LA MUDA

(Mención Honrosa Concurso Cuenta La Pega 2010)


La muda, pintaba. Desde que era niña, trozos de madera y cajas de cartón eran presa fácil de sus colores. En el último año del liceo tuvo la fortuna de conocer a una profesora de artes que comprendió el mal que padecía; que comprendió cómo se le ablandaban los huesos si le quitaban un pincel o cómo la euforia podía apoderarse de ella frente a unos envases de pintura y diluyente. Como era de esperar, se hicieron grandes amigas. La profesora volvió a entusiasmarse con la clase que dictaba. Y pese a que cuarenta y cuatro jóvenes solían mirarla con fastidio, le bastaba esa única alumna mirándola como ella miraba cuando tenía diecisiete años; como cuando sentía que una lanza le atravesaba el pecho frente a un trazo furioso y no le salía la voz del asombro, y era toda ella, asombro. Le bastaban a la profesora esos ojos, digo, los de la eterna asombrada, para ser feliz.

Marta, la muda, también era feliz. La profesora hablaba y gracias a sus muchos, y bien vividos años, rápidamente dominó el trasfondo y las variaciones en el lenguaje con que Marta le respondía: las muecas y pestañeos de la joven, no tenían ningún secreto para ella. De hecho, hasta hacían chistes y se reían a puros guiños mientras los compañeros de Marta las miraban como a un par de chifladas. La única vez que Marta se preocupó por la extrañeza que podía provocar en los demás lo que a ellas les pasaba con la pintura, la profesora despejó las oscuras nubes con la leve brisa de un cometario: el sordo siempre cree que los que danzan, están locos- dijo. Y a Marta se le fueron todas las dudas, volviendo a ser su frente un cielo despejado.

Marta quería ser pintora. Reunió a su familia y con las manos en alto (palomas frenéticas, expertas en gramática aérea), comunicó su decisión de convertir en oficio, su manía infantil por colorear. -Pintora y muda. Vaya combinación. ¿No se le ocurría nada mejor?- fue lo único que dijo su padre, para luego dar vuelta la cara como si hubiera tropezado con un borracho. Mucho más tarde buscando trabajo, Marta vio esa mueca tantas veces repetida, que llegó a convencerse que ese gesto había inaugurado para ella la bien temida adultez.

La muda, soy yo. No, no se preocupe ni se incomode, señor. No necesita correr la vista ni ofenderme con su compasión. Yo estoy tan bien como cualquiera. O sea, no mucho. Pero eso no tiene nada que ver con que no me salga la voz. Qué en qué trabajo, pregunta usted. Y mis manos le responden moviendo todos los dedos. ¡Qué risa, cree que soy pianista! Claro, claro, aplaudo. No vale la pena descifrar el abismo hasta llegar a mi fatigosa tarea como digitadora. ¿Y no se aburre? Niego con la cabeza. Sí y mucho. Hay momentos en que la rutina me agobia; momentos en que tiraría todo a la basura. Pero soy afortunada: en mi trabajo si soy muda, no se nota. En cambio mi hermana no puede disimular su belleza y más temprano que tarde, termina despedida por no cumplir el requisito de abrir las piernas. En tales ocasiones, la consuelo con una sopa caliente que es como las mujeres nos curamos las heridas (de parto, de amores, de vida).Y nos ausentamos un rato del mundo, para poder volver a él: yo retomo mis pinceles y ella le quita el bozal a su risa –esa que afuera despierta demonios- y la deja correr por la casa, alborotándolo todo.

MARÍA CON ALAS

(Tercer Lugar V Festival Internacional de Bicicultura 2010, Santiago, Chile)


