<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644</id><updated>2012-02-16T16:59:40.215-08:00</updated><title type='text'>Cuentos de Nathalie</title><subtitle type='html'>Aquí encontrarás algunos de mis relatos.
Espero que los disfrutes.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>15</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-8847536312236253281</id><published>2012-01-10T05:53:00.000-08:00</published><updated>2012-01-10T05:53:37.205-08:00</updated><title type='text'>EL HOMBRE QUE VOLABA</title><content type='html'>&lt;span style="color: #666666; font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;(&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;3º Lugar VConcurso Cuentos “Cuéntate Algo” Biblioteca Viva 2011)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif; font-size: 11pt; line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;Mauroandaba por la ciudad a toda velocidad en su bicicleta gris, vestido –era queno- todo de gris. Antes su madre y ahora su novia, no se cansaban de criticarlepor el desdichado color de sus atuendos. A él lo traía sin cuidado laintolerancia a la tristeza de aquellas mujeres (de una de las cuales estabapensando deshacerse seriamente. De la otra, aunque quisiera, no había cómo). Maurocursaba el último año de su carrera, la que habría abandonado desde el primerdía. Pero estaba la pensión de su padre en juego, las amenazas de la madre, lossermones del cura del colegio, el ejemplo de su hermano mayor, en fin, untropel de gente que debía mantener a raya. Comparado con ellos, cualquier cosaera más fácil de soportar. Afortunadamente, quedaba menos de la tortura dememorizar contenidos para regurgitarlos frente al pelícano de turno. Apenas unsemestre de seminario de título y la esperada práctica como diseñador que le permitiríallevarle a su madre el famoso “cartón”; aquel título profesional que con elcorrer de los años se había convertido en el salvoconducto de su libertad.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif; font-size: 11pt; line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Eramartes y Mauro estaba particularmente feliz. Le aceptaron sin problemas elproyecto de título y su profesor guía lo había recibido con café y un abrazo.Por si fuera poco, asistió a una reunión en una prestigiosa empresa paracoordinar la implementación de un proyecto donde él podría hacer la práctica.La reunión había sido distendida y obtuvo la confirmación para participar en laejecución de varias tareas. Cuando salió del edificio, se cruzó con Rainer, elcubano de dos metros que fue novio de su hermana, quien apenas lo miró. A Maurole dio risa acordarse del primer y único intercambio con ese personaje por elque su hermana se derretía y que él, tratando de ser amistoso y quebrar elhielo instalado en el rostro de sus padres cuando fue presentado a la familia,lo había recibido con un “¡Ah, ¿Te llamas así por el gran Rainer María Rilke?” Elmentado había mirado a Mauro como quien observa un pescado con orejas, luego delo cual –y antes de darse la vuelta ofendido- sólo abrió la boca para decir “Yono me llamo María”. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Todavíariéndose, Mauro fue hasta donde había amarrado su bicicleta y se sentó a fumarun cigarrillo. No fumaba mucho, pero había momentos como éstos en que le veníade maravilla. Sabía que el cigarrillo no ayudaba a pensar, pero a él sí. Miróla hora y se percató de que aún era temprano, por lo que alcanzaba a ir alterminal de buses a dejar la encomienda para su abuela (como todo unCaperucito, se rió). El paquete -que había armado con paciencia de monjetibetano- contenía un frasco de Nutella, esa crema de chocolate que su queridaviejita disfrutaba como niña, pero que no encontraba en el escuálido almacéndel pueblo donde vivía. Tres Esquinas, en rigor, no era un pueblo sino apenas yliteralmente, tres esquinas. Dos caminos de tierra que se cruzan deberíanformar cuatro esquinas pero, no me pregunten por qué, aquí había tres y Mauroen su adolescencia, había pasado tardes enteras intrigado por aquel misterio. Suincomprensible conducta de estarse parado mirando al infinito por horas, habíadesconcertado a cuanto campesino se le cruzaba (después de todo, ellos estabanhabituados a convivir con lo absurdo). En el paquete que Mauro preparó, tambiénhabía cuatro pares de calcetines de pura lana que sabia la harían feliz y queella, aunque pudiera pagarlos, se negaba a comprar por considerarlos un lujo. Ylo mejor de todo, el mejor abrigo y alimento: un original libro comprado desegunda mano en el barrio de San Diego con el cual Mauro había sentidoescalofríos, se había enternecido hasta la médula y se había reído a morir,curiosa combinación que sabía sería el deleite de su abuela. “La felicidad delos ogros”, esa rara novela que tenía todo lo que una buena historia necesitapara ser irresistible: ternura, humor y espanto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Mauroentregó la encomienda y satisfecha su alma, decidió que podría permitirsedisfrutar de un almuerzo de verdad en alguno de los boliches del sector.Normalmente comía emparedados comprados en cualquier parte (prefería los de unaperuana que se instalaba a un costado de su universidad), pero hoy teníatiempo, y sobretodo ganas, de darse un gusto. Pidió una cazuela, que llegóhirviendo en paila de greda y rociada de cilantro fresco picado. El garzón leacercó un pocillo con pebre acompañado de tres pancitos amasados. Untó un trozode pan en el pebre mientras los vapores de la cazuela y la fragancia delcilantro le bañaban el rostro. Qué poco se necesita para ser feliz, pensó.Acababa de terminar de comer cuando vio a lo lejos la silueta de Martina, unaamiga de toda la vida de la cual estaba enamorado de toda la vida. Sonrió.Ojala se pudiera detener el tiempo, dijo en un murmullo para sí mismo y selevantó para hacerle señas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Elamor de su vida abrió los ojos inmensos así y apuró (estaba seguro) los pasoshacia él. Le sonrió (de eso no cabía duda y cualquier transeúnte podíacorroborarlo) con ojos, boca y mejillas, incendiándosele la cara como si hastaantes de que él la llamara hubiera sido un globo desinflado que al oír sunombre (dicho por él quería creer, aunque no había forma de asegurarlo) sehubiera hinchado de alegría y se hubiera vuelto toda ella, pura alegría. Mauroquedó pasmado. No supo qué decir y, para cuando se le ocurrió, le preguntócuatro veces cómo estaba. Le sudaron las manos, se le disparó el corazón. Alinclinarse para saludarla (Martina apenas le llegaba al pecho), volcó un vaso ylas servilletas. Se sintió torpe, inadecuado, feo e indigno de ella. O sea-habría sentenciado su abuela de saberlo-, todo lo que siente cualquiercristiano verdaderamente enamorado. Martina, que cinco minutos antesescudriñaba el asfalto con el ceño fruncido como si buscara una joya perdida–cosa que de algún modo era cierta- ahora se reía hipando. Quince minutostranscurrieron así, brevísimos para ellos y eternos para el malhumorado garzónque barría los pedazos de vidrios entre los pies de la pareja que se reía estruendosamentevaya uno a saber de qué.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Eslo más lindo que he visto, pensó Mauro, cepillando con la mirada el pelo deMartina. Lo llevaba suelto –así lo había preferido siempre Mauro-, desordenadoy tan largo, que en su delirante revoloteo, alcanzaba a hacerle cosquillas aél. Ella trataba de atrapar los mechones que bailaban excitados, pero sus manoseran tan pequeñas que resultaba inútil el intento. Sin pensarlo, Mauro alzó unade sus manos, enorme, casi del tamaño de la cabeza de ella y las serpientes rebeldesde la delicada medusa se doblegaron obedientes, dejándose atrapar. Martinaaprovechó el gesto y en un rápido movimiento las sujetó con un elástico. Maurose puso triste. Si fuera por él, habría impedido tan cruel atadura. Por unsegundo se permitió soñar que llegaba el día en que liberaba ese cabello detodas sus amarras y gobernaba para siempre en esa magnífica cabellera. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Martinase quejó de su pelo. Me encantaría tenerlo como las mujeres orientales, dijo,liso y pesado como una cortina. Tu pelo es lo más lindo que he visto, se leescapó a Mauro. Y quedaron los dos como detenidos, como si no hubiera sidoMauro quien hablara, sino un tercero que les gritaba ¡Momia!, igual que cuandojugaban en el colegio y a más de la mitad de los compañeros les faltaba undiente. ¿Tenía algodón en los oídos? Claro que no. Pero entonces ¿Por qué Maurono escuchaba nada? ¿Por qué el mundo, de un momento a otro, había decididoquedarse en silencio? Soñaba, claro que soñaba. Esto no es cierto, pensó Mauro.Esto no puede estar ocurriendo. La vida está allá, puedo verla fluyendo en elriel de al lado, de donde me corrí al tropezar con Martina. No cabe duda, ellame saca de mí. Siempre lo ha hecho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Metengo que ir, mintió Martina sin saber por qué. Habló su boca, no ella,traicionándola como tantas veces. Las palabras de Martina rompieron el hechizode las momias. Si siguieran en el colegio, habrían sido salvados por esecomentario, pero ahora a los dos les dolió salvarse. Hubieran querido perder,seguir perdiendo, con tal de estar así, tan cerca, que compartían el aliento, ylos ojos no se cansaban de beberse, los unos en los otros. Pero despertaron -¿ovolvían a dormirse?- y se despidieron sin cruzar palabras, rozándose apenas lasmejillas.&amp;nbsp; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Maurosalió descompuesto del callejón donde habían quedado el restaurante y losvestigios de alegría que la aparición de Martina había coronado y al mismotiempo, hecho desaparecer. Montó su bicicleta y comenzó a pedalear con furiacomo si huyera; como si fuera posible huir de los fantasmas; como si bastaraencender una&amp;nbsp; lamparita en mitad de lanoche para hacer desaparecer los pesados pasos que escuchaba prístinos subiendopor la escalera de su alma. Siguió pedaleando con energía. Luego se enderezó yquitó las manos del volante. Le encantaba esa sensación. Sus piernas obedientesy aplicadas, ejecutando una danza sincronizada y su cuerpo erguido oteando elhorizonte. Sí, parecía un centauro. En su loca carrera trataba de aferrarse almítico animal. Persiguiendo su imagen, pretendía apoderarse de su fuerza; de lafuerza que él tanto necesitaba en esta hora para deshacerse de los espectros ydel sudor frío en la espalda que le pesaba como una mochila donde los cargara. Casino había vehículos en la calle y la noche se dejó caer con caprichoso apuro.Mauro decidió tomar la ruta más larga hasta su casa. Cruzó por delante de laantigua cárcel y cuando casi estaba frente al bar &lt;st1:personname productid="La Piojera" w:st="on"&gt;La Piojera&lt;/st1:personname&gt;, lo vio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Maurono sabe por qué aquel viejo le inspiró ternura. Era un hombre pequeño, medioencorvado. Iba hablando solo y se reía cada cierto tiempo. Cada paso que dabalo hacía con cautela, como si buscara las piedras sobresalientes para cruzar elriachuelo que había en el campo de su padre allá en Tres Esquinas. Elevaba unpie y lo dejaba detenido en el aire, tratando de encontrar el mejor apoyo, perotanta meditación lo desestabilizaba y terminaba cayendo bruscamente. Elborracho miraba desconcertado, como un niño que aprende a caminar y no entiendepor qué se viene abajo. Con gran esfuerzo logró sentarse. Se palpó lospantalones húmedos de su propia orina. Su mamá lo iba a regañar por andar denuevo jugando en el río. Para ahorrarse el castigo que le seguiría, Fulgenciodecidió quitarse los pantalones para ponerlos a secar a la orilla, encimita deesa roca de forma tan rara, parecida a un grifo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Maurose rió del hombre que tambaleando, trataba de bajarse los pantalones. Disminuyóel ritmo de sus pedaleos para mirarlo mejor. Después de todo, resultaba unabuena distracción. Repentinamente, como si lo hubieran llamado por su nombre,Fulgencio se enderezó y se quedó contemplando a Mauro que del otro lado de lacalle y de brazos cruzados, se desplazaba como flotando. La nube que habitaba enlas pupilas del anciano no le permitió ver la bicicleta sobre la que iba Mauro.Sólo veía a un hombre que era todo lo que él había deseado en la vida: unhombre que volaba. El borracho empezó a aplaudir y a reírse apuntando a Mauro.