista III Premio Algazara de Microrrelatos 2010, España)


Respiró aliviado. La angustiosa caminata llegaba a su fin. Era un adolescente cuando descubrió la dulzura de aquella calle, y aunque habían pasado veinte años, pudo constatar que, para su fortuna, Dios no se había manifestado en toda su crueldad.

Se arregló el pelo y empezó a caminar lentamente. A medida que avanzaba, una amplia sonrisa se instaló en su rostro, al tiempo que salidas de la nada, iban apareciendo amorosas luciérnagas que primero tímidas y luego confiadas, se le acercaban y danzaban a su alrededor. ¿Cómo no iba a estar feliz? Poco a poco iban cediendo las telarañas de la seriedad con que se había vestido en la adultez y donde antes había un callejón oscuro como su soledad, ahora se abrían paso titilando y alborotadas, una decena de vaginas encendidas.

UN CLICK

(Mención Honrosa III Concurso Literario Internacional Lomas de Solymar 2009, Uruguay)

Dejé de verlo hace mil años. Dejé de verlo hace mil aguas con sus respectivos mil puentes. Y hoy con un click, lo encontré. En su búsqueda me movió la desidia y la incredulidad, o acaso mi infatigable costumbre de andar provocando a los Dioses. Ahora sé, con certeza, que se deben estar riendo de mí.

Quedé congelada y palpitando, igual que la página donde aparece él. Decido ir por un café, a ver si con eso pasan otros mil años. Tengo tres tazones disponibles, pero elijo lavar el cuarto, que reposa desde ayer en el lavadero. Lo prefiero sobre cualquiera. Será porque tiene grabada la fotografía de un instante memorable. En buenas cuentas, más que un tazón -y dependiendo del día- es un faro o un consuelo.

Vuelvo a mi escritorio y su página titila en la pantalla, pese a la ingenua pretensión de que mi demora hubiera borrado cualquier rastro de él. Me acomodo frente al teclado de mi computador como ante mi verdugo, mientras late insistente en mis sienes un “tú te lo buscaste”. Respiro hondo para calmarme y me digo que no hay de qué preocuparse porque, en rigor, no ha pasado nada. Él está ahí, en la pantalla, a un océano de mí y ni sabe –ni tiene por qué saber- que todavía existo.

Me río. Me siento como una niña que se niega a vestirse y salta juguetona en la cama, liberada del peso de sus ropas. Entonces suena el teléfono, y su insistencia me obliga a un aterrizaje forzoso a la realidad, borrando de un manotazo los saltos, las carcajadas, el vértigo y el pelo desordenado.

Vuelvo al punto cero, paralizada frente a la pantalla. Su fotografía sigue ahí, junto a los fabulosos edificios que puede construir y el intimidante directorio del que forma parte. El conjunto resulta imponente. Pero a la evidencia se le abre una fisura y ahora me parece estar frente a un castillo de naipes.

¿Puede un mínimo movimiento cambiar el curso de una corriente marina? No lo sé. Sólo sé que estoy a un click de mostrarle que yo, aún respiro. Sólo sé que estoy a un click de, posiblemente, desordenar su vida. Y a un click de desordenar la mía, definitivamente.