La bicicleta pendía de un gancho en el muro del pequeño balcón (en realidad, todo era pequeño en el nuevo departamento). El gancho era parecido a esos de las antiguas carnicerías donde colgaban a los animales casi enteros; carnicerías que despedían un fuerte olor que causaba náuseas, que en vez de puerta tenían una cortina de tiritas de plástico, donde en cada esquina del techo había bolsas de un liquido transparente que supuestamente espantaba a las moscas, carnicerías de esas que cuando comprabas un trozo de carne te lo envolvían en un periódico. Así de vieja soy. Calculé que yo debía tener la misma edad de la bicicleta, pobre cadáver al que sólo le faltaban las moscas, pero que me producía los mismos escalofríos de presenciar el vestigio de un animal que alguna vez había corrido. De la bicicleta no sabría decir si la pintura era gris o su color era producto de la pátina de suciedad y grasa acumulada durante el tiempo que llevaba a la intemperie. Tenía mucho óxido y la cadena estaba cortada, uno de cuyos extremos colgaba como una lengua muerta. Sí, más que bicicleta, parecía el cadáver de un ahorcado que nadie tuvo la piedad de enterrar. A través del corredor de propiedades traté de dar con el arrendatario anterior para decirle que había olvidado su bicicleta. Mi marido se rió de mi ingenuidad pues creía que el asunto no había sido olvido sino astucia: el antiguo dueño la consideraba deshecho y la había dejado deliberadamente para ahorrarse el trabajo de llevarla al basural. Pasaron más de dos semanas durante las cuales decoré el living, arreglé los closets y distribuí los artefactos de la casa anterior. Bueno, los que cupieron. El resto los regalé. Para mi sorpresa, me deshice con facilidad de la mitad de las cosas que tan sólo unos años atrás me parecían imprescindibles. No hacía mucho habría matado por mi arrocera eléctrica y ahora me parecía el aparato más inútil de la tierra, lo cual sólo demuestra que uno nunca termina de conocerse. Lo mejor de todo, era lo liviana que me sentía. A este paso voy a terminar como Diógenes, pensé, que sólo cargaba consigo un cacharrito para beber agua del cual también se desprendió al poco tiempo, porque descubrió que el cuenco formado por sus manos cumplía idéntica función. Sin mucho esfuerzo de nuestra parte, el departamento se había convertido en nuestro nuevo hogar. Ajustamos perfectamente él y nosotros como si nos conociéramos de antes. Hasta Roberto, mi marido, reconoció que aunque llevábamos tres semanas, le parecía estar viviendo aquí de toda la vida. Incluso las decenas de fotografías de nuestros hijos y nietos se acomodaron con facilidad. De hecho, llegué a pensar que los muros se estiraban para hacerle un lugar a los marcos que custodiaban algún instante sublime de nuestros amores. En fin, nuestra nueva vivienda lucía impecable, salvo por la bicicleta que seguía donde mismo. Se suponía que alguien se había mostrado interesado en ella, pero ese alguien nunca llegó. Así es que una mañana me armé de valor y con mucho esfuerzo logré sacarla. La apoyé en la pared de la entrada y en el lugar que antes la alojaba, amarré un precioso macetero pintado por mi hija que tenía una frondosa mata de cardenales color rojo y fucsia. Sé que es una flor común, pero a mi me encanta. Mi abuela la cultivaba de todos los colores y tenerlas a ambas cerca, me hace bien. Por ello, estaba feliz con la explosión de colores que ocupó el sombrío lugar de la bicicleta. Me sacudí las manos y me giré para terminar mi labor de ese día: acarrear la bicicleta hasta la portería para que se la llevaran. Lo curioso es que reclinada en el muro dejó de evocarme un cadáver. Ahora más bien parecía un enorme y viejo perro que durmiera. Le pasé un paño por el lomo y se estremeció. Me dio risa. Cada vez estoy más loca, me dije. Y decidí subirme a la bicicleta, apoyando mi mano en la pared para mantener el equilibrio. El dueño anterior debía ser un gigante a juzgar por el alto del sillín. Debe sacarle dos cabezas a Roberto. A propósito, la llegada de Roberto siempre es precedida por un suave tintineo de llaves y el roce de la suela de sus zapatos en el limpiapies de la entrada. Sin embargo esta vez no lo escuché. Repentinamente abrió la puerta y no tuve tiempo de bajarme. Mi marido me miró sorprendido y yo me sentí como si me hubiera descubierto en una infidelidad. Con el mismo cosquilleo en el estómago como si fuera cierto que a mis años tengo un amante, decidí arreglar la bicicleta. La pulí, la engrasé, reemplacé la cadena rota y las llantas. Le compré un nuevo sillín (que ahora son más blandos porque vienen rellenos con gel) y la pinté rojo bermellón. “A alguno de nuestros nietos le servirá” le mentí a mi marido cuando levantó los ojos al cielo como cada vez que tropezaba con alguna de mis ocurrencias (no necesita decirme que me ama en la misma medida que no me comprende). A pesar del cansancio, no cejé en mi afán de resucitar la bicicleta. Es raro, pero dedicada a ella sentí la misma felicidad de cuando despertaba a mis hijos para ir a la escuela. Mientras estreno mi bicicleta con la excusa de ir a ver a nuestro hijo que vive a dos cuadras, recuerdo a Teresita, una amiga a quien una vez, después de mucho tiempo, encontré en el supermercado. Cuando nos poníamos al día de las últimas novedades (algunas de las cuales no era necesario relatar pues saltaban a la vista, como sus pechos de silicona y su rostro tirante de muñeca de plástico), no pude evitar ver que entre las cosas del carro había un paquete de toallas íntimas. “Ahora vienen con alas” me dijo, con la naturalidad de una treinteañera. No habría nada de raro en su comentario, si no fuera que ella tiene el doble de esa edad. Teresa, en su desesperación, es capaz de someter su cuerpo (acaso también su alma) a una feroz mutilación por fingir que el paso del tiempo no tiene lugar el ella. Pero no engaña a nadie, salvo a sí misma. Por eso no pude decirle nada aquella vez. Tampoco podría hacerlo en este momento, pues entonces y ahora, me embarga la misma inmensa tristeza. Según Manuela, mi nieta mayor, soy la abuela más divertida y moderna porque ando en una bicicleta colorada (la que, con la cruda sinceridad de sus diez años, me hizo jurar que le heredaría cuando muriera). “Ojalá todas las abuelas fueran como tú”, me grita desde la ventanilla del auto mientras yo empiezo a pedalear. No sé si tendrá razón Manuela, pero confieso que desearía que mi amiga Teresa se hubiera atrevido alguna vez a montar una bicicleta. Sin duda, habría descubierto el modo de tener alas de verdad.

FORWARD

(Segundo Lugar Concurso Modesto Perera 2010,Valparaíso,Chile)

Ella entró a la cafetería como siempre, pidió lo de siempre con el ánimo de siempre. Él, del otro lado del mesón, se giró y dijo “Claro”, con una naturalidad que la sorprendió. Ésa no era la forma de responderle según el riguroso protocolo de esa exquisita cafetería, donde la saludaban como a una vieja amiga y ella era feliz por creérselo. El tipo era nuevo, qué duda cabía, porque tampoco le preguntó el nombre para anotarlo en el vaso que contendría su perfumado café y así poder llamarla luego, con una voz cálida y sonrisa de dentífrico, avisándole que estaba listo su caramel macchiato. Él no hizo nada de eso, sino que algo peor: al no repetir como debía la bienvenida estipulada en los manuales de inducción de esa famosa cadena de cafeterías, ella –que andaba como cada mañana, con piloto automático y velocidad de crucero- hizo el ridículo diciendo a viva voz “Nahime” cuando nadie le había preguntado nada. Él la miró extrañado, pues no supo si lo que había oído era una llamada de atención o una extravagante fórmula de combinación de chorritos de café, espuma de leche y esencias que no recordaba haber estudiado en la capacitación que le hicieron. Ella se puso colorada de vergüenza. Y aparecieron unas gotas de sudor en su nuca que por fortuna nadie notó, salvo ella.

Él le dijo “¿Perdón?”, como tratando de entender lo que había escuchado o mas bien pidiéndole que lo repitiera. Y tuvo que mirarla atentamente para ver si al responderle, ella confirmaba un insulto o nada más se trataba de una extranjera que hablaba un dialecto que le resultaba desconocido. Después de todo, en esa cafetería solían reunirse la más diversas personas, con distintos acentos y colores de piel. Eso sí, aunque pudieran encontrarse en el mismo lugar ejecutivos con un traje que costaría seis meses de su sueldo o estudiantes de jeans gastados, ninguno de ellos –de eso estaba seguro- sabía lo que era tener como cena una taza de té con pan con cebolla frita, tres veces por semana. Tampoco ella. Tampoco esta frágil figura que lo miraba con ojos inmensos y tan negros que no podían distinguirse las pupilas en ellos; ojos que eran como una larga noche donde perderse o, acaso, encontrarse.