¡Está volando, está volando! Gritaba como si quisiera que el mundo despertara yviera lo que sus cenicientos ojos celebraban: un hombre cruzando la avenidamoviendo las piernas en el aire. ¡Yo también sé volar! ¡Yo también sé volar! decía,mientras daba tumbos y aleteaba torpemente. A Mauro el terror le erizó la piel.Aguantó la respiración, sobrecogido frente a ese anciano con los pantalonesabajo que dejaba las consumidas piernas a la vista; piernas macilentas,violáceas, de huesos chuecos que revelaban ser los precarios sobrevivientes deuna cruel enfermedad (Mauro no se equivocaba: Fulgencio había padecido latemprana dentellada de la poliomielitis; hiena cruel que Fulgencio, aun a susavanzados años, todavía escuchaba reírse cada cierto tiempo). Sin pretenderlo,ese viejo que agitaba sus brazos de arriba a abajo, cayéndose y volviéndose aparar, fracturaba a Mauro en lo más profundo de su ser. El doloroso destello lepareció una mano que con violencia volvía de revés la realidad y dejaba encarne viva las heridas de ese tejido; las huellas donde los puntos perdidoshabían sido enmascarados con una costura. Ese anciano era una costura. Eseanciano borracho intentando volar era la encarnación de un grosero zurcido; laburda sutura de una vida que no había sido. A Fulgencio se le desgarraba lagarganta a cada grito y no cejaba en el absurdo afán de remontar vuelo. Paracuando logró pararse de la enésima caída, se iluminó. “No se me puede ir, no seme puede ir” empezó a decir una y otra vez para animar su cuerpo que comenzabaa flaquear y emprender una carrera para abrazar a Mauro que no creyó lo queveía: un borracho descontrolado que de brazos abiertos, se abalanzaba sobre él.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Elchoque sonó como el de un huevo contra el piso. Mauro, salvo una levemagulladura, salió ileso. El anciano, cascarita frágil, sangraba profusamente.Temblando de pies a cabeza, Mauro se acercó. Imbécil, imbécil, le gritaba alborracho agarrándolo de la solapa. El anciano abrió los ojos con las sacudidasy sonrió. Yo lo vi volar, murmuraba incansable la lengua torpe que trataba deabrirse camino entre borbotones de sangre. Mauro, intentó levantarlo, mientrasFulgencio luchaba con ese río que amenazaba con llevárselo. Pero fue inútil.Más que hombre, Fulgencio parecía una gaviota herida que hubiera perdido su mary agonizara empantanada. “Después de &lt;st1:personname productid="la Carmencita" w:st="on"&gt;la Carmencita&lt;/st1:personname&gt;, usté es lo más lindo que he visto”,fue lo último que alcanzó a entender Mauro antes que la voz se ahogara,arrastrada por la corriente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Dosdías más tarde, la abuela de Mauro recibió el aviso de que le había llegado unaencomienda. Se arregló como si fuera su cumpleaños y canturreando salió de sucasa. Caminó un buen trecho a paso vigoroso, ansiosa de alcanzar cuanto antesla vía principal donde pasaba la micro que la llevaría hasta Chillán. Al llegara la ciudad aun no se apagaban sus jadeos, pero no le importó. Pasó al terminalde buses y retiró el paquete que le había enviado su nieto. Con el regalo bajoel brazo, fue al mercado. Compró aceite, harina de avellanas, La Discusión –periódico local- y El Mercurio de Santiago, el que en realidad no leía: sólo paseabalos ojos por las fotografías como frente a un álbum de laminitas, pues mirandolo que su nieto miraría, sentía que lo tenía más cerca. Entonces vio lanoticia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 200%; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia, 'Times New Roman', serif;"&gt;Elque le tiraba las trenzas si se descuidaba, el que le dejaba en su banco de laescuela medio pan con chicharrones, el que se peleaba por ella hasta queinvariablemente terminaban rompiéndole la cara, el que nunca se atrevió ahablarle, el que en los recreos jugaba solo, emprendiendo carreras bizarrasmientras agitaba los brazos queriendo volar (¿por qué Dios no lo había hechopájaro?), el que día por medio llegaba con los pantalones mojados y se burlabande él diciéndole que se había orinado, ese a quien el frío había vuelto viejo alos nueve años, dejándole costras en las mejillas y manos ajadas que a vecessangraban, el que después de la muerte del padre nunca más volvió a la escuelay lo veía a lo lejos acarrear ovejas, el que sólo una sola vez había vistollorar cuando la profesora le puso un siete en su cuaderno y les dijo a todosque deberían ser como él, y él se desplomó como chincolito, herido por aquellacaricia intolerable en su cuerpo acostumbrado a los golpes. Ese Fulgencio RivasRivas había muerto tirado en la calle.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-8847536312236253281?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/8847536312236253281/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2012/01/el-hombre-que-volaba.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/8847536312236253281'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/8847536312236253281'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2012/01/el-hombre-que-volaba.html' title='EL HOMBRE QUE VOLABA'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-4816440986383749450</id><published>2011-11-02T06:51:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:55:52.453-07:00</updated><title type='text'>LUCIÉRNAGAS</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal"&gt;(Finalista III Premio Algazara de Microrrelatos 2010, España)&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CL"&gt;Respiró aliviado. La angustiosa caminata llegaba a su fin. Era un adolescente cuando descubrió la dulzura de aquella calle, y aunque habían pasado veinte años, pudo constatar que, para su fortuna, Dios no se había manifestado en toda su crueldad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CL"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CL"&gt;Se arregló el pelo y empezó a caminar lentamente. A medida que avanzaba, una amplia sonrisa se instaló en su rostro, al tiempo que salidas de la nada, iban apareciendo amorosas luciérnagas que primero tímidas y luego confiadas, se le acercaban y danzaban a su alrededor. ¿Cómo no iba a estar feliz? Poco a poco iban cediendo las telarañas de la seriedad con que se había vestido en la adultez y donde antes había un callejón oscuro como su soledad, ahora se abrían paso titilando y alborotadas, una decena de vaginas encendidas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-4816440986383749450?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/4816440986383749450/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/11/luciernagas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4816440986383749450'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4816440986383749450'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/11/luciernagas.html' title='LUCIÉRNAGAS'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-4913214466824617330</id><published>2011-11-02T06:41:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:49:34.251-07:00</updated><title type='text'>UN CLICK</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family: Garamond, serif; font-size: 19px; "&gt;(Mención Honrosa III Concurso Literario Internacional Lomas de Solymar 2009, Uruguay)&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Dejé de verlo hace mil años. Dejé de verlo hace mil aguas con sus respectivos mil puentes. Y hoy con un click, lo encontré. En su búsqueda me movió la desidia y la incredulidad, o acaso mi infatigable costumbre de andar provocando a los Dioses. Ahora sé, con certeza, que se deben estar riendo de mí.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Quedé congelada y palpitando, igual que la página donde aparece él. Decido ir por un café, a ver si con eso pasan otros mil años. Tengo tres tazones disponibles, pero elijo lavar el cuarto, que reposa desde ayer en el lavadero. Lo prefiero sobre cualquiera. Será porque tiene grabada la fotografía de un instante memorable. En buenas cuentas, más que un tazón -y dependiendo del día- es un faro o un consuelo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Vuelvo a mi escritorio y su página titila en la pantalla, pese a la ingenua pretensión de que mi demora hubiera borrado cualquier rastro de él. Me acomodo frente al teclado de mi computador como ante mi verdugo, mientras late insistente en mis sienes un “tú te lo buscaste”. Respiro hondo para calmarme y me digo que no hay de qué preocuparse porque, en rigor, no ha pasado nada. Él está ahí, en la pantalla, a un océano de mí y ni sabe –ni tiene por qué saber- que todavía existo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Me río. Me siento como una niña que se niega a vestirse y salta juguetona en la cama, liberada del peso de sus ropas. Entonces suena el teléfono, y su insistencia me obliga a un aterrizaje forzoso a la realidad, borrando de un manotazo los saltos, las carcajadas, el vértigo y el pelo desordenado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Vuelvo al punto cero, paralizada frente a la pantalla. Su fotografía sigue ahí, junto a los fabulosos edificios que puede construir y el intimidante directorio del que forma parte. El conjunto resulta imponente. Pero a la evidencia se le abre una fisura y ahora me parece estar frente a un castillo de naipes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:14.0pt; font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="font-size:14.0pt;font-family:&amp;quot;Garamond&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language: ES;mso-fareast-language:ES-MX;mso-bidi-language:AR-SA"&gt;¿Puede un mínimo movimiento cambiar el curso de una corriente marina? No lo sé. Sólo sé que estoy a un click de mostrarle que yo, aún respiro. Sólo sé que estoy a un click de, posiblemente, desordenar su vida. Y a un click de desordenar la mía, definitivamente.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-4913214466824617330?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/4913214466824617330/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/11/un-click.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4913214466824617330'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4913214466824617330'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/11/un-click.html' title='UN CLICK'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-3142546333099893052</id><published>2011-04-13T16:51:00.000-07:00</published><updated>2011-04-14T05:38:08.402-07:00</updated><title type='text'>BREVE HISTORIA DE CIERTA MUJER QUE DE TAN GRANDE NOMBRE, NO NECESITA APELLIDO</title><content type='html'>(Primer lugar Concurso Prodemu)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-_3K1OJul0a0/TabqSsejfVI/AAAAAAAAAEM/S_WY7UFJa_0/s1600/Breve%2Bhist%2B1.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 292px; height: 400px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-_3K1OJul0a0/TabqSsejfVI/AAAAAAAAAEM/S_WY7UFJa_0/s400/Breve%2Bhist%2B1.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5595417193952279890" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-5SmzDrVRAJs/TabqM9f0ghI/AAAAAAAAAEE/_AbMd8u5uf0/s1600/Breve%2Bhist%2B2.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 282px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-5SmzDrVRAJs/TabqM9f0ghI/AAAAAAAAAEE/_AbMd8u5uf0/s400/Breve%2Bhist%2B2.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5595417095441777170" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-lKn1vcRQyKo/TabqGRAYgxI/AAAAAAAAAD8/n72CHO4O_Zk/s1600/Breve%2Bhist%2B3.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 283px; height: 400px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-lKn1vcRQyKo/TabqGRAYgxI/AAAAAAAAAD8/n72CHO4O_Zk/s400/Breve%2Bhist%2B3.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5595416980419543826" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-mWXRA8meigA/Tabp3r5FZGI/AAAAAAAAAD0/gKQeORdMGQE/s1600/Breve%2Bhist%2B4.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 275px; height: 400px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-mWXRA8meigA/Tabp3r5FZGI/AAAAAAAAAD0/gKQeORdMGQE/s400/Breve%2Bhist%2B4.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5595416729938650210" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-iJ52buQ8sxc/Tabpug2j9AI/AAAAAAAAADs/aGSfTIAKlDs/s1600/Breve%2Bhist%2B5.JPG"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; cursor:hand;width: 266px; height: 400px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-iJ52buQ8sxc/Tabpug2j9AI/AAAAAAAAADs/aGSfTIAKlDs/s400/Breve%2Bhist%2B5.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5595416572356457474" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-3142546333099893052?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/3142546333099893052/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/blog-post_13.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3142546333099893052'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3142546333099893052'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/blog-post_13.html' title='BREVE HISTORIA DE CIERTA MUJER QUE DE TAN GRANDE NOMBRE, NO NECESITA APELLIDO'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-_3K1OJul0a0/TabqSsejfVI/AAAAAAAAAEM/S_WY7UFJa_0/s72-c/Breve%2Bhist%2B1.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-1175429888385496837</id><published>2011-04-11T16:58:00.000-07:00</published><updated>2011-04-11T17:03:53.781-07:00</updated><title type='text'>LA MUDA</title><content type='html'>(Mención Honrosa Concurso Cuenta La Pega 2010)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muda, pintaba. Desde que era niña, trozos de madera y cajas de cartón eran presa fácil de sus colores. En el último año del liceo tuvo la fortuna de conocer a una profesora de artes que comprendió el mal que padecía; que comprendió cómo se le ablandaban los huesos si le quitaban un pincel o cómo la euforia podía apoderarse de ella frente a unos envases de pintura y diluyente. Como era de esperar, se hicieron grandes amigas. La profesora volvió a entusiasmarse con la clase que dictaba. Y pese a que cuarenta y cuatro jóvenes solían mirarla con fastidio, le bastaba esa única alumna mirándola como ella miraba cuando tenía diecisiete años; como cuando sentía que una lanza le atravesaba el pecho frente a un trazo furioso y no le salía la voz del asombro, y era toda ella, asombro. Le bastaban a la profesora esos ojos, digo, los de la eterna asombrada, para ser feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marta, la muda, también era feliz. La profesora hablaba y gracias a sus muchos, y bien vividos años, rápidamente dominó el trasfondo y las variaciones en el lenguaje con que Marta le respondía: las muecas y pestañeos de la joven, no tenían ningún secreto para ella. De hecho, hasta hacían chistes y se reían a puros guiños mientras los compañeros de Marta las miraban como a un par de chifladas. La única vez que Marta se preocupó por la extrañeza que podía provocar en los demás lo que a ellas les pasaba con la pintura, la profesora despejó las oscuras nubes con la leve brisa de un cometario: el sordo siempre cree que los que danzan, están locos- dijo. Y a Marta se le fueron todas las dudas, volviendo a ser su frente un cielo despejado.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marta quería ser pintora. Reunió a su familia y con las manos en alto (palomas frenéticas, expertas en gramática aérea), comunicó su decisión de convertir en oficio, su manía infantil por colorear. -Pintora y muda. Vaya combinación. ¿No se le ocurría nada mejor?- fue lo único que dijo su padre, para luego dar vuelta la cara como si hubiera tropezado con un borracho. Mucho más tarde buscando trabajo, Marta vio esa mueca tantas veces repetida, que llegó a convencerse que ese gesto había inaugurado para ella la bien temida adultez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;La muda, soy yo. No, no se preocupe ni se incomode, señor. No necesita correr la vista ni ofenderme con su compasión. Yo estoy tan bien como cualquiera. O sea, no mucho. Pero eso no tiene nada que ver con que no me salga la voz. Qué en qué trabajo, pregunta usted. Y mis manos le responden moviendo todos los dedos. ¡Qué risa, cree que soy pianista! Claro, claro, aplaudo. No vale la pena descifrar el abismo hasta llegar a mi fatigosa tarea como digitadora. ¿Y no se aburre? Niego con la cabeza. Sí y mucho. Hay momentos en que la rutina me agobia; momentos en que tiraría todo a la basura. Pero soy afortunada: en mi trabajo si soy muda, no se nota. En cambio mi hermana no puede disimular su belleza y más temprano que tarde, termina despedida por no cumplir el requisito de abrir las piernas. En tales ocasiones, la consuelo con una sopa caliente que es como las mujeres nos curamos las heridas (de parto, de amores, de vida).Y nos ausentamos un rato del mundo, para poder volver a él: yo retomo mis pinceles y ella le quita el bozal a su risa –esa que afuera despierta demonios- y la deja correr por la casa, alborotándolo todo.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-1175429888385496837?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/1175429888385496837/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/la-muda.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/1175429888385496837'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/1175429888385496837'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/la-muda.html' title='LA MUDA'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-1976069087690270486</id><published>2011-04-03T16:37:00.000-07:00</published><updated>2011-04-03T16:46:34.763-07:00</updated><title type='text'>MARÍA CON ALAS</title><content type='html'>(Tercer Lugar V Festival Internacional de Bicicultura 2010, Santiago, Chile)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La bicicleta pendía de un gancho en el muro del pequeño balcón (en realidad, todo era pequeño en el nuevo departamento). El gancho era parecido a esos de las antiguas carnicerías donde colgaban a los animales casi enteros; carnicerías que despedían un fuerte olor que causaba náuseas, que en vez de puerta tenían una cortina de tiritas de plástico, donde en cada esquina del techo había bolsas de un liquido transparente que supuestamente espantaba a las moscas, carnicerías de esas que cuando comprabas un trozo de carne te lo envolvían en un periódico. Así de vieja soy. Calculé que yo debía tener la misma edad de la bicicleta, pobre cadáver al que sólo le faltaban las moscas, pero que me producía los mismos escalofríos de presenciar el vestigio de un animal que alguna vez había corrido. De la bicicleta no sabría decir si la pintura era gris o su color era producto de la pátina de suciedad y grasa acumulada durante el tiempo que llevaba a la intemperie. Tenía mucho óxido y la cadena estaba cortada, uno de cuyos extremos colgaba como una lengua muerta. Sí, más que bicicleta, parecía el cadáver de un ahorcado que nadie tuvo la piedad de enterrar. A través del corredor de propiedades traté de dar con el arrendatario anterior para decirle que había olvidado su bicicleta. Mi marido se rió de mi ingenuidad pues creía que el asunto no había sido olvido sino astucia: el antiguo dueño la consideraba deshecho y la había dejado deliberadamente para ahorrarse el trabajo de llevarla al basural. Pasaron más de dos semanas durante las cuales decoré el living, arreglé los closets y distribuí los artefactos de la casa anterior. Bueno, los que cupieron. El resto los regalé. Para mi sorpresa, me deshice con facilidad de la mitad de las cosas que tan sólo unos años atrás me parecían imprescindibles. No hacía mucho habría matado por mi arrocera eléctrica y ahora me parecía el aparato más inútil de la tierra, lo cual sólo demuestra que uno nunca termina de conocerse. Lo mejor de todo, era lo liviana que me sentía. A este paso voy a terminar como Diógenes, pensé, que sólo cargaba consigo un cacharrito para beber agua del cual también se desprendió al poco tiempo, porque descubrió que el cuenco formado por sus manos cumplía idéntica función. Sin mucho esfuerzo de nuestra parte, el departamento se había convertido en nuestro nuevo hogar. Ajustamos perfectamente él y nosotros como si nos conociéramos de antes. Hasta Roberto, mi marido, reconoció que aunque llevábamos tres semanas, le parecía estar viviendo aquí de toda la vida. Incluso las decenas de fotografías de nuestros hijos y nietos se acomodaron con facilidad. De hecho, llegué a pensar que los muros se estiraban para hacerle un lugar a los marcos que custodiaban algún instante sublime de nuestros amores. En fin, nuestra nueva vivienda lucía impecable, salvo por la bicicleta que seguía donde mismo. Se suponía que alguien se había mostrado interesado en ella, pero ese alguien nunca llegó. Así es que una mañana me armé de valor y con mucho esfuerzo logré sacarla. La apoyé en la pared de la entrada y en el lugar que antes la alojaba, amarré un precioso macetero pintado por mi hija que tenía una frondosa mata de cardenales color rojo y fucsia. Sé que es una flor común, pero a mi me encanta. Mi abuela la cultivaba de todos los colores y tenerlas a ambas cerca, me hace bien. Por ello, estaba feliz con la explosión de colores que ocupó el sombrío lugar de la bicicleta. Me sacudí las manos y me giré para terminar mi labor de ese día: acarrear la bicicleta hasta la portería para que se la llevaran. Lo curioso es que reclinada en el muro dejó de evocarme un cadáver. Ahora más bien parecía un enorme y viejo perro que durmiera. Le pasé un paño por el lomo y se estremeció. Me dio risa. Cada vez estoy más loca, me dije. Y decidí subirme a la bicicleta, apoyando mi mano en la pared para mantener el equilibrio. El dueño anterior debía ser un gigante a juzgar por el alto del sillín. Debe sacarle dos cabezas a Roberto. A propósito, la llegada de Roberto siempre es precedida por un suave tintineo de llaves y el roce de la suela de sus zapatos en el limpiapies de la entrada. Sin embargo esta vez no lo escuché. Repentinamente abrió la puerta y no tuve tiempo de bajarme. Mi marido me miró sorprendido y yo me sentí como si me hubiera descubierto en una infidelidad. Con el mismo cosquilleo en el estómago como si fuera cierto que a mis años tengo un amante, decidí arreglar la bicicleta. La pulí, la engrasé, reemplacé la cadena rota y las llantas. Le compré un nuevo sillín (que ahora son más blandos porque vienen rellenos con gel) y la pinté rojo bermellón. “A alguno de nuestros nietos le servirá” le mentí a mi marido cuando levantó los ojos al cielo como cada vez que tropezaba con alguna de mis ocurrencias (no necesita decirme que me ama en la misma medida que no me comprende). A pesar del cansancio, no cejé en mi afán de resucitar la bicicleta. Es raro, pero dedicada a ella sentí la misma felicidad de cuando despertaba a mis hijos para ir a la escuela. Mientras estreno mi bicicleta con la excusa de ir a ver a nuestro hijo que vive a dos cuadras, recuerdo a Teresita, una amiga a quien una vez, después de mucho tiempo, encontré en el supermercado. Cuando nos poníamos al día de las últimas novedades (algunas de las cuales no era necesario relatar pues saltaban a la vista, como sus pechos de silicona y su rostro tirante de muñeca de plástico), no pude evitar ver que entre las cosas del carro había un paquete de toallas íntimas. “Ahora vienen con alas” me dijo, con la naturalidad de una treinteañera. No habría nada de raro en su comentario, si no fuera que ella tiene el doble de esa edad. Teresa, en su desesperación, es capaz de someter su cuerpo (acaso también su alma) a una feroz mutilación por fingir que el paso del tiempo no tiene lugar el ella. Pero no engaña a nadie, salvo a sí misma. Por eso no pude decirle nada aquella vez. Tampoco podría hacerlo en este momento, pues entonces y ahora, me embarga la misma inmensa tristeza. Según Manuela, mi nieta mayor, soy la abuela más divertida y moderna porque ando en una bicicleta colorada (la que, con la cruda sinceridad de sus diez años, me hizo jurar que le heredaría cuando muriera). “Ojalá todas las abuelas fueran como tú”, me grita desde la ventanilla del auto mientras yo empiezo a pedalear. No sé si tendrá razón Manuela, pero confieso que desearía que mi amiga Teresa se hubiera atrevido alguna vez a montar una bicicleta. Sin duda, habría descubierto el modo de tener alas de verdad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-1976069087690270486?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/1976069087690270486/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/maria-con-alas.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/1976069087690270486'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/1976069087690270486'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/04/maria-con-alas.html' title='MARÍA CON ALAS'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-8874239111905305462</id><published>2011-03-23T04:19:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:38:07.455-07:00</updated><title type='text'>FORWARD</title><content type='html'>(Segundo Lugar Concurso Modesto Perera 2010,Valparaíso,Chile)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella entró a la cafetería como siempre, pidió lo de siempre con el ánimo de siempre. Él, del otro lado del mesón, se giró y dijo “Claro”, con una naturalidad que la sorprendió. Ésa no era la forma de responderle según el riguroso protocolo de esa exquisita cafetería, donde la saludaban como a una vieja amiga y ella era feliz por creérselo. El tipo era nuevo, qué duda cabía, porque tampoco le preguntó el nombre para anotarlo en el vaso que contendría su perfumado café y así poder llamarla luego, con una voz cálida y sonrisa de dentífrico, avisándole que estaba listo su caramel macchiato.  