Pero ella había dicho algo que no entendió y debía estar atento, ahora sí, o se jugaría el trabajo, pues llegar a conocer al cliente hasta adivinarle los deseos, era condición de éxito y futuro prometedor en esa famosa cafetería. Por eso tuvo que mirarle la boca, cosa que nunca hacía porque en el riguroso entrenamiento le habían enseñado que debía mirar a los ojos. Pero se equivocó –otra vez- y se quedó mirándole la boca más allá del tiempo prudente. Ello lo llevó a descubrir el delineado perfecto con que la naturaleza había dotado esa boca, la que, si bien poseía labios más bien delgados, no por ello dejaban de resultar suculentos. Morderlos debía ser como comerse un mango, pensó.

“Nahime”, repitió lentamente ella. Sin embargo, no obtuvo ninguna señal de comprensión de regreso. “Me llamo Nahime” debió insistir, ya para entonces molesta y acalorada. Se sacó la colorida bufanda que había tejido para no olvidarse de ella cuando-era-ella y la amarró a su enorme cartera donde acarreaba todos los implementos necesarios para una expedición al África. Él se quedó pasmado y sin saber qué hacer, porque si bien esa boca le había aclarado que lo que escuchó era un nombre, no lograba reproducirlo y menos se le ocurría cómo escribirlo. El lápiz le temblaba en la enorme mano, donde unos gruesos y ásperos dedos demostraban que nunca le había temido al trabajo. Esa mano fuerte, de nervios a la vista, era capaz de cargar desde un estante hasta una mujer. Y lo hacía con delicadeza y precisión de relojero. Pero un lápiz, no. Terminaba reventando uno por día y ya se los habían empezado a descontar del sueldo.

La fila de gente detrás de la del exótico nombre empezaba a crecer. José María -que así se llamaba él- concluyó que debía, como fuera, decir el nombre de la chica con labios de carne de mamey (hay que ver que su angustia no le impedía corregir con rigor de botánico sus percepciones). El supervisor de la tienda, que desde el segundo piso lo observaba con la calma tensa de la caza, no le quitaba los ojos de encima, recordándole que cuidara sus movimientos. Por algo el águila se había ganado el premio al mejor supervisor de tienda el año recién pasado: como todo buen jefe, poseía la capacidad de gritar sin siquiera abrir la boca.

“Najime” dijo José María, con esperanza y a trancos, pero los ojos de piedra de ella lo reprobaron. “No es con jota. Es con hache; una hache aspirada” le comentó ella, con cara de perder el tiempo; con cara de infinito hastío; con cara de profunda decepción frente a la injusticia de que un hombre así de atractivo, atendiera un mesón. ¿Por qué ninguno de sus colegas en el trabajo tenía ese pecho amplio y poblado de vellos donde ella dichosa habría refugiado su rostro recorriéndolo con paciencia de exploradora y dónde, seguramente, habría sorprendido a sus tetillas distraídas y les habría saltado encima para chuparlas sedienta? ¿Por qué nunca había conocido a alguien así en el cumpleaños de alguna de sus ex compañeras de colegio, a los que sólo asistía movida por la esperanza de terminar la noche acompañada y un poquito ebria, besándose en el estacionamiento de la festejada y resistiendo –pero no-, urgiendo –pero no-, a que ese alguien le tocara los pechos? Nuevamente se le humedeció la nuca y debió sacarse su abrigo rojo, pieza por cierto que cualquier buen diseñador de moda habría dicho que era el mejor envoltorio para su piel.

Ella empezó a impacientarse y él se resignó a saltar fuera de borda intentando aprobar el examen de pronunciar ese complicado y bellísimo nombre. Lo intentó de nuevo. Esta vez el nombre no sonó a instrucción militar sino más bien a susurro dicho por alguien que temiera que al subir la voz, quebrara el hechizo de una noche calmada y tibia. Los oídos de ella recibieron con deleite ese “Nahime” pronunciado con un hilo de voz. De hecho, ella inclinó levemente el cuello hacia la izquierda y esbozó el principio de una sonrisa. Si alguien la hubiera mirado atentamente, se habría dado cuenta de que su gesto se correspondía con una mano invisible que la hubiera acariciado. Ese “Nahime” quedó rebotando dentro de ella y, como si se tratase de una pelotita saltarina, daba tumbos alocados que iban de las sienes al corazón sin intención de detenerse. Trató de atraparla, correteando detrás de ella, pero sus reflejos no pudieron con la agilidad de su nombre saltando alegre dentro de ella. Entonces, la boca tímida dio lugar a una sonrisa inverosímil; una sonrisa amplísima capaz de contagiar a quien se cruzara con ella. Nahime trató de controlar esa sonrisa tan descarada para esas horas de la mañana; esa sonrisa que casi resultaba una burla para los rostros de diario financiero que acudían, al igual que ella, a esa cafetería. Pero la atrapó un franco y estereofónico ataque de risa. José María se subió a ese carro sin querer. En diez minutos, el ambiente de tonos pastel y suave bossanova, se vio interrumpido por el alboroto de estos dos desconocidos que se batían como ventanas celebrando el viento del carnaval. El salón de finas mesas de madera y sillones de cuero fue el epicentro de una inesperada tormenta tropical, con rayos y truenos que electrificaron el aire y que terminó por dejar a Nahime y José María, absolutamente empapados.
Alguien se quejó. Aquí sólo faltan los silbatos y la serpentina-dijo. José María y Nahime corrieron a buscar refugio a ninguna parte. Hubieran dado la vida por hallarlo; hubieran dado la vida por encontrar un lugar donde esconderse y salvarse de las agujas envenenadas que les lanzaban los presentes; hubieran dado la vida por haber sabido huir de ahí, todavía sonriendo. El dolor del puñal en el pecho de cada uno, una vez que escampó, daban prueba de ello. Pero se quedaron tiesos, sin saber qué hacer. El diluvio que recién los había sorprendido, desapareció tan abruptamente como llegó. Se sintieron ridículos y se avergonzaron. Por su parte, los dueños de las eficaces cerbatanas se mostraban complacidos de haber sido capaces de controlar esta revuelta del instinto.

Nahime salió apurada de la cafetería. Al pasar por la puerta, escuchó el fuerte crac de una rotura. Pero no quiso darse vuelta para averiguar lo que había sido, pues no habría soportado una vergüenza más. Pero no había de qué preocuparse. El ventanal de la cafetería estaba intacto, la manilla de la puerta en su lugar y los maceteros donde debían. Además, nadie escuchó que se rompiera algo, porque la música, porque las conversaciones y porque la trizadura había ocurrido… dentro de ella. Empezó a correr y a llorar casi al mismo tiempo. Le dolía todo el cuerpo y no dejó de dolerle durante toda la semana.

Desde entonces la fractura de su alma se cobró con su naturalidad. Ya no se movía como antes. Tampoco hablaba como antes. Nahime pasó una semana así, desplazada de sí misma. Se diría que era casi la misma. Su sonrisa estaba prácticamente en el mismo lugar de las anteriores, apenas corrida unos milímetros de su posición original. Y los ojos sólo se diferenciaban de los de antes, en que se demoraban un poco más en abrirse cada mañana, como si estuviera sumergida en el fondo del mar y sólo contara con sus párpados para mover toneladas de agua. Despertar se había vuelto para ella una lucha por sobrevivir donde debía ocupar todas sus fuerzas en parpadear dos veces más, para poder recibir al mundo.

La semana siguiente a ese encuentro, resultó ser un infierno para ella. No soportaba más a esa compañera inseparable que se había instalado a su lado; esa réplica de sí misma que hacía los mismos gestos, pero con un retardo de segundos, como si se tratase de una película mal enfocada, donde no terminaban de ajustarse la una y la otra. Nahime intentó reiteradamente que ella y su gemela, ella y su lenta imitadora, volvieran a retomar los roles, pero fracasó. Entonces tomó conciencia de que la única forma de unirse; de volver a ser la que era, consistía en encontrar a José María. Ante la idea, se asusta y duda. Y pasa una semana más. En rigor, pasan los días en el calendario, pero no en ella, que está donde mismo. Ella no es así, le grita a esa ella que no es ella y que la mira ausente del mundo. Finalmente, su dolor puede más que los prejuicios y decide volver a la cafetería.

Entra al local alborozada, se tropieza a la entrada, se ríe de su torpeza y a trastabillones llega hasta el mesón. Pero él no está. Nahime disimula su ansiedad. Su caramel macciato le parece insípido y la cafetería tan cómoda antes, hoy le resulta insufrible. Decide que volverá a la hora del almuerzo, para descubrirlo en su nuevo turno. Pero tampoco lo encuentra esta vez. Debió ser su día de descanso, piensa Nahime y vuelve al otro día, y toda la semana, sólo para comprobar que él ya no está. No puedo seguir desangrándome así, repite como un mantra. Un inmenso dolor le traba la mandíbula y la hace respirar agónica. Sólo quiere deshacerse de ese dolor arrojándolo al fondo de su mar. Y lo intenta: se reprocha lo estúpida ha sido; que es mejor así; que ya no le dirán en la oficina que la notan rara. Ha sido suficiente, se dice, queriendo creer que eso basta para retirar la espina de su carne. Sale rápido del local al que jura no volver. El frío en el exterior la detiene. Se cubre el cuello con su bufanda de tres vueltas y se cruza el bolso. Acomoda su abrigo mientras lo sacude como si pudiera sacarse el polvo del muerto que acaba de enterrar. Busca en los bolsillos sus audífonos y se los pone. Presiona play en su reproductor, pero no le gusta la canción. Decide adelantarla. Ojalá -piensa- pudiera en la vida apretarse esa teclita forward para saltarse ciertos acontecimientos. Por fin encuentra la canción que sintoniza con su alma y que por ello promete regalarle la serenidad perdida. Levanta lentamente la cabeza y entonces tropieza con los ojos de José María, que la observa desde la ventana de una cafetería más chiquita, que está justo del otro lado de la calle.

Nahime se queda rígida, como si hubiera recibido un baño de cemento. Sólo su pelo se ha salvado de ese manto tan parecido a la muerte. El viento, como queriendo rescatarla, penetra su cabellera y la revuelve. Cada mechón cobra vida propia y ejecuta una danza al ritmo del concierto de esa curiosa ventolera. Desde la cafetería, José María queda hipnotizado con esa medusa que lo seduce a la distancia; con ese cabello que ha cobrado vida propia y le hace las señas, que su dueña no puede. Esos mechones de pelo moviéndose alocados, le parecen a José María los mil brazos de Nahime intentando con desesperación, no hundirse en la soledad. Y no se equivoca.

Entonces José María reconoce en ese inesperado viento que no quiere soltar a Nahime, el viento del malecón que se vino con él cuando llegó de Cuba. José María adivina que, si bien él se había resignado a perderla, no lo había hecho el huracán que lleva dentro. Confirma el acierto, la aparición en su boca de una sonrisa de infinitos y blancos dientes, coronados en la comisura de los labios, por dos coquetas arrugas. José María sale de la cafetería y cruza corriendo la calle hasta llegar a ella. Cuando la alcanza, el viento se calma y se convierte en una brisa juguetona. Él levanta los brazos para dibujar alrededor de ellos los muros que nadie se atreverá a traspasar. Una sonrisa le entreabre la boca a Nahime y José María aprovecha el gesto para irse de cacería, trayendo de vuelta –orgulloso- la rosada lengua de ella aprisionada entre sus dientes. A pura lengua José María libera a Nahime de su traje de piedra. Sus manos atraviesan las caderas de Nahime, hurgando los tendones con decisión carnicera. Sus garras llegan hasta los delicados huesos de ella y sus ojos, ahora lúbricos y fieros, le dejan en claro a Nahime que buscará insaciable su médula y la beberá hasta agotarla. Finalmente, las carcajadas de él ablandan las piernas de Nahime, que decide seguirlo hasta su guarida.