Él no hizo nada de eso, sino que algo peor: al no repetir como debía la bienvenida estipulada en los manuales de inducción de esa famosa cadena de cafeterías, ella –que andaba como cada mañana, con piloto automático y velocidad de crucero- hizo el ridículo diciendo a viva voz “Nahime” cuando nadie le había preguntado nada. Él la miró extrañado, pues no supo si lo que había oído era una llamada de atención o una extravagante fórmula de combinación de chorritos de café, espuma de leche y esencias que no recordaba haber estudiado en la capacitación que le hicieron. Ella se puso colorada de vergüenza. Y aparecieron unas gotas de sudor en su nuca que por fortuna nadie notó, salvo ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él le dijo “¿Perdón?”, como tratando de entender lo que había escuchado o mas bien pidiéndole que lo repitiera. Y tuvo que mirarla atentamente para ver si al responderle, ella confirmaba un insulto o nada más se trataba de una extranjera que hablaba un dialecto que le resultaba desconocido. Después de todo, en esa cafetería solían reunirse la más diversas personas, con distintos acentos y colores de piel. Eso sí, aunque pudieran encontrarse en el mismo lugar ejecutivos con un traje que costaría seis meses de su sueldo o estudiantes de jeans gastados, ninguno de ellos –de eso estaba seguro- sabía lo que era tener como cena una taza de té con pan con cebolla frita, tres veces por semana. Tampoco ella. Tampoco esta frágil figura que lo miraba con ojos inmensos y tan negros que no podían distinguirse las pupilas en ellos; ojos que eran como una larga noche donde perderse o, acaso, encontrarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ella había dicho algo que no entendió y debía estar atento, ahora sí, o se jugaría el trabajo, pues llegar a conocer al cliente hasta adivinarle los deseos, era condición de éxito y futuro prometedor en esa famosa cafetería. Por eso tuvo que mirarle la boca, cosa que nunca hacía porque en el riguroso entrenamiento le habían enseñado que debía mirar a los ojos. Pero se equivocó –otra vez- y se quedó mirándole la boca más allá del tiempo prudente. Ello lo llevó a descubrir el delineado perfecto con que la naturaleza había dotado esa boca, la que, si bien poseía labios más bien delgados, no por ello dejaban de resultar suculentos. Morderlos debía ser como comerse un mango, pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Nahime”, repitió lentamente ella. Sin embargo, no obtuvo ninguna señal de comprensión de regreso. “Me llamo Nahime” debió insistir, ya para entonces molesta y acalorada. Se sacó la colorida bufanda que había tejido para no olvidarse de ella cuando-era-ella y la amarró a su enorme cartera donde acarreaba todos los implementos necesarios para una expedición al África. Él se quedó pasmado y sin saber qué hacer, porque si bien esa boca le había aclarado que lo que escuchó era un nombre, no lograba reproducirlo y menos se le ocurría cómo escribirlo. El lápiz le temblaba en la enorme mano, donde unos gruesos y ásperos dedos demostraban que nunca le había temido al trabajo. Esa mano fuerte, de nervios a la vista, era capaz de cargar desde un estante hasta una mujer. Y lo hacía con delicadeza y precisión de relojero. Pero un lápiz, no. Terminaba reventando uno por día y ya se los habían empezado a descontar del sueldo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fila de gente detrás de la del exótico nombre empezaba a crecer. José María -que así se llamaba él- concluyó que debía, como fuera, decir el nombre de la chica con labios de carne de mamey (hay que ver que su angustia no le impedía corregir con rigor de botánico sus percepciones). El supervisor de la tienda, que desde el segundo piso lo observaba con la calma tensa de la caza, no le quitaba los ojos de encima, recordándole que cuidara sus movimientos. Por algo el águila se había ganado el premio al mejor supervisor de tienda el año recién pasado: como todo buen jefe, poseía la capacidad de gritar sin siquiera abrir la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Najime” dijo José María, con esperanza y a trancos, pero los ojos de piedra de ella lo reprobaron. “No es con jota. Es con hache; una hache aspirada” le comentó ella, con cara de perder el tiempo; con cara de infinito hastío; con cara de profunda decepción frente a la injusticia de que un hombre así de atractivo, atendiera un mesón. ¿Por qué ninguno de sus colegas en el trabajo tenía ese pecho amplio y poblado de vellos donde ella dichosa habría refugiado su rostro recorriéndolo con paciencia de exploradora y dónde, seguramente, habría sorprendido a sus tetillas distraídas y les habría saltado encima para chuparlas sedienta? ¿Por qué nunca había conocido a alguien así en el cumpleaños de alguna de sus ex compañeras de colegio, a los que sólo asistía movida por la esperanza de terminar la noche acompañada y un poquito ebria, besándose en el estacionamiento de la festejada y resistiendo –pero no-, urgiendo –pero no-, a que ese alguien le tocara los pechos? Nuevamente se le humedeció la nuca y debió sacarse su abrigo rojo, pieza por cierto que cualquier buen diseñador de moda habría dicho que era el mejor envoltorio para su piel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella empezó a impacientarse y él se resignó a saltar fuera de borda intentando aprobar el examen de pronunciar ese complicado y bellísimo nombre. Lo intentó de nuevo. Esta vez el nombre no sonó a instrucción militar sino más bien a susurro dicho por alguien que temiera que al subir la voz, quebrara el hechizo de una noche calmada y tibia. Los oídos de ella recibieron con deleite ese “Nahime” pronunciado con un hilo de voz. De hecho, ella inclinó levemente el cuello hacia la izquierda y esbozó el principio de una sonrisa. Si alguien la hubiera mirado atentamente, se habría dado cuenta de que su gesto se correspondía con una mano invisible que la hubiera acariciado. Ese “Nahime” quedó rebotando dentro de ella y, como si se tratase de una pelotita saltarina, daba tumbos alocados que iban de las sienes al corazón sin intención de detenerse. Trató de atraparla, correteando detrás de ella, pero sus reflejos no pudieron con la agilidad de su nombre saltando alegre dentro de ella. Entonces, la boca tímida dio lugar a una sonrisa inverosímil; una sonrisa amplísima capaz de contagiar a quien se cruzara con ella. Nahime trató de controlar esa sonrisa tan descarada para esas horas de la mañana; esa sonrisa que casi resultaba una burla para los rostros de diario financiero que acudían, al igual que ella, a esa cafetería.  Pero la atrapó un franco y estereofónico ataque de risa. José María se subió a ese carro sin querer. En diez minutos, el ambiente de tonos pastel y suave bossanova, se vio interrumpido por el alboroto de estos dos desconocidos que se batían como ventanas celebrando el viento del carnaval. El salón de finas mesas de madera y sillones de cuero fue el epicentro de una inesperada tormenta tropical, con rayos y truenos que electrificaron el aire y que terminó por dejar a Nahime y José María, absolutamente empapados.&lt;br /&gt;Alguien se quejó. Aquí sólo faltan los silbatos y la serpentina-dijo. José María y Nahime corrieron a buscar refugio a ninguna parte. Hubieran dado la vida por hallarlo; hubieran dado la vida por encontrar un lugar donde esconderse y salvarse de las agujas envenenadas que les lanzaban los presentes; hubieran dado la vida por haber sabido huir de ahí, todavía sonriendo. El dolor del puñal en el pecho de cada uno, una vez que escampó, daban prueba de ello. Pero se quedaron tiesos, sin saber qué hacer. El diluvio que recién los había sorprendido, desapareció tan abruptamente como llegó. Se sintieron ridículos y se avergonzaron. Por su parte, los dueños de las eficaces cerbatanas se mostraban complacidos de haber sido capaces de controlar esta revuelta del instinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nahime salió apurada de la cafetería. Al pasar por la puerta, escuchó el fuerte crac de una rotura. Pero no quiso darse vuelta para averiguar lo que había sido, pues no habría soportado una vergüenza más. Pero no había de qué preocuparse. El ventanal de la cafetería estaba intacto, la manilla de la puerta en su lugar y los maceteros donde debían. Además, nadie escuchó que se rompiera algo, porque la música, porque las conversaciones y porque la trizadura había ocurrido… dentro de ella.  Empezó a correr y a llorar casi al mismo tiempo. Le dolía todo el cuerpo y no dejó de dolerle durante toda la semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces la fractura de su alma se cobró con su naturalidad. Ya no se movía como antes. Tampoco hablaba como antes. Nahime pasó una semana así, desplazada de sí misma. Se diría que era casi la misma. Su sonrisa estaba prácticamente en el mismo lugar de las anteriores, apenas corrida unos milímetros de su posición original. Y los ojos sólo se diferenciaban de los de antes, en que se demoraban un poco más en abrirse cada mañana, como si estuviera sumergida en el fondo del mar y sólo contara con sus párpados para mover toneladas de agua. Despertar se había vuelto para ella una lucha por sobrevivir donde debía ocupar todas sus fuerzas en parpadear dos veces más, para poder recibir al mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La semana siguiente a ese encuentro, resultó ser un infierno para ella. No soportaba más a esa compañera inseparable que se había instalado a su lado; esa réplica de sí misma que hacía los mismos gestos, pero con un retardo de segundos, como si se tratase de una película mal enfocada, donde no terminaban de ajustarse la una y la otra. Nahime intentó reiteradamente que ella y su gemela, ella y su lenta imitadora, volvieran a retomar los roles, pero fracasó. Entonces tomó conciencia de que la única forma de unirse; de volver a ser la que era, consistía en encontrar a José María. Ante la idea, se asusta y duda. Y pasa una semana más. En rigor, pasan los días en el calendario, pero no en ella, que está donde mismo. Ella no es así, le grita a esa ella que no es ella y que la mira ausente del mundo. Finalmente, su dolor puede más que los prejuicios y decide volver a la cafetería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entra al local alborozada, se tropieza a la entrada, se ríe de su torpeza y a trastabillones llega hasta el mesón. Pero él no está. Nahime disimula su ansiedad. Su caramel macciato le parece insípido y la cafetería tan cómoda antes, hoy le resulta insufrible. Decide que volverá a la hora del almuerzo, para descubrirlo en su nuevo turno. Pero tampoco lo encuentra esta vez. Debió ser su día de descanso, piensa Nahime y vuelve al otro día, y toda la semana, sólo para comprobar que él ya no está. No puedo seguir desangrándome así, repite como un mantra. Un inmenso dolor le traba la mandíbula y la hace respirar agónica. Sólo quiere deshacerse de ese dolor arrojándolo al fondo de su mar. Y lo intenta: se reprocha lo estúpida ha sido; que es mejor así; que ya no le dirán en la oficina que la notan rara. Ha sido suficiente, se dice, queriendo creer que eso basta para retirar la espina de su carne. Sale rápido del local al que jura no volver. El frío en el exterior la detiene. Se cubre el cuello con su bufanda de tres vueltas y se cruza el bolso. Acomoda su abrigo mientras lo sacude como si pudiera sacarse el polvo del muerto que acaba de enterrar. Busca en los bolsillos sus audífonos y se los pone. Presiona play en su reproductor, pero no le gusta la canción. Decide adelantarla. Ojalá -piensa- pudiera en la vida apretarse esa teclita forward para saltarse ciertos acontecimientos. Por fin encuentra la canción que sintoniza con su alma y que por ello promete regalarle la serenidad perdida. Levanta lentamente la cabeza y entonces tropieza con los ojos de José María, que la observa desde la ventana de una cafetería más chiquita, que está justo del otro lado de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nahime se queda rígida, como si hubiera recibido un baño de cemento. Sólo su pelo se ha salvado de ese manto tan parecido a la muerte. El viento, como queriendo rescatarla, penetra su cabellera y la revuelve. Cada mechón cobra vida propia y ejecuta una danza al ritmo del concierto de esa curiosa ventolera. Desde la cafetería, José María queda hipnotizado con esa medusa que lo seduce a la distancia; con ese cabello que ha cobrado vida propia y le hace las señas, que su dueña no puede. Esos mechones de pelo moviéndose alocados, le parecen a José María los mil brazos de Nahime intentando con desesperación, no hundirse en la soledad. Y no se equivoca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces José María reconoce en ese inesperado viento que no quiere soltar a Nahime, el viento del malecón que se vino con él cuando llegó de Cuba. José María adivina que, si bien él se había resignado a perderla, no lo había hecho el huracán que lleva dentro. Confirma el acierto, la aparición en su boca de una sonrisa de infinitos y blancos dientes, coronados en la comisura de los labios, por dos coquetas arrugas. José María sale de la cafetería y cruza corriendo la calle hasta llegar a ella. Cuando la alcanza, el viento se calma y se convierte en una brisa juguetona. Él levanta los brazos para dibujar alrededor de ellos los muros que nadie se atreverá a traspasar. Una sonrisa le entreabre la boca a Nahime y José María aprovecha el gesto para irse de cacería, trayendo de vuelta –orgulloso- la rosada lengua de ella aprisionada entre sus dientes. A pura lengua José María libera a Nahime de su traje de piedra. Sus manos atraviesan las caderas de Nahime, hurgando los tendones con decisión carnicera. Sus garras llegan hasta los delicados huesos de ella y sus ojos, ahora lúbricos y fieros, le dejan en claro a Nahime que buscará insaciable su médula y la beberá hasta agotarla. Finalmente, las carcajadas de él ablandan las piernas de Nahime, que decide seguirlo hasta su guarida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el camino, recorren los rincones de cada uno y visitan, como en un cementerio, a cada uno de sus muertos. Sólo por un segundo Nahime se asustó: cuando la risa de él desapareció y se vistió con mil años su mirada. José María dejó de hablar, pero ella insistió y él no pudo contener la fuerza de esos ojos que lo derrotaron desde el primer día. Por eso accedió a mostrarle el muñón de su alma, explicándole, quebrado por el llanto, cómo habitando aquella lejana y cálida isla, debió mutilarse para poder sobrevivir. La cama de José Maria los recibe alegre de cumplir su destino. Él busca refugio en ella y llora en su cuello la parte de él definitivamente perdida. Ella lo abraza con todo el cuerpo y le brotan mágicamente mil manos para no dejar ningún pedazo de su piel sin acariciar. Entonces, un recuerdo como un disparo atraviesa a José María: “El alma de un hombre se sana, dentro del cuerpo de una mujer”. Eso solía decirle su padre y recién ahora, lo comprende.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-8874239111905305462?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/8874239111905305462/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/03/forward.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/8874239111905305462'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/8874239111905305462'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/03/forward.html' title='FORWARD'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-3700913546892944131</id><published>2011-03-04T04:18:00.000-08:00</published><updated>2011-11-02T06:38:42.299-07:00</updated><title type='text'>EL ROBO</title><content type='html'>(Segundo Lugar Concurso Cartas de Amor, Biblioteca de Santiago 2010, Chile)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL ROBO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;(Carta de Manuela a Clemente, que acaba de ser colocada discretamente por ella, en el bolsillo de él)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, no te voy a decir “Querido Clemente” y menos “Estimado”. No me voy a dar vueltas. Me conoces lo suficiente para saber que prefiero una vez colorado a cien veces amarillo: ¿Recuerdas la bufanda color verde musgo, de suave tejido de alpaca, que te había costado una pequeña fortuna y que lamentaste tanto haber perdido? Bueno, la tengo yo. No, no te la robé. O bueno sí, tal vez. Al principio sin querer, y después queriendo. Pero es que la dejaste caer detrás del sillón, aquella tarde que venías tan molesto y luego tú y yo la olvidamos, enredados como estábamos en renacernos a pura boca y limpiarnos de tanta ausencia acumulada. La encontré a la mañana siguiente mientras pasaba la aspiradora. La tenía aún en mi mano y la acariciaba -como a un gatito- cuando me llamaste. No, no la he visto, te dije en un disparo. Del otro lado de la línea suspiraste y echaste alguna maldición a quien te la había robado sin que te dieras cuenta. Te juro –y espero que me creas- que no había planeado robártela, pero una vez que la tuve en mi mano, no fui capaz de devolvértela. No pude. La acerqué a mi rostro con temor y esperanza. Y ahí estaba tu olor, acurrucado entre las hebras, como si se hubiera quedado dormido mientras me esperaba y claro, al contacto de mi nariz despertó, poniéndome la piel de gallina y apretándome el pecho.  Entonces me di cuenta de lo que nunca debería haber pasado: me habías robado el corazón. Sí, ya sé. Me dirás que las putas no se enamoran. Qué duro suena que me llames así, aunque más me duele que pienses que no soy capaz de enamorarme. Pero te doy la razón, así es que desaparezco. No pierdas el tiempo tratando de localizarme. Para cuando me leas, yo ya estaré bastante lejos. Dudo que me eches de menos (hay miles de mujeres más jóvenes y lindas que yo. Es cierto que taconeo como si el mundo fuera mío, pero sé que es sólo por un rato pues me miro en el espejo bien seguido y sin piedad). Tampoco creo que añores a la portera, esa que te decía –con ojos fieros y sonrisa burlona- pase joven, su novia lo espera  (¡qué vieja más repugnante! ¿Puedes creer que tenemos la misma edad? Yo casi me desmayé cuando lo supe y saberlo me confirmó lo que siempre he creído: es la amargura, la que envejece a la gente). Pero claro, extrañarás tu bufanda tan cara. Te parecerá una injusticia. Pero luego te alegrarás –y te ayudo a hacerlo- porque tomarás conciencia de que con un mínimo esfuerzo puedes comprarte otra. Si te sirve de consuelo o venganza, haz de saber que yo me voy para siempre mutilada.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-3700913546892944131?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/3700913546892944131/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/03/cuento-el-robo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3700913546892944131'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3700913546892944131'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/03/cuento-el-robo.html' title='EL ROBO'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-3121583937498163526</id><published>2011-02-13T16:00:00.000-08:00</published><updated>2011-02-13T16:03:05.319-08:00</updated><title type='text'>Proyecto Libro Infantil Ilustrado "Chin y Chun y El Señor No"</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-Vppim9NJteg/TVhxInsM2VI/AAAAAAAAABQ/EurJyDK8Wr8/s1600/boceto.JPG"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 142px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-Vppim9NJteg/TVhxInsM2VI/AAAAAAAAABQ/EurJyDK8Wr8/s320/boceto.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5573328931778255186" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; "Chin y Chun y El Señor No" es un proyecto de libro infantil ilustrado financiado por FONDART que llevaremos a cabo este 2011 Javiera Donoso (ilustradora) y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para dar cuenta de nuestros pasos (incluídos los tropezones) hemos creado un blog a modo de bitácora que puedes visitar en http://libroinfantil.blogspot.com/&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-3121583937498163526?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/3121583937498163526/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/02/proyecto-libro-infantil-ilustrado-chin.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3121583937498163526'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3121583937498163526'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2011/02/proyecto-libro-infantil-ilustrado-chin.html' title='Proyecto Libro Infantil Ilustrado &quot;Chin y Chun y El Señor No&quot;'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-Vppim9NJteg/TVhxInsM2VI/AAAAAAAAABQ/EurJyDK8Wr8/s72-c/boceto.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-2699614311529682577</id><published>2010-08-04T06:58:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:39:21.604-07:00</updated><title type='text'>EL VIAJE</title><content type='html'>(Segundo Premio XIX Concurso de Cuentos Valentín Andrés 2010, España)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentada sobre la cama, Ninon revisa sus ahorros. Para su sorpresa, el dinero que ha reunido es más que suficiente para lo que tenía pendiente: volver, después de tanta agua y tantos puentes, a donde nació. Se conoce lo suficiente para saber que si no lo hace ahora, su miedo le ganará otra batalla. Ya en el avión que la lleva a Antofagasta, se abrocha el cinturón, obediente a la instrucción de la voz del piloto que anuncia que van a despegar. Respira hondo, tratando de calmar su corazón enloquecido. Siente que esta máquina le va a partir el cuerpo con su insistente ronroneo. Pero este viaje debe hacerlo. Necesita hacerlo. Necesita ir por la niña que fue; necesita acunarla y traerla a casa de nuevo, para ir, poco a poco, sanando su alma. Ninon reclina el asiento y cuelga la armadura. Paulatinamente la va invadiendo el sueño. Y, soñando, recuerda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pone cuidadosamente las tapitas de bebida sobre el riel. Ha conseguido las mejores y más codiciadas: las que de un lado lucen un brillante rojo. Son cinco las tapas medio deformes que habían sido desechadas, pero que milagrosamente ella había salvado de la basura. Y no sólo eso, además les había prometido que se convertirían en princesas guerreras cuando pasara el tren. Mientras esperan, Segunda sienta en una piedra a su muñeca tuerta, la que anda toda coqueta con el nuevo abrigo de piel que le hizo la abuela descuartizando un distraído ratón. La niña se llama Segunda porque fue la segunda en nacer y lo hizo demasiado pronto como para ser merecedora de los preparativos y la fiesta que acompañó la llegada de su hermano. Ella simplemente llegó cuando nadie la esperaba y pronto desapareció en la cotidianeidad, acompañada sólo por los muebles y su abuela. De hecho, ni nombre alcanzaron a buscar en las estrellas para regalarle un destino. Simplemente era la segunda, y Segunda, se llamaría.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empieza a irse lentamente el fuego del cielo; se retira ese sol que no conoce la piedad. Y todo lo que era aplastado por el pesado manto de calor, agradece la pausa, estirándose. Piedras, hombres y bestias sonríen en ese escaso tiempo, antes de que el péndulo que marca el ritmo de esta tierra, oscile hasta el otro extremo y las cosas vuelvan a encogerse, esta vez, para protegerse de la helada. La pequeña decide que le pedirá a su abuela que le haga un abrigo a ella, para que no le gane este frío que es capaz de partir hasta las piedras. Escucha a lo lejos los gritos de su madre y se resigna a recoger sus tesoros sin que se haya producido el milagro. Hoy no pasó el tren, lo cual termina de arruinar su largo día. Esconde las coloridas tapas en el bolsillo y toma en brazos a su muñeca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de la casa está siempre cerrada; bloqueada a las visitas, como el corazón de sus dueños. La única forma de entrar es pasando por la pulpería, lo cual hace que nunca Segunda se escape al control del padre, inamovible en el mesón como fiero guardián. Bueno, casi nunca. Con el tiempo, la niña –entrenada por su abuela- ha desarrollado notables habilidades de contorsionista que le permiten escurrirse por un hueco mínimo en el último nivel de la repisa donde se guardan los sacos de azúcar. Segunda se escapa a comprarle cigarrillos a la abuela. Como premio, Segunda se cobra con un tarro de leche condensada; ese magnífico invento que le alegró infinitas veces la infancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda hunde su dedo en el espeso líquido mientras su abuela -que casi está de su mismo tamaño de tanto que se ha encogido- fuma tranquilamente. Se ríen de sus travesuras mientras le sacan el pellejo a uno de los tres ratones que las arrugadas manos capturaron esta tarde. Sin sacarse el cigarro de la boca, la curiosa costurera alimenta los anhelos de la pequeña: -¿Así es que quieres un abrigo, niña?