En el camino, recorren los rincones de cada uno y visitan, como en un cementerio, a cada uno de sus muertos. Sólo por un segundo Nahime se asustó: cuando la risa de él desapareció y se vistió con mil años su mirada. José María dejó de hablar, pero ella insistió y él no pudo contener la fuerza de esos ojos que lo derrotaron desde el primer día. Por eso accedió a mostrarle el muñón de su alma, explicándole, quebrado por el llanto, cómo habitando aquella lejana y cálida isla, debió mutilarse para poder sobrevivir. La cama de José Maria los recibe alegre de cumplir su destino. Él busca refugio en ella y llora en su cuello la parte de él definitivamente perdida. Ella lo abraza con todo el cuerpo y le brotan mágicamente mil manos para no dejar ningún pedazo de su piel sin acariciar. Entonces, un recuerdo como un disparo atraviesa a José María: “El alma de un hombre se sana, dentro del cuerpo de una mujer”. Eso solía decirle su padre y recién ahora, lo comprende.

EL ROBO

(Segundo Lugar Concurso Cartas de Amor, Biblioteca de Santiago 2010, Chile)


EL ROBO
(Carta de Manuela a Clemente, que acaba de ser colocada discretamente por ella, en el bolsillo de él)

No, no te voy a decir “Querido Clemente” y menos “Estimado”. No me voy a dar vueltas. Me conoces lo suficiente para saber que prefiero una vez colorado a cien veces amarillo: ¿Recuerdas la bufanda color verde musgo, de suave tejido de alpaca, que te había costado una pequeña fortuna y que lamentaste tanto haber perdido? Bueno, la tengo yo. No, no te la robé. O bueno sí, tal vez. Al principio sin querer, y después queriendo. Pero es que la dejaste caer detrás del sillón, aquella tarde que venías tan molesto y luego tú y yo la olvidamos, enredados como estábamos en renacernos a pura boca y limpiarnos de tanta ausencia acumulada. La encontré a la mañana siguiente mientras pasaba la aspiradora. La tenía aún en mi mano y la acariciaba -como a un gatito- cuando me llamaste. No, no la he visto, te dije en un disparo. Del otro lado de la línea suspiraste y echaste alguna maldición a quien te la había robado sin que te dieras cuenta. Te juro –y espero que me creas- que no había planeado robártela, pero una vez que la tuve en mi mano, no fui capaz de devolvértela. No pude. La acerqué a mi rostro con temor y esperanza. Y ahí estaba tu olor, acurrucado entre las hebras, como si se hubiera quedado dormido mientras me esperaba y claro, al contacto de mi nariz despertó, poniéndome la piel de gallina y apretándome el pecho. Entonces me di cuenta de lo que nunca debería haber pasado: me habías robado el corazón. Sí, ya sé. Me dirás que las putas no se enamoran. Qué duro suena que me llames así, aunque más me duele que pienses que no soy capaz de enamorarme. Pero te doy la razón, así es que desaparezco. No pierdas el tiempo tratando de localizarme. Para cuando me leas, yo ya estaré bastante lejos. Dudo que me eches de menos (hay miles de mujeres más jóvenes y lindas que yo. Es cierto que taconeo como si el mundo fuera mío, pero sé que es sólo por un rato pues me miro en el espejo bien seguido y sin piedad). Tampoco creo que añores a la portera, esa que te decía –con ojos fieros y sonrisa burlona- pase joven, su novia lo espera (¡qué vieja más repugnante! ¿Puedes creer que tenemos la misma edad? Yo casi me desmayé cuando lo supe y saberlo me confirmó lo que siempre he creído: es la amargura, la que envejece a la gente). Pero claro, extrañarás tu bufanda tan cara. Te parecerá una injusticia. Pero luego te alegrarás –y te ayudo a hacerlo- porque tomarás conciencia de que con un mínimo esfuerzo puedes comprarte otra. Si te sirve de consuelo o venganza, haz de saber que yo me voy para siempre mutilada.

Proyecto Libro Infantil Ilustrado "Chin y Chun y El Señor No"


"Chin y Chun y El Señor No" es un proyecto de libro infantil ilustrado financiado por FONDART que llevaremos a cabo este 2011 Javiera Donoso (ilustradora) y yo.

Para dar cuenta de nuestros pasos (incluídos los tropezones) hemos creado un blog a modo de bitácora que puedes visitar en http://libroinfantil.blogspot.com/

EL VIAJE

(Segundo Premio XIX Concurso de Cuentos Valentín Andrés 2010, España)


Sentada sobre la cama, Ninon revisa sus ahorros. Para su sorpresa, el dinero que ha reunido es más que suficiente para lo que tenía pendiente: volver, después de tanta agua y tantos puentes, a donde nació. Se conoce lo suficiente para saber que si no lo hace ahora, su miedo le ganará otra batalla. Ya en el avión que la lleva a Antofagasta, se abrocha el cinturón, obediente a la instrucción de la voz del piloto que anuncia que van a despegar. Respira hondo, tratando de calmar su corazón enloquecido. Siente que esta máquina le va a partir el cuerpo con su insistente ronroneo. Pero este viaje debe hacerlo. Necesita hacerlo. Necesita ir por la niña que fue; necesita acunarla y traerla a casa de nuevo, para ir, poco a poco, sanando su alma. Ninon reclina el asiento y cuelga la armadura. Paulatinamente la va invadiendo el sueño. Y, soñando, recuerda.

Pone cuidadosamente las tapitas de bebida sobre el riel. Ha conseguido las mejores y más codiciadas: las que de un lado lucen un brillante rojo. Son cinco las tapas medio deformes que habían sido desechadas, pero que milagrosamente ella había salvado de la basura. Y no sólo eso, además les había prometido que se convertirían en princesas guerreras cuando pasara el tren. Mientras esperan, Segunda sienta en una piedra a su muñeca tuerta, la que anda toda coqueta con el nuevo abrigo de piel que le hizo la abuela descuartizando un distraído ratón. La niña se llama Segunda porque fue la segunda en nacer y lo hizo demasiado pronto como para ser merecedora de los preparativos y la fiesta que acompañó la llegada de su hermano. Ella simplemente llegó cuando nadie la esperaba y pronto desapareció en la cotidianeidad, acompañada sólo por los muebles y su abuela. De hecho, ni nombre alcanzaron a buscar en las estrellas para regalarle un destino. Simplemente era la segunda, y Segunda, se llamaría.