- La boca pegajosa de la pequeña adopta un aire de poco visto respeto. Esa boca suya, capaz de escupir a dos metros y lanzar groserías que pueden hacer palidecer a un camionero, se vuelve temblorosa y se adelgaza como si estuviera frente a Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te hice una pregunta-, le insiste, mientras apaga la colilla contra el piso de tierra. Luego de retorcer en el suelo lo que queda del cigarro, hunde el cuchillo en el último y escuálido animal que falta por desollar. -¿Bueno, y? ¿Lo quieres o no lo quieres? Y anda respondiendo lueguito, que a mi me vendrían de maravilla unas nuevas pantuflas-. Un débil sí, modula la acorralada Segunda y el dedo suspendido en el aire, sorprendido por los oscuros ojos de la abuela, gotea en los toscos zapatos de la pequeña.&lt;br /&gt;- Bueno, entonces mis pies tendrán que esperar porque la reina quiere un nuevo traje.&lt;br /&gt;- Yo no soy una reina- alcanza a decir la niña justo antes de que un puño invisible le apriete la garganta.&lt;br /&gt;- ¿Cómo que no? ¿Quién es la más rápida? No me vas a decir que el tonto de tu hermano. ¿Quién escupe más lejos? ¿Quién es invencible con el run-run? Usté es la reina m’hijita, ¿Me oyó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda sonríe como sólo se sonríe a los seis años y deja a la vista el gran hueco de sus dientes perdidos, que compite con el de la abuela que se ha revelado sorpresivamente, amparado en el calor de la absoluta confianza. Terminada la labor y los manjares, e indiferentes al enojo materno que saben que lo acompaña, dejan el tarro -vacío de leche, pero lleno de colillas- en la puerta de la pieza de la abuela, que está al fondo del patio que mal disimula la vergüenza familiar.  -Ya -sentencia la anciana-, váyase a leer. Aquí tiene un paquete de velas que le robé a su padre esta mañana. Mire que tiene que alimentar el seso para que le salgan alas y así nos podamos ir las dos volando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda, en ese entonces, ignoraba que no podría sacar a su abuela de aquella jaula. Primero, tú, le insistía ella. Luego, yo. Pero la conquista de un nombre y un destino, le tomó a Segunda más tiempo y sangre de lo que le había dicho su abuela. Y sumaría a ese dolor, muchos años más tarde, el que su madre no le avisara de la agonía del pajarito.  Esa fue la prueba definitiva para convencerse de la inverosímil posibilidad de que, a veces, tu peor enemigo, sea quien te ha parido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora Segunda, en puntas de pies, entra a la pieza donde duerme su hermano. Con la maestría de un gato, se mete debajo de la cama y se acuesta de espaldas para tantear el escondite donde protege sus pertenencias. Colgando de los resortes hay dispuestas varias bolsas que burlan la escoba matutina. En una de ellas encuentra la caja de fósforos y procede a despegar y estirar la mecha de una de las velas. Luego prende un fósforo y con la solemnidad de un sacerdote otorgando una bendición, acerca la pequeña llama a la vela. De inmediato aparece un buen chorro de luz. El libro que dormía en otra bolsa despertó y empezó a querer zafarse. Segunda lo silenció con una tierna pero firme reprimenda. Si seguía haciendo tanto escándalo los descubrirían a todos. Ten paciencia, le explicaba maternal, mientras lo sacaba y buscaba la estampita de la Virgen de la Tirana que marcaba obedientemente en qué lugar la habían vencido las pestañas. Hallada la página, la niña lo abrió y el libro se estiró desperezándose de la larga siesta. Y entonces, ante le caricia de los ojos de la ávida lectora, cada letra se regocijó al cumplir su vocación de burlar el olvido y la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, ella se había convertido en Sandokan y se vengaría de este tigre que la había atrapado y que insistía en hacerle los moños que odiaba, los cuales desarmaría con la misma meticulosidad con que fueron hechos, apenas traspusiera la puerta de la casa. El tigre gruñe tratando de asustarla, pero Sandokan no se amilana por tan poco y resiste estoicamente los tirones que desenredan su melena. La impaciente madre se rinde a la lucha con esa crencha rebelde como su hija. Liberada de las zarpas, Segunda corre a buscar el bolsón de cuero tan grande y pesado como ella. Su madre ruge una vez más cuando la ve devolverse veloz hasta la pieza. Sandokan hace gala de sus reflejos y en un santiamén está de vuelta con las tapitas de bebida escondidas en el calzón. Cuando vuelva de la escuela, pasará a probar suerte con el paso del tren; a ver si esta vez, visita el pueblo ese magnífico animal que nunca se está quieto y siempre parte lejos buscando algo más. Como ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sale de la casa con su obeso hermano, bajo el ojo vigilante de la madre. Pero al dar vuelta a la pulpería, Segunda inicia una veloz carrera hasta perderse. En la esquina se gira para saborear la rabia y la respiración agitada de quien, inútilmente, intenta seguirla. Se siente mejor así, caminando sola, sin el parloteo incesante de su hermano. Esa larga caminata, curiosamente, la reconforta. Por eso la cuida y la busca como si fueran los momentos que está con su abuela. Los ocasionales acompañantes que a veces aparecen en su trayecto, se dan cuenta de la solemnidad del momento y son respetuosos de su silencio. Como este perro vagabundo que la olfatea; quiltro flaco y de pelo amarillento que ahora la mira con ojos inmensos como si le hablara parpadeando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hola Choclo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda saluda al perro con una familiaridad que haría pensar que lo conoce de antes. El animal mueve la cola frenéticamente como si pretendiera sacársela. -¡Yo sabía que te llamabas Choclo!-, dice Sandokan satisfecha del acierto, mientras cambia de lado el pesado bolsón. Los lustrados zapatos ya están llenos de tierra; de la misma tierra con que están hechos esos cerros. Molesta, mira a los cerros como pidiéndoles explicaciones. Pero de inmediato los disculpa porque son tan lindos que no hay cómo enojarse con ellos. Ojalá pudiera estar aquí su profesora, que siempre la reta porque ella los pinta rosados, verdes, celestes o morados. Los cerros son café, le dice la maestra cada vez y Segunda piensa que si estuviera aquí, vería que ella es la que tiene razón: los cerros son de colores. Y se mueven. Bueno, esto no se lo ha dicho nunca porque, seguramente, mandaría a llamar a sus padres. Pero los cerros, se mueven. En sus caminatas ella ha visto como un cerro chiquito, se ha ido a jugar con aquel grande y su abuela ha confirmado la inquietud de las cimas, relatándole cómo, tantos mineros han perdido el rumbo sin haber trastocado un solo paso, para aparecer luego como un pellejo seco que cuesta reconocer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras sus compañeros deletrean con dificultad las letras que la impaciente profesora va mostrando en unos cuadrados de cartulina, Segunda raspa con un clavo su banco. Con su pequeña espada, logra dejar su marca para que los salvajes no tengan la osadía de pisar los territorios de Sandokan. Son cinco círculos medio chuecos atravesados por una línea, que representan a su temible run-run. La marca es como un anticipo del que se va a construir esta tarde para reponer el que le robó su hermano, dejándola indefensa frente al Chulo y el Pacheco cuando le quitaron la colación. Tiene grabada a fuego la escena: ellos, que le doblan la estatura, se devoran el pan con mortadela, riéndose de ella. Eso sí, más le dolió ver que estaba con ellos, su hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la manga de la camisa abrillanta el pedazo de fierro donde luego, cuidadosamente, pone las tapas de bebida. Ahora apoya la oreja en el riel buscando los latidos de la fiera que lo recorre. Se endereza y le lanza una mirada furiosa a su muñeca, haciéndola callar. Acomoda la última tapita para que guarde la perfecta simetría de sus hermanas. El Choclo aparece de la nada y se sienta a su lado. De improviso, rompe la silenciosa espera, la voz gangosa del hermano. -Allá está, mamá. Yo te dije que andaba jugando otra vez en la línea del tren-. Segunda no lo vio venir. Tampoco anticipó el palo de escoba que traía la madre y que deja caer sobre su menuda espalda. El mismo palo le reventó la cabeza al perro que salió en su defensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;El brasero se encuentra en una esquina de la habitación. Encima está la tetera de aluminio y la tapa baila rítmicamente al son de la ebullición del agua. La abuela, cada tanto, toma la tetera sin mayor protección. Sus manos callosas se ríen de esa manilla caliente que haría gritar a cualquiera y le llenaría de ampollas la piel. Pero a ella no; mal que mal, tiene años y méritos, y la vida la ha recompensado generosamente con un cuero duro que resiste el calor y el frío, los insultos y las burlas. Lanza un chorrito de agua sobre la vasija que tiene entre las piernas.  El agua caliente hace salir pequeñas burbujas del emplasto verde, hecho de hojas de matico que ella pacientemente mastica y escupe. Luego, sopla la preparación y la revuelve con el dedo para verificar consistencia y temperatura. La cuchara de su mano, saca un poco de la tibia mezcla y la extiende en el lomo de la niña que ya se ha dormido de tanto llorar. La anciana le reza al matico para que sane la magullada piel; para que su espíritu cicatrizante alivie la espalda de su protegida. A continuación, pone un diario viejo encima de la espalda de Segunda para que guarde el calor, al que le sigue la frazada. Ella se quedará cantando bajito para animar a la hierba y meterle conversación para que no se duerma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lentamente el cielo va cambiando de color y una suave claridad comienza a filtrarse por  la ventana. La niña abre los ojos y se queda quieta mirando a la abuela en su ajetreo; mirando cómo esas manos nunca dejan de hacer milagros. -Abuela, el Choclo se murió ¿Verdad?-&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La robusta mujer no se sorprende con el temprano despertar de la niña. No hacía mucho, había visto los primeros movimientos de los ojos y había sonreído frente a los aleteos tímidos de los párpados, como si se tratara de una mariposa que está naciendo y que se afana en despegar las alitas. Aspira su cigarro y abraza el tazón de té con ambas manos para que le traspase su calma. Toma un gran sorbo y le responde:- Sí y no. Su abuela no le ha mentido nunca, piensa la niña, ¿Por qué lo haría ahora? -Yo no miento- le dispara, adivinando sus pensamientos. -No a ti, porque me importas-. La abuela toma un trago de su té y continúa.-Me pediste que fuera a verlo y fui. Pero cuando llegué, ya se le había ido el duende. Le junté las patitas y le limpié el hocico. Y cuando empecé a cavar un hoyo para salvarlo de los jotes, me di cuenta de que no estaba solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pone más agua caliente en el pequeño tarro donde se remojan las perfumadas hojas de té. Le alcanza una taza a la niña y un pedazo de pan que acaba de sacar de las cenizas para alegría de la pequeña. -Lo que pasa es que te equivocaste con el Choclo, Segundita…porque era Chocla- No bien termina la frase, saca de abajo de su cama una caja de cartón donde, entremedio de unos trapos, duerme un cachorro de pelaje amarillo y una gran mancha negra rodeándole los ojos. La niña salta emocionada y abraza a su abuela. Luego toma al perrito y lo acomoda en su falda. Su dedo, sin salir del asombro, acaricia el antifaz del que será su fiel compañero. -Sólo Sandokan puede tener un perro así-, la anima la abuela. -Mi madre no me va a dejar tenerlo. -De tu madre, me encargo yo-, sentencia severa. Y agrega: ¿Y qué me dices ahora? ¿La Chocla, sigue viva o no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda se sonríe avergonzada de haber dudado de su abuela. Y aquella, satisfecha de su triunfo, le da un coscorrón. -Ya, váyase a la escuela que se le hace tarde. Ah, por si acaso, las tapitas están en el fondo del bolsón-. Segunda no cabe en sí de felicidad. Aunque una sombra empieza a rondar su alma. -Abuela, tu no te vas a morir nunca ¿Verdad?