Empieza a irse lentamente el fuego del cielo; se retira ese sol que no conoce la piedad. Y todo lo que era aplastado por el pesado manto de calor, agradece la pausa, estirándose. Piedras, hombres y bestias sonríen en ese escaso tiempo, antes de que el péndulo que marca el ritmo de esta tierra, oscile hasta el otro extremo y las cosas vuelvan a encogerse, esta vez, para protegerse de la helada. La pequeña decide que le pedirá a su abuela que le haga un abrigo a ella, para que no le gane este frío que es capaz de partir hasta las piedras. Escucha a lo lejos los gritos de su madre y se resigna a recoger sus tesoros sin que se haya producido el milagro. Hoy no pasó el tren, lo cual termina de arruinar su largo día. Esconde las coloridas tapas en el bolsillo y toma en brazos a su muñeca.

La puerta de la casa está siempre cerrada; bloqueada a las visitas, como el corazón de sus dueños. La única forma de entrar es pasando por la pulpería, lo cual hace que nunca Segunda se escape al control del padre, inamovible en el mesón como fiero guardián. Bueno, casi nunca. Con el tiempo, la niña –entrenada por su abuela- ha desarrollado notables habilidades de contorsionista que le permiten escurrirse por un hueco mínimo en el último nivel de la repisa donde se guardan los sacos de azúcar. Segunda se escapa a comprarle cigarrillos a la abuela. Como premio, Segunda se cobra con un tarro de leche condensada; ese magnífico invento que le alegró infinitas veces la infancia.

Segunda hunde su dedo en el espeso líquido mientras su abuela -que casi está de su mismo tamaño de tanto que se ha encogido- fuma tranquilamente. Se ríen de sus travesuras mientras le sacan el pellejo a uno de los tres ratones que las arrugadas manos capturaron esta tarde. Sin sacarse el cigarro de la boca, la curiosa costurera alimenta los anhelos de la pequeña: -¿Así es que quieres un abrigo, niña?- La boca pegajosa de la pequeña adopta un aire de poco visto respeto. Esa boca suya, capaz de escupir a dos metros y lanzar groserías que pueden hacer palidecer a un camionero, se vuelve temblorosa y se adelgaza como si estuviera frente a Dios.

-Te hice una pregunta-, le insiste, mientras apaga la colilla contra el piso de tierra. Luego de retorcer en el suelo lo que queda del cigarro, hunde el cuchillo en el último y escuálido animal que falta por desollar. -¿Bueno, y? ¿Lo quieres o no lo quieres? Y anda respondiendo lueguito, que a mi me vendrían de maravilla unas nuevas pantuflas-. Un débil sí, modula la acorralada Segunda y el dedo suspendido en el aire, sorprendido por los oscuros ojos de la abuela, gotea en los toscos zapatos de la pequeña.
- Bueno, entonces mis pies tendrán que esperar porque la reina quiere un nuevo traje.
- Yo no soy una reina- alcanza a decir la niña justo antes de que un puño invisible le apriete la garganta.
- ¿Cómo que no? ¿Quién es la más rápida? No me vas a decir que el tonto de tu hermano. ¿Quién escupe más lejos? ¿Quién es invencible con el run-run? Usté es la reina m’hijita, ¿Me oyó?

Segunda sonríe como sólo se sonríe a los seis años y deja a la vista el gran hueco de sus dientes perdidos, que compite con el de la abuela que se ha revelado sorpresivamente, amparado en el calor de la absoluta confianza. Terminada la labor y los manjares, e indiferentes al enojo materno que saben que lo acompaña, dejan el tarro -vacío de leche, pero lleno de colillas- en la puerta de la pieza de la abuela, que está al fondo del patio que mal disimula la vergüenza familiar. -Ya -sentencia la anciana-, váyase a leer. Aquí tiene un paquete de velas que le robé a su padre esta mañana. Mire que tiene que alimentar el seso para que le salgan alas y así nos podamos ir las dos volando.

Segunda, en ese entonces, ignoraba que no podría sacar a su abuela de aquella jaula. Primero, tú, le insistía ella. Luego, yo. Pero la conquista de un nombre y un destino, le tomó a Segunda más tiempo y sangre de lo que le había dicho su abuela. Y sumaría a ese dolor, muchos años más tarde, el que su madre no le avisara de la agonía del pajarito. Esa fue la prueba definitiva para convencerse de la inverosímil posibilidad de que, a veces, tu peor enemigo, sea quien te ha parido.

Ahora Segunda, en puntas de pies, entra a la pieza donde duerme su hermano. Con la maestría de un gato, se mete debajo de la cama y se acuesta de espaldas para tantear el escondite donde protege sus pertenencias. Colgando de los resortes hay dispuestas varias bolsas que burlan la escoba matutina. En una de ellas encuentra la caja de fósforos y procede a despegar y estirar la mecha de una de las velas. Luego prende un fósforo y con la solemnidad de un sacerdote otorgando una bendición, acerca la pequeña llama a la vela. De inmediato aparece un buen chorro de luz. El libro que dormía en otra bolsa despertó y empezó a querer zafarse. Segunda lo silenció con una tierna pero firme reprimenda. Si seguía haciendo tanto escándalo los descubrirían a todos. Ten paciencia, le explicaba maternal, mientras lo sacaba y buscaba la estampita de la Virgen de la Tirana que marcaba obedientemente en qué lugar la habían vencido las pestañas. Hallada la página, la niña lo abrió y el libro se estiró desperezándose de la larga siesta. Y entonces, ante le caricia de los ojos de la ávida lectora, cada letra se regocijó al cumplir su vocación de burlar el olvido y la muerte.