- le dice mirándola fijo. Sí y no-, le responde la abuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda está recostada sobre la tierra. Su cabeza –y la de la muñeca- se apoyan en el bolsón. No es muy blanda la almohada, pero es mejor que las piedras. Mientras tanto, las tapas de bebida empiezan a bostezar por la larga espera. Cuando están a punto de dormirse, escuchan un lejano rumor que va creciendo. Luego, la tierra empieza a temblar. Segunda se levanta de un salto y aprieta fuerte a su asustada muñeca. No tengan miedo, les grita a las tapas que tiemblan sin poder controlarse. No tengan miedo. Su último grito no se escucha por el violento paso del tren que hace que su corazón quiera escaparse por las sienes. Un remolino de viento le desordena el pelo y le ensucia la ropa. La tierra se le mete por la nariz y por los ojos. Le duelen los brazos afirmando a su muñeca que insiste en salir corriendo. Le dice que se quede quieta pero sus palabras son apagadas, apenas salidas de su boca, por la respiración agitada del animal de fierro en plena carrera. Y aunque creía que no iba a terminar nunca, lo que parecía el fin del mundo, se extinguió. Sólo quedaron como testigos de su visita, Segunda, blanca como fantasma por ese polvo que más parecía la baba de la bestia que la rozó y las plateadas circunferencias que brillaban –incrédulas de su nueva condición- en el borde del riel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda se acerca temerosa. La niña suspira y secretamente, las envidia. Ella quisiera tener esa fortaleza; le gustaría haber sido hecha con ese material resistente que no sólo puede soportar el paso de un tren, sino que salir de esa experiencia convertida en plateada cuchilla circular, capaz de poner en su lugar a cualquiera. Ella no es así. Ella tiembla con sólo pensar en su padre y verlo enojado, la hace orinarse.  La cercanía de su hermano transforma en roca su vientre. Desde que recordaba, él siempre le había pegado cuando nadie miraba. Segunda trataba de aguantarse y lo abrazaba sollozando. Hermano, no me pegue, le decía. Pero sus palabras parecían alimentar la violencia de sus puños. Hasta que en su pequeña alma hizo nido tempranamente la venganza. El resto, vino solo. Los mordiscos que eran capaces de desgarrar una oreja, las palabras sucias que horrorizaron y alejaron a las compañeras con zapatos de charol que se burlaban de ella y sus bototos, y el run-run asesino; ese invento que se le ocurrió cuando jugaba con uno hecho gracias a un inocente botón y un trozo de lana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Segunda estudia las, ahora planas, tapas de bebida. Pone una sobre una tabla. Luego toma un clavo y sitúa su punta en el centro de la circunferencia. Respira hondo y da el primer golpe ayudada por una piedra. Luego mira orgullosa el orificio perfecto que ha logrado de un solo y certero movimiento. En cinco minutos ha violentado todas las lunas. Y procede a enhebrarlas con una lienza. Para su fortuna –o acaso, desgracia- después de su nueva adquisición, nadie se le acercó. Hasta el día de hoy mueve las manos como si tuviera entre ellas su run-run y la gente, como adivinando, se mantiene a una distancia prudente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy no se llama Segunda y no está más su abuela. Hoy es Ninon, una mujer madura que recorre el destartalado sitio que aparece retratado en la postal que compró bajando del avión. Se sienta en lo que queda de una derruida muralla de la que alguna vez fue la pulpería de su padre. ¡Qué pequeño le parece todo! Las cosas se han encogido como tela de mala calidad. Sólo los cerros permanecen inmensos…y coloridos. Mira a su alrededor y ve el viejo pimiento, rodeado por una pequeña cerca donde aún pueden verse los restos del brillante celeste con que estaba pintada. Sus ojos recorren lentamente los gruesos nudos del árbol y, mirándolo, se pregunta cómo es posible que haya sobrevivido. Lo que no sabe Ninon, es que lo mismo piensa el pimiento de ella.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-2699614311529682577?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/2699614311529682577/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/08/cuento-el-viaje.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/2699614311529682577'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/2699614311529682577'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/08/cuento-el-viaje.html' title='EL VIAJE'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-570124365682212930</id><published>2010-05-18T09:22:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:40:04.780-07:00</updated><title type='text'>EL PORFIADO</title><content type='html'>(Primer Lugar Concurso Librería Mediática 2009, Venezuela)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino de la escuela, hay una Virgen de piedra. Mi mamá dice que la señora no se ríe porque, de todo lo que ve, no hay nada para la risa. Pero no es cierto. Cuando hago mi baile chistoso, yo sé que se aguanta las carcajadas. Igual que mi mamá.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-570124365682212930?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/570124365682212930/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-el-porfiado.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/570124365682212930'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/570124365682212930'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-el-porfiado.html' title='EL PORFIADO'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-4341137421570455442</id><published>2010-05-18T09:18:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:40:31.653-07:00</updated><title type='text'>DESTINO CLANDESTINO</title><content type='html'>(Finalista Concurso Librería Mediática 2006, Venezuela)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella tan seria, bajando siempre en la misma estación.&lt;br /&gt;Yo tan inadecuado, deseando susurrarle un cuento a sus tobillos.&lt;br /&gt;Pero ella tan casada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy capaz de azotarme en el suelo por hacerla reir. Y lo hago.&lt;br /&gt;Me mira desconcertada. Y se rie.&lt;br /&gt;Se rie como si llevara triste una eternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se baja en la estación incorrecta.&lt;br /&gt;Y esa tarde su cadera me pide que acaricie sus pequeñas cicatrices; esas blancas estrías que son como luces en mi oscuridad.&lt;br /&gt;Y esa tarde le doy gracias a Dios que en la ciudad todavía hay lugar para el pecado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-4341137421570455442?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/4341137421570455442/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-destino-clandestino.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4341137421570455442'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/4341137421570455442'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-destino-clandestino.html' title='DESTINO CLANDESTINO'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-3359929675091611318</id><published>2010-05-18T08:52:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:41:01.691-07:00</updated><title type='text'>PEQUEÑA HISTORIA</title><content type='html'>(Primer Lugar Concurso Revista Archivos del Sur 2009, Argentina)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía respirar. Sus oídos se taparon y todo a su alrededor quedó en silencio. Salvo su corazón. Éste subió asustado queriendo salirse por la boca, pero quedó atascado en la garganta y latía desesperado. En un segundo, en la inmensidad de un pequeño segundo, ese veinticinco de diciembre su vida dio una vuelta de revés y quedo ahí, en carne viva. Pero era un regalo, aunque costara creerlo. Era un regalo que quemaba. Por eso lloraba, por ese oscuro sol que ardía frente a él. Y es que cuando los dioses te acarician, lo hacen sin piedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había pasado un año. Un largo y triste año donde la pregunta había quedado flotando dolorosamente, huérfana de respuesta. Y volvía cada cierto tiempo. “¿Qué niña tendrá a Estrellita?¬”. Hacia un año, se había abierto una fisura. Salieron del almacén apurados y volvieron al lugar donde habían estado jugando. En el borde del columpio cojo fue la última vez que vio a Estrellita, sentada por su dueña pierna arriba como una señorita. Él era el papá y no podía llorar. En ese momento debía abrazar a su hijita e inventar una dulce explicación que calmara sus sollozos, crear  un sentido que no existía para justificar que Estrellita ya no estaba. Y que, de seguro, no iba a volver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fueron caminando lentamente y preguntando, a quien se cruzaba, si habían visto una muñeca morena, de pelo largo y ojos de estrella. Resignados a la pérdida y luego de dar varias vueltas a la oscura manzana, llegaron a la pieza que Miguel arrendaba; al palacio donde la princesa podía saltar en la cama hasta aburrirse y donde habían sido expulsados por su majestad, el brócoli y las betarragas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;Se había ido a ese país para trabajar. Pero trabajo era de las tantas cosas que había para otros. Trataba de darse ánimos, diciéndose que valía la pena estar lejos de Cloe. Se repetía que esto lo hacía precisamente por ella y que, apenas ganara algo, le compraría una muñeca para que la acompañe mientras él no esté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía frió afuera y adentro cuando Miguel la vio por primera vez. La muñeca estaba en la parte baja de la vitrina y a un precio absurdo por una pequeña mancha en el pantalón bordado que tenía. Era morena como Miguel quería. Tenía el pelo largo y era de género -blanda para acurrucarse- y con unos ojos de estrella que enamoraron a Miguel y más tarde a Cloe. Estrellita se llamaría. No dudó en que a Cloe le encantaría ese nombre. Tenía menos frío adentro cuando se la llevó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fue en bicicleta de regreso, sintiendo algo que le recordaba a la alegría. La muñeca sería el lucero que le recordaría de dónde viene y adónde va. Respiró más tranquilo: supo que ella haría titilar los ojos cuando tuviera miedo de perderse en la nada más inmensa que hasta entonces había conocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedaleaba veinte kilómetros todos los días. El problema de sus ojos se había agravado con ello, pero valía la pena. Ya estaba Estrellita. El resto era sólo cosa de esperar. Según el día, Miguel elegía almorzar o cenar. Eres afortunada Estrellita de no tener que tomar estas decisiones, le comentó una vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la biblioteca ya lo conocían. Lo bueno es que, si bien todos coincidían en considerar que Miguel estaba loco, finalmente les resultaba inofensivo y amable. Y cuando empezó a llegar con Estrellita fue la noticia que le puso diversión al lugar. Por lo que empezaron a sonreírle como nadie lo había hecho hasta entonces en esa ciudad. Estrellita le traía suerte, qué duda cabía. Dejaron de ponerle problemas para sacar libros; los diarios del día anterior se los empezaron a regalar y nunca más lo apuraron para que desocupara el computador donde día por medio enviaba correos a los amigos.&lt;br /&gt;Cuando se desmayó por tercera vez en una semana, se preocupó. Y decidió preocupar a sus amigos. ¿Por qué llevas las cosas hasta los extremos, Miguel? Fue lo que le dijeron, más o menos, todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una señal. Si al menos tuviera una señal. Lo que hace el hambre sobre un ateo, se respondió y terminó riéndose de sus patéticas peticiones. Y decidió volver. Esa había sido la señal que necesitaba: debía volver porque empezaba a dejar de ser él mismo; sentía cómo doblaba las rodillas más seguido y frente a eso, prefería morirse. Y si de morirse se trata, que lo último que vea, sean los ojos de mi niña, se dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le habían tomado cariño en la biblioteca y más de uno se entristeció al saber que ya no vendría a interrumpir el largo bostezo de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;Seguía sentado en la plaza sin hacer nada. Su corazón se había calmado un poco. Al menos, no sentía que se iba a morir ahí mismo. Estrellita no se había movido de su lugar en el banco de enfrente. “¿Qué niña tendrá a Estrellita?”. Se lo había preguntado cientos de veces. Todos los días se había desviado de su camino para poder pasar por la plaza donde la habían perdido. Pero nada. Sólo encontraba la rabia y la impotencia por algo tan injusto. Es que ella no podía perderse. Esa muñeca era especial: había sido capaz de resucitar a un muerto y devolverle la risa a una niñita de piedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces vio venir a la nueva dueña de Estrellita. Se notaba que la niña era tan buena mamá como lo había sido Cloe: corrió a abrazar a su muñeca, la llenó de arrumacos y le sacó el chaleco porque hacía calor. Luego la sentó en su falda y le tomó la manito para que saludara al señor que estaba al frente y que tenía cara de pena. La niña era grande, de unos treinta años. Poseía unos dulces ojos rasgados y la inocencia del retardo. Miguel sonrió. Estrellita seguía haciendo milagros.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-3359929675091611318?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/3359929675091611318/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/cuento-pequena-historia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3359929675091611318'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3359929675091611318'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/cuento-pequena-historia.html' title='PEQUEÑA HISTORIA'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-3275667674365108998</id><published>2010-05-18T08:29:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:41:23.142-07:00</updated><title type='text'>EL ANILLO</title><content type='html'>(Segundo Lugar Concurso Nacional de Relatos Familiares 2009,Fundación de La Familia, Chile)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué no se moría, si estaba tan vieja que sólo le iba quedando una piel de cascarita reseca sobre la cama, volviendo eterno el ceremonial de cambiarle las sábanas por la delicadeza que exigía no violentar su cuerpo de porcelana? ¿Por qué seguía viva, si los dolores ya se habían dado un banquete con ella, torturándola hasta vaciarle los ojos? Si es cierto, como ella decía, que había alguien allá arriba, me resultaba claro que aquel, era un insaciable. ¿Qué estaría esperando el supuesto todopoderoso, para liberar a mi abuela de su, a todas luces, injusta condena? Si fuera algún pecado inconfesado, ¿Podía ser tan cruel ese dios, que la exprimía como un avaro a un tubo de dentífrico, no dejándole siquiera guardar con ella un mínimo recuerdo dulce y prohibido? Me pasaba las horas a los pies de su cama, viéndola luchar. “Déjala descansar” me repetía invariablemente mi madre, como si fuera yo quien le hundía la cabeza en la locura con intención de ahogarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La semana anterior a su muerte mostró una cierta mejoría, si es que puede llamarse mejoría a que su habla se volviera inteligible. Sin embargo, los recuerdos le andaban más desbocados que nunca, inundándole la cabeza de presencias que la asustaban o la hacían reír. Yo misma fui a sus ojos la rebelde Inesita, esa hermana que amaba como a su madre y que en un lejano tiempo se cortó los rizos por ir a sacar piojos de la cabeza de niños abandonados. Me saludó con emoción, feliz de saber que el haber sido madre de tanto niño ajeno, no me había hecho olvidar lo mucho que ella me quería. Nuevamente estaba a su lado, acariciándola para dormir como cuando ella tenía cinco años. Aquel día anduvo rebosante de alegría pues tuvo la certeza de que aunque hubieran pasado setenta años, ella seguía siendo la regalona de aquella añorada hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro día fui la puta Adriana, de quien sólo conocía el nombre y la reputación. Gracias a la confusión de mi abuela, me enteré de que aquella tía abuela -de quien sólo se hablaba en susurros- además de tener un sexo inquieto, jamás mostró el más mínimo arrepentimiento. Confieso que lloré de la risa con sus aventuras, ganándose la más profunda de mis simpatías. Nunca te dije, Adrianita, lo mucho que te admiraba, dijo mi abuela. Y tomándome la mano, agregó: debería haberte copiado el coraje de aprender a vivir sin aplausos. La tía Adriana había muerto hacía más de quince años, pero estoy segura que escuchó a mi abuela, tan atenta y conmovida como yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También fui su amada hija Jesús que tan temprano se la había llevado el tifus. Lloró de alegría ante el milagro de verla tan viva a los pies de su cama. A Jesús no la conoció Teresa, mi madre, pues apenas contaba un año cuando aquella hermana murió.  Pero sí las restantes hermanas que guardaban el recuerdo nebuloso de un verano en que  todo se había vuelto negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así me pasé sus últimos días encarnando a todas las mujeres que mi abuela había amado. En nombre de aquellas, le perdoné todo lo que me pidió que le perdonara y le agradecí las oraciones que por nosotras murmuraba desde que habíamos desaparecido de su vida tan pequeña como ella. Mi herejía se justificaba en la certeza de que si su alma podía descansar, podría por fin dejar morir su cuerpo. Pero mi abuela no se moría. Aunque apenas respirara y la sangre se le hubiera ido a no sé qué lejano lugar dejándola blanca como la sábana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana en que por insistencia de mi tía Pilar, la solterona, nos habíamos reunido en torno a su cama para rezar, mi abuela se incorporó. El anillo, dijo en voz alta, sacándonos violentamente de nuestro letargo. La fuerza de su determinación había logrado sentarla en la cama y, con el brazo en alto, nos mostraba el anillo que la acompañaba desde que yo tenía memoria. Ninguna de nosotras (Teresa, mi madre, ni mis tías Josefina, Pilar, Clara y Remedios) acababa de reaccionar, como si estuviéramos jugando a las estatuas. Yo sólo tenía la vista fija en el pequeño diamante engarzado en una corona de oro que se había ido adelgazando con el tiempo ¿Acaso era el anillo lo que no la dejaba morir en paz? Tratándose de mi abuela, bien podría ser cierto, pues solía aferrarse a las cosas como náufrago a un madero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de escuchar una noche cómo llamaba, con un hilo de voz, a su propia madre - cuyo “mamá” desesperado me había partido el corazón- resultaba que mi abuela recuperaba el cuerpo y la cordura nada más que por haber distinguido, en uno de sus tantos espasmos, un brillito en su mano. Entender el inexplicable acontecimiento me tenía sin cuidado. Con que fuera una tregua a sus pesadillas, me bastaba. Si el anillo se queda sin dueña, se va a morir- dijo como si hablara de su gato. Y, aunque absurda, nadie replicó su afirmación. Supongo que el cansancio nos había ganado a todas, impregnando nuestros gestos de una ejemplar sensatez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recorta cuadrados de papel, me dijo, y repártelos entre todas. Cuando cada una tuvo un papelito en la mano, mi abuela ordenó que anotásemos nuestros nombres. Sin demora, cada una hizo lo suyo. Entonces mi abuela pidió que vaciaran el frasco de sus collares; aquella pecera donde habitaban esas originales y coloridas serpientes marinas con las cuales solía jugar de niña. Secado el acuario, que ella insistió en sostener, pusimos en él nuestros papelitos. Ella agitó con energía el frasco y me lo extendió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empecé a temblar como si metiera mi mano en un pozo con pirañas, mientras trataba de reconocer entre los papeles, el que yo había escrito. Respiré más aliviada cuando pude ver uno que parecía una flauta. Ése era el mío y podría esquivarlo. Y es que cualquiera de mis tías o mi madre se merecían ese anillo. Pero no yo. Con mis diecisiete años, yo era apenas una aparecida en esa dinastía de mujeres. Entonces elegí un papel de forma redonda que su dueña había amasado como miga de pan. Me tomó trabajo deshacerlo. Tuve que secarme las manos varias veces en el pantalón. Entonces pude leer: Ro…sa….rio. Y ya no me salió la voz. Era imposible que estuviera escrito Rosario, porque Rosario era yo. Volví a leer con la esperanza de haberme equivocado. Pero no, ahí estaba mi nombre con todas sus letras. Mi abuela estiró su mano para que me acercara y lentamente se quitó su anillo para ponerlo en mi dedo. Entonces mi madre y mis tías se abalanzaron sobre mí y me llenaron de besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi abuela, mientras tanto, fue abriendo los restantes papelitos. Tomaba uno con cuidado, lo leía en silencio y se lo apoyaba en el corazón, vuelto para abajo, como si fuera un bebé que necesitara el calor de su pecho. Después de abrirlos todos, los cubrió con sus dos manos y se le asomó en el rostro una sonrisa que nunca antes le había visto. Luego cerró los ojos y murió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio con su silencio. Luego, mi madre y mis tías se dedicaron a ejecutar con maestría, los movimientos precisos para acomodar su sueño. No sé si fue mi tía Clara o  mi tía Pilar quien me pasó los papelitos para que los sostuviera mientras le cambiaban el camisón. Con la inercia de quien no sabe qué hacer, miré el primer papel y el corazón se me disparó. Luego leí el siguiente y todos los demás, con el pecho en plena carrera. Y pude entender la beatífica sonrisa con que murió mi abuela; esa sonrisa que da la satisfacción del trabajo bien hecho. No cabía duda: aunque distintas, todas sus hijas habían heredado su generoso corazón. Sin prisa, volví a leer el tesoro que descansaba en mis manos, sólo para comprobar que en cada papelito, estaba escrito mi nombre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-3275667674365108998?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/3275667674365108998/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/cuento-el-anillo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3275667674365108998'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/3275667674365108998'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/cuento-el-anillo.html' title='EL ANILLO'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-664658398516868644.post-264890698404582690</id><published>2010-05-18T07:39:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T06:41:45.990-07:00</updated><title type='text'>LA DESORDENADA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-Zse-QmkPvPc/TZckPMcZjGI/AAAAAAAAAC0/Uk1DagXlNuU/s1600/santiagoen100palabras%2B2009_Nathalie.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 175px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-Zse-QmkPvPc/TZckPMcZjGI/AAAAAAAAAC0/Uk1DagXlNuU/s320/santiagoen100palabras%2B2009_Nathalie.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5590977305860738146" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;(Primer Lugar Concurso Santiago en 100 palabras 2009, Chile)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A doña Clara te la encuentras en la esquina de Bandera con Catedral. Se la pasa tejiendo animalitos con coloridas hebras de crin de caballo que ella misma tiñe. En un trapo extendido en la vereda descansa su delicado zoológico, el que se niega a pinchar con alfileres aunque se le vuele. Por eso, día por medio, a un taxista le golpea el vidrio una libélula azul o a una señora pituca le pega en el ojo una ranita anaranjada. Doña Clara no hace ni el amago de rescatarlas. Se ríe no más, de la cara que pone la gente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/664658398516868644-264890698404582690?l=cuentosdenathalie.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/feeds/264890698404582690/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-la-desordenada.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/264890698404582690'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/664658398516868644/posts/default/264890698404582690'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosdenathalie.blogspot.com/2010/05/microcuento-la-desordenada.html' title='LA DESORDENADA'/><author><name>Nathalie Moreno Arqueros</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15604926848234737416</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-B3zDT86YxD0/TZTl0QvjitI/AAAAAAAAACE/hNhddgf-FS4/s220/Copia%2Bde%2Bmarzo%2B2011%2B017%2B3%2BBN.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-Zse-QmkPvPc/TZckPMcZjGI/AAAAAAAAAC0/Uk1DagXlNuU/s72-c/santiagoen100palabras%2B2009_Nathalie.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