A la mañana siguiente, ella se había convertido en Sandokan y se vengaría de este tigre que la había atrapado y que insistía en hacerle los moños que odiaba, los cuales desarmaría con la misma meticulosidad con que fueron hechos, apenas traspusiera la puerta de la casa. El tigre gruñe tratando de asustarla, pero Sandokan no se amilana por tan poco y resiste estoicamente los tirones que desenredan su melena. La impaciente madre se rinde a la lucha con esa crencha rebelde como su hija. Liberada de las zarpas, Segunda corre a buscar el bolsón de cuero tan grande y pesado como ella. Su madre ruge una vez más cuando la ve devolverse veloz hasta la pieza. Sandokan hace gala de sus reflejos y en un santiamén está de vuelta con las tapitas de bebida escondidas en el calzón. Cuando vuelva de la escuela, pasará a probar suerte con el paso del tren; a ver si esta vez, visita el pueblo ese magnífico animal que nunca se está quieto y siempre parte lejos buscando algo más. Como ella.

Sale de la casa con su obeso hermano, bajo el ojo vigilante de la madre. Pero al dar vuelta a la pulpería, Segunda inicia una veloz carrera hasta perderse. En la esquina se gira para saborear la rabia y la respiración agitada de quien, inútilmente, intenta seguirla. Se siente mejor así, caminando sola, sin el parloteo incesante de su hermano. Esa larga caminata, curiosamente, la reconforta. Por eso la cuida y la busca como si fueran los momentos que está con su abuela. Los ocasionales acompañantes que a veces aparecen en su trayecto, se dan cuenta de la solemnidad del momento y son respetuosos de su silencio. Como este perro vagabundo que la olfatea; quiltro flaco y de pelo amarillento que ahora la mira con ojos inmensos como si le hablara parpadeando.

- Hola Choclo!

Segunda saluda al perro con una familiaridad que haría pensar que lo conoce de antes. El animal mueve la cola frenéticamente como si pretendiera sacársela. -¡Yo sabía que te llamabas Choclo!-, dice Sandokan satisfecha del acierto, mientras cambia de lado el pesado bolsón. Los lustrados zapatos ya están llenos de tierra; de la misma tierra con que están hechos esos cerros. Molesta, mira a los cerros como pidiéndoles explicaciones. Pero de inmediato los disculpa porque son tan lindos que no hay cómo enojarse con ellos. Ojalá pudiera estar aquí su profesora, que siempre la reta porque ella los pinta rosados, verdes, celestes o morados. Los cerros son café, le dice la maestra cada vez y Segunda piensa que si estuviera aquí, vería que ella es la que tiene razón: los cerros son de colores. Y se mueven. Bueno, esto no se lo ha dicho nunca porque, seguramente, mandaría a llamar a sus padres. Pero los cerros, se mueven. En sus caminatas ella ha visto como un cerro chiquito, se ha ido a jugar con aquel grande y su abuela ha confirmado la inquietud de las cimas, relatándole cómo, tantos mineros han perdido el rumbo sin haber trastocado un solo paso, para aparecer luego como un pellejo seco que cuesta reconocer.

Mientras sus compañeros deletrean con dificultad las letras que la impaciente profesora va mostrando en unos cuadrados de cartulina, Segunda raspa con un clavo su banco. Con su pequeña espada, logra dejar su marca para que los salvajes no tengan la osadía de pisar los territorios de Sandokan. Son cinco círculos medio chuecos atravesados por una línea, que representan a su temible run-run. La marca es como un anticipo del que se va a construir esta tarde para reponer el que le robó su hermano, dejándola indefensa frente al Chulo y el Pacheco cuando le quitaron la colación. Tiene grabada a fuego la escena: ellos, que le doblan la estatura, se devoran el pan con mortadela, riéndose de ella. Eso sí, más le dolió ver que estaba con ellos, su hermano.

Con la manga de la camisa abrillanta el pedazo de fierro donde luego, cuidadosamente, pone las tapas de bebida. Ahora apoya la oreja en el riel buscando los latidos de la fiera que lo recorre. Se endereza y le lanza una mirada furiosa a su muñeca, haciéndola callar. Acomoda la última tapita para que guarde la perfecta simetría de sus hermanas. El Choclo aparece de la nada y se sienta a su lado. De improviso, rompe la silenciosa espera, la voz gangosa del hermano. -Allá está, mamá. Yo te dije que andaba jugando otra vez en la línea del tren-. Segunda no lo vio venir. Tampoco anticipó el palo de escoba que traía la madre y que deja caer sobre su menuda espalda. El mismo palo le reventó la cabeza al perro que salió en su defensa.

***
El brasero se encuentra en una esquina de la habitación. Encima está la tetera de aluminio y la tapa baila rítmicamente al son de la ebullición del agua. La abuela, cada tanto, toma la tetera sin mayor protección. Sus manos callosas se ríen de esa manilla caliente que haría gritar a cualquiera y le llenaría de ampollas la piel. Pero a ella no; mal que mal, tiene años y méritos, y la vida la ha recompensado generosamente con un cuero duro que resiste el calor y el frío, los insultos y las burlas. Lanza un chorrito de agua sobre la vasija que tiene entre las piernas. El agua caliente hace salir pequeñas burbujas del emplasto verde, hecho de hojas de matico que ella pacientemente mastica y escupe. Luego, sopla la preparación y la revuelve con el dedo para verificar consistencia y temperatura. La cuchara de su mano, saca un poco de la tibia mezcla y la extiende en el lomo de la niña que ya se ha dormido de tanto llorar. La anciana le reza al matico para que sane la magullada piel; para que su espíritu cicatrizante alivie la espalda de su protegida. A continuación, pone un diario viejo encima de la espalda de Segunda para que guarde el calor, al que le sigue la frazada. Ella se quedará cantando bajito para animar a la hierba y meterle conversación para que no se duerma.

Lentamente el cielo va cambiando de color y una suave claridad comienza a filtrarse por la ventana. La niña abre los ojos y se queda quieta mirando a la abuela en su ajetreo; mirando cómo esas manos nunca dejan de hacer milagros. -Abuela, el Choclo se murió ¿Verdad?-

La robusta mujer no se sorprende con el temprano despertar de la niña. No hacía mucho, había visto los primeros movimientos de los ojos y había sonreído frente a los aleteos tímidos de los párpados, como si se tratara de una mariposa que está naciendo y que se afana en despegar las alitas. Aspira su cigarro y abraza el tazón de té con ambas manos para que le traspase su calma. Toma un gran sorbo y le responde:- Sí y no. Su abuela no le ha mentido nunca, piensa la niña, ¿Por qué lo haría ahora? -Yo no miento- le dispara, adivinando sus pensamientos. -No a ti, porque me importas-. La abuela toma un trago de su té y continúa.-Me pediste que fuera a verlo y fui. Pero cuando llegué, ya se le había ido el duende. Le junté las patitas y le limpié el hocico. Y cuando empecé a cavar un hoyo para salvarlo de los jotes, me di cuenta de que no estaba solo.

Pone más agua caliente en el pequeño tarro donde se remojan las perfumadas hojas de té. Le alcanza una taza a la niña y un pedazo de pan que acaba de sacar de las cenizas para alegría de la pequeña. -Lo que pasa es que te equivocaste con el Choclo, Segundita…porque era Chocla- No bien termina la frase, saca de abajo de su cama una caja de cartón donde, entremedio de unos trapos, duerme un cachorro de pelaje amarillo y una gran mancha negra rodeándole los ojos. La niña salta emocionada y abraza a su abuela. Luego toma al perrito y lo acomoda en su falda. Su dedo, sin salir del asombro, acaricia el antifaz del que será su fiel compañero. -Sólo Sandokan puede tener un perro así-, la anima la abuela. -Mi madre no me va a dejar tenerlo. -De tu madre, me encargo yo-, sentencia severa. Y agrega: ¿Y qué me dices ahora? ¿La Chocla, sigue viva o no?

Segunda se sonríe avergonzada de haber dudado de su abuela. Y aquella, satisfecha de su triunfo, le da un coscorrón. -Ya, váyase a la escuela que se le hace tarde. Ah, por si acaso, las tapitas están en el fondo del bolsón-. Segunda no cabe en sí de felicidad. Aunque una sombra empieza a rondar su alma. -Abuela, tu no te vas a morir nunca ¿Verdad?- le dice mirándola fijo. Sí y no-, le responde la abuela.

Segunda está recostada sobre la tierra. Su cabeza –y la de la muñeca- se apoyan en el bolsón. No es muy blanda la almohada, pero es mejor que las piedras. Mientras tanto, las tapas de bebida empiezan a bostezar por la larga espera. Cuando están a punto de dormirse, escuchan un lejano rumor que va creciendo. Luego, la tierra empieza a temblar. Segunda se levanta de un salto y aprieta fuerte a su asustada muñeca. No tengan miedo, les grita a las tapas que tiemblan sin poder controlarse. No tengan miedo. Su último grito no se escucha por el violento paso del tren que hace que su corazón quiera escaparse por las sienes. Un remolino de viento le desordena el pelo y le ensucia la ropa. La tierra se le mete por la nariz y por los ojos. Le duelen los brazos afirmando a su muñeca que insiste en salir corriendo. Le dice que se quede quieta pero sus palabras son apagadas, apenas salidas de su boca, por la respiración agitada del animal de fierro en plena carrera. Y aunque creía que no iba a terminar nunca, lo que parecía el fin del mundo, se extinguió. Sólo quedaron como testigos de su visita, Segunda, blanca como fantasma por ese polvo que más parecía la baba de la bestia que la rozó y las plateadas circunferencias que brillaban –incrédulas de su nueva condición- en el borde del riel.

Segunda se acerca temerosa. La niña suspira y secretamente, las envidia. Ella quisiera tener esa fortaleza; le gustaría haber sido hecha con ese material resistente que no sólo puede soportar el paso de un tren, sino que salir de esa experiencia convertida en plateada cuchilla circular, capaz de poner en su lugar a cualquiera. Ella no es así. Ella tiembla con sólo pensar en su padre y verlo enojado, la hace orinarse. La cercanía de su hermano transforma en roca su vientre. Desde que recordaba, él siempre le había pegado cuando nadie miraba. Segunda trataba de aguantarse y lo abrazaba sollozando. Hermano, no me pegue, le decía. Pero sus palabras parecían alimentar la violencia de sus puños. Hasta que en su pequeña alma hizo nido tempranamente la venganza. El resto, vino solo. Los mordiscos que eran capaces de desgarrar una oreja, las palabras sucias que horrorizaron y alejaron a las compañeras con zapatos de charol que se burlaban de ella y sus bototos, y el run-run asesino; ese invento que se le ocurrió cuando jugaba con uno hecho gracias a un inocente botón y un trozo de lana.

Segunda estudia las, ahora planas, tapas de bebida. Pone una sobre una tabla. Luego toma un clavo y sitúa su punta en el centro de la circunferencia. Respira hondo y da el primer golpe ayudada por una piedra. Luego mira orgullosa el orificio perfecto que ha logrado de un solo y certero movimiento. En cinco minutos ha violentado todas las lunas. Y procede a enhebrarlas con una lienza. Para su fortuna –o acaso, desgracia- después de su nueva adquisición, nadie se le acercó. Hasta el día de hoy mueve las manos como si tuviera entre ellas su run-run y la gente, como adivinando, se mantiene a una distancia prudente.

Hoy no se llama Segunda y no está más su abuela. Hoy es Ninon, una mujer madura que recorre el destartalado sitio que aparece retratado en la postal que compró bajando del avión. Se sienta en lo que queda de una derruida muralla de la que alguna vez fue la pulpería de su padre. ¡Qué pequeño le parece todo! Las cosas se han encogido como tela de mala calidad. Sólo los cerros permanecen inmensos…y coloridos. Mira a su alrededor y ve el viejo pimiento, rodeado por una pequeña cerca donde aún pueden verse los restos del brillante celeste con que estaba pintada. Sus ojos recorren lentamente los gruesos nudos del árbol y, mirándolo, se pregunta cómo es posible que haya sobrevivido. Lo que no sabe Ninon, es que lo mismo piensa el pimiento de ella.